La tasca de Curro Tarantos era un tugurio de suelo de serrín y barra de caoba negra, un territorio mínimo salpicado de mesas de mármol gastadas por el roce de las fichas de dominó y los golpes acumulados de cientos de botellas y de vasos. La cabeza disecada de un toro enorme, bobalicón y astifino, colgaba sobre el espejo que se extendía de una parte a otra de la barra, entre barriles de amontillado, banderines del Betis y el Rayo Vallecano, catavinos y botellas de Centenario Terry, manzanilla La Gitana y Cara de Gallo, anís Machaquito y fino La Ina. Una pata de jamón abierta esperaba el cuchillo en un rincón, rodeada de un rosario de chorizos de Cantimpalo y morcón de Chiclana.
Alberto se sentó en una de las mesas, debajo de un retrato de Antonio Bienvenida y Ernesto Hemingway, y por matar el tiempo mientras Ricardo Ramos llegaba pidió una cerveza Cruz Blanca que Curro Tarantos, antiguo matarife en su Albacete natal, le trajo acompañada de un platillo de aceitunas. El dueño de la tasca ni se llamaba Curro ni se apellidaba Tarantos, hasta hacía cuatro o cinco años había acarreado mármol en la obra del Valle de los Caídos, y decía tener una visión comercial del mundo que provocaba la guasa de la clientela: según él, la visión de España del capital extranjero (y ahí tenía colgadas las fotos de clientes como Orson Welles, Errol Flynn, Frank Sinatra y Cary Grant para recordarlo) era flamenco y toros. Por eso se hacía pasar por andaluz, y mal no le iba el negocio, aunque a pesar de los rostros ilustres y algo achispados de las fotos en blanco y negro de las paredes, estropeadas a veces por el garabato de una firma temblorosa después de un exceso de copas y de cantes, la mayoría de los clientes eran gente del barrio o, como mucho, los monosabios y personal de la plaza de toros que estaba a dos pasos.
––¿Cómo va la crónica de esa España negra, don Alberto? –le preguntó Curro mientras con una mano limpiaba la mesa y con la otra hacía equilibrios con la cerveza y las aceitunas.
––Vamos tirando.
––Mientras no se nos convierta en una España rosa…
––Todo se andará, Curro. Ya no quedan hombres de pelo en pecho.
––Diga usted que sí. Antes, con una buena navaja de las de mi pueblo se resolvían los asuntos de honor. Y ahora todo el mundo tira de pistola o de veneno. No sé dónde vamos a parar.
––Al caos, Curro. Al caos vamos.
Con una sonrisa, Curro Tarantos se retiró tras la barra, tras apuntar meticuloso con tiza la cuenta en la madera negra. Alberto picó dos aceitunas, fuertes y agrias, dio un sorbo a la cerveza. No se sentía cómodo. Debía ser cosa del frío, esa extraña inquietud que se le había metido en el cuerpo en Stalingrado y que lo acechaba todavía algunas veces, como un presentimiento de líos por venir. Tenía demasiada experiencia en la crónica de sucesos, en esa España negra que encandilaba al hombre tras la barra como encandilaba por igual a las ancianas y las porteras, como para temer, más que desear, tener entre manos un caso importante. Que Ceballos no hubiera llamado ya para informar de alguna migaja era sintomático: el chapero muerto era una cosa que podría pasar censura si se utilizaba un vocabulario decididamente oscuro y se daba al tema el conveniente matiz condenatorio. Pero un señorón del Opus ahorcado en la puerta de al lado, con los pantalones bajados y la lengua más flácida que la minga, era algo que se iba a tener que comer con patatas. Aunque hubiera un reportaje que pudiera dejar en pañales a los grandes titulares de El Caso. Compadeció un instante a Josete Guillén, que ahora estaría intentando encontrar el rastro de aquella lotera fantasma que todos decían haber visto, aunque nadie declaraba haber sido agraciado por sus billetes premiados.
