Ya están en todas partes, bustos y ni siquiera parlantes (todo se andará), sonrientes, embellecidos por artes photoshópicas y prometiéndonos más bien el moro al cambio del oro de nuestro voto.
Se les ve en las calles, colgando de las farolas; en las carreteras, peligrosamente encaramados a los quitamiedos; aletean sus dientes de blanco papel desde lo alto de los puentes, y en algunos sitios se empieza a poner de moda el estilo americano: tenderetes estrafalarios plantados en cualquier acera, globos que parecen cabezas decapitadas que suben al cielo dejando un rastro de helio, gigantescas bolsas de aire con un motor adosado (coñazo del motorcito adosado) que bailan perpetuamente como si con ese meneo insensible nos estuvieran hipnotizando: vótame, vótame.
Si en las elecciones generales uno conoce a los candidatos y puede más o menos identificarlos, en las elecciones municipales (porque en Andalucía no hay ahora elecciones autonómicas como en otras partes) pasa tres cuartos de lo contrario: precisamente porque conoce a los candidatos cuesta mucho más esfuerzo reconocer que son ellos entre tanto retoque como ahora los maquilla. Hay quien no sabe posar y se nota que es novato y lo han liado para que se presente, sabiendo que se va a comer una mierda pinchá en un palo, y se le ve ahí con la sonrisa forzada, incómodo con una corbata que todavía no ha aprendido a usar, con el rictus apretado y, si el cartel es grande como he visto hoy camino de El Puerto, con la cara dividida en cuatro cachos que no encajan bien.
Luego están los eternos perdedores, los que viven del pesebre que dice mi amigo Javier. Para ellos la cuestión es salir elegido, aunque sepan que estarán allí más solos que la una en el consistorio, viendo cómo otros se rifan las alcaldías y los cargos. Alguno lleva más de veinte años dando la cara, sin ser elegido jamás, para nada, presentándose tanto a las municipales como a las autonómicas como a las generales: cada año tiene la misma sonrisa y el mismo buen semblante, el tío, pero uno empieza a sospechar que quien se paga la campaña es él mismo, porque de su partido nadie sabe nada de nada la mayoría de los días del año. Alguno que se escindió del grupo gordo en un bar de copas (o sea, el otro) hace la guerra por su cuenta con siglas muy parecidas y pegatinas minúsculas que inundan las cabinas de teléfonos y la parte baja de las farolas como si fueran los emblemas que los tunos llevan en las capas.
Luego están los profesionales, claro, los que dependen de los dos grandes partidos y suelen comprender que en esto de las alcaldías está su supervivencia política o su último acto de adhesión inquebrantable. El perdedor, por mucho que sonría, tiene en los ojos el pozo negro de saber que está haciendo el perla, sacrificándose por amor a unos ideales o a unos intereses. El ganador sonríe pagado de sí mismo, perfectamente peinado o maquillado o con las arrugas de la cara (si es ella) tan absolutamente eliminadas que uno, cuando pasa por su vera (y me temo que va a tocarme pasar muchas veces, porque me han puesto un globo gigantesco y latoso justo a la entrada del aparcamiento), sospecha que no se trata de un milagro de la informática, sino que entre viajes a Sevilla, a Madrid, entre besamanos, procesiones, manifas, actos protocolarios, hermanamientos con ciudades lejanas y plenos y pleitos, aún les ha quedado tiempo para darse unos retoquitos con botox, porque les juro que parecen hoy más jóvenes que hace nueve años, la demostración más palpable ante los ingenuos de que el poder, por lo menos por fuera, desde luego que no corrompe.
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