Las tardes de domingo saben a silencio, como si el mundo de pronto se parara y dedicáramos un tiempo cada vez más necesario a retirarnos dentro de nosotros mismos. Tienen un cierto aire de recogimiento, y se ven desde las ventanas las calles vacías y los cielos impávidos, y parece que es éste el único momento de toda la semana, de toda la vida, en que pueden descansar quienes son capaces de valorar lo que es el descanso.
Recuerdan a los mediodías de agosto, pero sin calores agobiantes ni añoranza de helados de limón y el crujir del salitre sobre los hombros. Da la impresión de que el mundo se ha parado, de que por una vez nos damos cuenta de lo que es importante, un intermedio sin movimiento ni sonido, sólo la luz y acaso un remojo de lluvia.
Lástima que en el fondo sea, a lo peor, que ya no damos más, que nos puede el agotamiento de lo que somos, y esta calma chicha de ahora sea la forma de hacer acopio de fuerzas para lo que nos espera luego, bien sea en los caminos de regreso de esta tarde o las horas vacías y dentadas que empezarán con el toque cruel del despertador, mañana lunes.
Comentarios (22)
Categorías: Reflexiones