Miró la hora. Ricardo Ramos se retrasaba. El frío de la cerveza no hizo ningún bien a su sensación de inquietud. Encontrarse ahora con Ricardo Ramos, con el inútil de Ricardo Ramos, no era lo que más se le apetecía en el mundo. Pero estaba en deuda con él, no lo podía evitar. Lo llevaba a sus espaldas como una penitencia, una cruz camino del Calvario. Ricardo Ramos, tan inútil, tan poquita cosa, tan lleno de grandes ideales y tan dado a los grandes abatimientos. Entrado en kilos, apocado, con el pelo cada vez más escaso. No servía para periodista, no tenía madera, ni la ilusión, ni el ansia; no daba la talla: cometía faltas de ortografía que los linotipistas tenían que corregir con gran cabreo y que él defendía excusando que el tarado que puso las “b” al lado de las “v” en los teclados no entendía ni palabra de español, aunque eso no le libraba de las veces que se comía las haches. Eran incontables las ocasiones en que había que pararle los pies cuando indagaba en un caso y acusaba sin pruebas o metía en líos con la madán a quien sólo había sido testigo casual de un marido maltratador o un butrón a media noche. Siempre andaba a la cuarta pregunta, sableando aquí y allá, dejando a deber las copas en baretos como éste, intentando cobrar electrodomésticos a plazos en visitas puerta a puerta cuando salía de la redacción, demasiado pusilánime para insistir en los pagos y a la vez demasiado gallito para no darse cuenta de cuándo no podía exigir que le atendieran por derecho. Mal perdedor en el mus, forofo del Barcelona en un Madrid donde eso suponía un pecado aún mayor que confesar que habías combatido con los republicanos, era capaz de emborracharse como una cuba a la segunda copa y quedar en evidencia convertido en un pelele y sin embargo tenía sueños de grandeza, ganas de vivir a todo tren, de pasar las vacaciones en Biarritz o Estoril, como las grandes fortunas que admiraba. Podría haber inspirado ternura de no ser tan cargante. Y sin embargo Alberto se desvivía por él. Uno de los grandes misterios de la humanidad era, para él, intentar comprender qué había visto en Ricardo una mujer como Charo.
Llegó a la tasca de Curro Tarantos con tres cuartos de hora de retraso, sudoroso y arrugado, empapado, con los pocos pelos que le quedaban convertidos en un nido aplastado contra la coronilla.
––Un sol y sombra, Currito, anda, que estoy helado.
––Marchando.
Se sentó frente a Alberto, tiritando. Picó la aceituna que quedaba en el platillo y apuró de dos tragos el combinado de coñac y anís que le trajo en seguida el camarero.
––Apúntalo a mi cuenta, ¿quieres, Curro?
––Deja, deja, yo lo pago –intervino rápidamente Alberto, antes de que el otro pusiera mala cara––. Vienes hecho una pena, Ricardo. ¿Dónde te has metido?
––Pinché una rueda y he pasado un quinario para cambiarla: se me jodió el gato. Y encima estaba cayendo el diluvio. Suerte que me ayudó una patrulla de la Guardia Civil de tráfico.
––¿Y te han dejado conducir, en el estado en que vienes? ¿Cuánto has bebido, Ricardo?
El hombre se encogió de hombros, como si no llevara la cuenta o Alberto le estuviera haciendo una pregunta sin sentido.
–– ¿Lo has traído? –preguntó, ansioso, mientras hacía un gesto a Curro para que le sirviera un nuevo sol y sombra. Alberto negó con la cabeza y Curro Tarantos, en contra de sus intereses, le hizo caso.
––No salgo de casa sin él –respondió Alberto, palpándose el bolsillo interior de la chaqueta.
––Pues entonces, vamos.
Alberto pagó la cuenta, se puso el abrigo, esperó mientras Ricardo salía tambaleándose del retrete hediondo. En la calle, mientras se arrebujaban en las bufandas, Alberto tuvo que esperar a que el otro periodista acabara de rebuscar en todos los bolsillos de la gabardina, la chaqueta y los pantalones las llaves del coche, un viejo dos caballos de segunda o tercera mano que se caía en pedazos y que, cuando por fin logró arrancar, escupió una perla negra que fue marcando el rastro por toda la calle.
