Cometí el error de ir con la patulea al fútbol en vez de al restaurante japonés. Y recordé en carnes, una vez más, por qué el fútbol no me gusta, aparte de que no lo entienda o de que sea incapaz de trasvasar allí mi pasión.
Qué sofoco pasamos. Sofoco doble, porque mira que hace calor todavía (más que en verano), y qué aburrimiento de partido. El Cadiz contra el Córdoba. A juzgar por el ambiente en la grada, una final de la Champions. Y luego, noventa y pico minutos de absoluto, insoportable tedio. He visto finales del Trofeo Luis Castro en mi colegio mucho más apasionantes y movidas que esto.
Un Córdoba que se acerca dos veces a la portería contraria (que era "la nuestra"), y que en un barullo a lo lejos, de pura chamba, mete un gol en los primeros minutos. Y ya después, la lucha (por decir algo) a ciegas por empatar, y en el tiempo de descuento, por no perder. Un delantero de renombre que se pasa medio encuentro rodando por el suelo, otro que finge un penalti y se tiene que largar escoñao en la segunda parte, otro que estando solo ante la portería contraria parece que en vez de chutar a puerta con todas sus ganas le combina el balón al portero... y un equipo en general que, perdiendo y en casa, parece que tiene más interés en perder tiempo y descontar segundos para que el del pito (al que a veces, sí, parecía que se le había caído el garbanzo de dentro), dijera a casa y hasta el domingo que viene.
Un sopor. Un espanto. Un aburrimiento. Un coñazo. Y las gradas, a su bola, venga cánticos, venga flores, venga alabanzas. Confieso que, como las entradas que conseguimos estaban en preferencia junto al vomitorio, al ladito del fondo sur, me pasé más de medio partido (no había otra cosa que ver) asombrado de las tonterías que hacían en las gradas, en especial un señor barbudo y vestido de negro que vio menos fútbol que yo, venga y dale a dar golpes con la mano (el "golpe de mono" del karate) contra uno de los cartelones de lata de publicidad. Medio cuerpo en el aire y con una melopea a cuestas que sólo explica que no cayera encima de los otros brigadas de abajo si tenía imán en los zapatos. Hoy se tendrá que pasar el domingo entero durmiendo, la criatura, porque si encima es capaz de levantarse y hacer vida normal es para regalarle un pijama azul y una capa roja, al hombre.
Noventa euros y dos horas de mi vida tiradas al fondo del lago. El estadio, a rebosar. Conmigo, desde luego, que no cuenten más: como en el Domund, ya he cumplido por este año.
Noventa euros, y me quedé sin japonés.
Luego dicen que es el teatro lo que está caro.
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