––Me han dicho que está ahí. En la celebración. El cura que busco –murmuró Ricardo, agarrado al volante con las dos manos y encogido hacia adelante. Alberto tuvo la impresión de que no llegaba del todo a los pedales de puro incómodo dentro del vehículo.
––¿El que se vino de Alicante con los papeles que buscas?
––Ese mismo. Si no se los trajo él, debe saber quién los tiene.
–– ¿Y seguro que sabes adónde vamos?
––Seguro. ¿Por qué lo dices?
––Porque ya hemos pasado dos veces por el mismo sitio, por eso lo digo.
El sentido de la dirección de Ricardo Ramos, se demostró en seguida, estaba a la par de su olfato periodístico. Y de sus dotes de automovilista: Fangio no tenía de qué preocuparse en ese aspecto. Pero por fin, después de dos giros en falso, un semáforo que se saltó en rojo, otro donde se gripó el coche y un momento en el que estuvo a punto de comerse el arcén al calcular mal un giro del volante, llegaron a su destino, un gran restaurante en las afueras de Madrid, especializado en bodas, bautizos y comuniones, algo desangelado y hostil, mitad cortijo mitad casa de campo, un híbrido entre castellano y andaluz. Alberto pensó que quizá Curro Tarantos no andaba descaminado del todo en su apreciación de cuál era la España que los esperaba en el futuro.
Había casi un centenar de coches aparcados en el inmenso terraplén que rodeaba el restaurante, clavados en el barro todavía húmedo tras los días de lluvia. Cuando el motor del dos caballos se detuvo, y Alberto esperó que no fuera por última vez o les esperaba un regreso peliagudo, pudieron escuchar la algarabía de cientos de voces y risas, un estrépito de músicas y vajillas y brindis.
––Mmm, huele bien, y tengo hambre. ¿Escuchas eso? Parece que se están divirtiendo, tus antiguos camaradas –comentó Ricardo, mientras realizaba una maniobra de torsión para salir del coche y trataba, sin éxito, de no hundir los zapatos en el barro.
––Sabía que en la División estuvimos más de cuarenta mil hombres, pero que todos estén aquí hoy es ridículo –dijo Alberto, señalando la proliferación de coches y reparando en que también había dos autobuses en otro lado del aparcamiento.
––¿Tú no sueles venir a estas cosas?
––Yo pegué ya los tiros cuando había que pegarlos.
Cruzaron la explanada y llegaron a la puerta del local. Un par de hombres los detuvieron en la puerta. Vestían uniformes de camarero como si fueran combatientes de las Waffen-SS.
––¿Vienen ustedes a alguno de los dos bautizos? ¿O a la celebración de los yanquis?
––¿Los yanquis?
––Un puñado de americanos de Torrejón de Ardoz. Civiles. Están celebrando el aniversario de las ocho horas laborales y el salario mínimo que estableció un tal Henry Ford.
––Estos americanos, siempre tan adelantados a todo. No, nosotros venimos a lo de la División, ¿verdad, Alberto?
Alberto asintió, sacó el ajado carnet de la División Azul y lo mostró a los dos camareros de uniforme. Como si le hubiera entregado un papel sucio, el camarero miró a Alberto de arriba a abajo. Luego miró a Ricardo, fijándose especialmente en sus extremidades. Cuando pareció cerciorarse de que ambos tenían dos brazos y dos piernas cada uno, cayó en la cuenta.
––Ah, comprendo. Lo siento.
––Pueden ustedes pasar –dijo el otro camarero, extendiendo la palma de una mano enguantada de blanco––. Son veinte duros cada uno.
––¿Pero es que hay que pagar también ahora? Mire que nosotros pagamos la cuota religiosamente todos los meses –mintió Ricardo.
––Es una contribución voluntaria para los huérfanos. Lo dice muy claro la invitación. Que no han traído ustedes, caballeros. Pero si quieren pasar, ya saben… Alberto recogió el carnet, sacó la cartera, contó dos billetes de veinte duros y los tendió al camarero mientras Ricardo se empinaba sobre sus talones y se hacía el tonto o pensaba que, dado su estado más que achispado, quedaba libre del pago.
El interior del restaurante imitaba el claustro de un convento, pero los decoradores incorporados más tarde no habían podido evitar añadir elementos de folklore, un par de vírgenes en mosaico, una reja andaluza algo incongruente allí dentro y una imitación de un pozo con brocal que servía para acceder al sótano donde se mantenían las botellas al fresco. Como contrapunto, una especie de todo vale de la decoración contemporánea, había arcones y sillas de tijera pegadas a las paredes e imitando el estilo castellano recio, envejecidas de manera burda con capas de nogalina.
Cuando entraron en el salón asignado, justo cuando la bofetada de sonido se hizo más fuerte, Alberto reparó en el enorme retrato de Millán Astray que presidía la mesa.
––¿Tú estás seguro, Ricardo, de que esto es un banquete de veteranos de la División Azul?
––Es lo que me dijeron por teléfono. ¿Por…?
––Porque la Legión es una cosa, la División Azul es otra… y esto lo que parece es la corte de los milagros.
Disimulando su sorpresa, Ricardo Ramos comprobó que en efecto a ambos lados de la larga mesa había sentados medio centenar de hombres, algunos con el uniforme de la Legión, otros de paisano, algún que otro marino o con porte militar que no ocultaban los kilos y los años de abandono. A uno le faltaba un ojo, a otro, la pierna. El de más allá tenía amputados los dos brazos y había también un par de hombres sin orejas. Una nariz de cuero negro, como de carnaval, cubría la cara de un hombre delgado y cadavérico. Bajo el retrato de Millán Astray, fallecido hacía cinco años, una banda de seda rojigualda anunciaba la IX Reunión de Miembros del Benemérito Cuerpo de Caballeros Mutilados de Guerra por la Patria. No había ningún cura por ninguna parte.
––Lo mismo es que, como fue capillán castrense, para estas cosas viste de paisano –comentó Ricardo, cruzando el espacio que los separaba de la mesa y ocupando el único sitio libre que quedaba junto a un hombrecillo pequeño con cara de ratón y bigotillo al estilo de Hitler.
––Llegan un poco tarde, ¿no? –se quejó.
––No puedes imaginarte cómo está el tráfico, camarada. ¿Quieres correrte un poquito?
Con expresión de fastidio, el hombrecito se corrió. Alberto, al ocupar el sitio estrecho que le quedaba, comprobó que tenía una pierna de madera. El caballero mutilado que tenía en frente lucía una mano metálica, pero la dominaba con tal perfección que no tenía ningún problema para coger el vaso y llevárselo a los labios. Restos de pollo y arroz cubrían su plato.
––Acabamos de llegar y no hemos comido –le dijo a un camarero que procedía a retirar los platos.
––Pues estamos retirando ya.
––Eso ya lo veo. Pero quedará algo, ¿no?
––No lo sé. Me han dado orden de retirar los platos.
El camarero se dio la vuelta, y Alberto lo siguió con la mirada, boquiabierto, hasta encontrarse con la mirada del hombrecito del bigote hitleriano y la cara de ratón, que los escudriñaba como lo habían hecho los dos ujieres de uniforme en la puerta. Y ahora comprendió que el ex combatiente, como los camareros de la entrada, estaban buscando sus propias mutilaciones que no saltaban a la vista.
––¿En qué cuerpo servisteis vosotros, camaradas? –le preguntó a Ricardo, que acababa de servirse un vaso de clarete en un vaso, sin importarle si tenía dueño o si estaba limpio––. Nunca os he visto antes en una de estas comidas de hermanamiento, y eso es raro.
––¿Raro? ¿Qué quieres decir con raro? ¿Raro por qué?
––Pues que nos he visto ningún año que hemos celebrado el banquete, y yo he asistido a todos, menos a uno, que tuve que operarme de una fistula.
––Pues seguro que en ese fue cuando estuvimos. Somos divisionarios. Mi amigo estuvo en Stalingrado. Yo en la Escuadrilla Azul, al mando del mariscal Wolfram Von Richtofen.
––¿Aviador? ¿Con ese tamaño?
––¿Qué pasa, que del partido nazi sólo te fijaste en Hitler, camarada? Más kilos que yo tenía Göring y llegó a ministro del aire.
Se volvió hacia Alberto para que corroborara su mentira y sacara al menos el carnet de divisionario, pero Alberto, incómodo y fuera de lugar, se había vuelto a insistirle al camarero, que retiraba los platos con parsimonia británica.
––Le habrán dicho que retire los platos porque aquí todo el mundo ha terminado, pero nosotros acabamos de llegar y no hemos probado bocado. Con la hora que es, no nos irá a dejar sin comer, ¿no?
––Yo no decido esas cosas. Tendrá que hablar con el encargado. Mi turno termina dentro de cinco minutos y todavía tengo que recoger los Reyes del SEPU.
––Pues dígame a mí, que me esperan mis tres hijos para ir a la cabalgata.
––¿Tres hijos tiene usted, caballero? Pero serán mayores, ¿no?
–– ¿Por qué van a ser mayores? El mayor tiene todavía siete años.
––Usted disculpe, señor. Puesto que no salta a la vista, había pensado que su mutilación de guerra…
––¿Qué pasa, que no me cree? –a la derecha de Alberto, enfrentado al hombrecito de cara de ratón, Ricardo levantó la voz––. ¿Le he pedido yo a usted acaso credenciales de cómo y por qué está mutilado? ¿Cómo sé que no lo atropelló un tranvía en vez de un obús en Belchite? ¿O le voy a tener que enseñar mi carnet de la Escuadrilla azul?
––Pues sería un buen principio.
–– ¿Es que no se fía usted de mi palabra, caballero?
––No, no me fío. Por no llevar, no lleva usted ni medallas ni sombrero.
––Tranquilo, Ricardo –calmó Alberto––. Voy a ver si consigo que nos pongan de comer aunque sea un piscolabis –se volvió hacia el camarero––. ¿Dónde puedo encontrar al encargado?
––En esa habitación de ahí.
––Voy a ver. Deja de discutir con este caballero, Ricardo, y pregunta a ver si el cura de marras está por alguna parte, que te conozco.
Sin saber si renquear o meterse una mano en el bolsillo para que no lo miraran todos con mala cara, Alberto se levantó y se encaminó hacia la habitación de puertas abatibles que le había señalado el camarero. El murmullo de las conversaciones de la sala, esa mezcla de recuerdos de hechos de armas, canciones marciales, chistes picantes y denuncias de conspiraciones judeo-masónicas y desprecios al amigo americano que celebraba el peculiar socialismo de Henry Ford en la sala de al lado se perdió enseguida cuando entró en la habitación, un anexo dedicado a almacenar y fregar platos. Un tipo alto y delgado, chulesco, con chaleco de rayas y medallón de somelier fumaba un cigarrillo con la parsimonia de Marlene Dietrich.
–– ¿Es usted el maitre?
––Sí. Aquí no se puede entrar.
––Estoy en el banquete de… de los caballeros mutilados –ahora sí se metió la mano en el bolsillo, por si acaso––. Acabamos de llegar. Y están retirando los platos.
––Así es. Hace un rato que se sirvió el café.
––Pero es que ni mi amigo ni yo hemos comido.
––Hay un horario que cumplir, señor, y ustedes han llegado tarde. Lo siento mucho, pero ya hemos retirado el servicio y estamos esperando que lleguen las pelucas y las capas.
–– ¿Cómo dice?
––De los Reyes Magos. En ese bautizo de ahí a lado hay un montón de niños. Primos y hermanos del recién cristianado. No han podido ver la cabalgata, por motivos obvios, pero como los padres son señores de posibles, han organizado una entrega de juguetes aquí mismo. Yo voy a ser Baltasar.
––Pues si trae usted regalos a los niños buenos, recuerde que serán adultos el día de mañana. Como yo mismo. Y no he comido. ¿De verdad que no queda ni siquiera para un bocadillo?
––Como no vaya usted a la cocina…
––De su parte. ¿Dónde está?
––Siga por este pasillo. Una puerta blanca con un ojo de buey.
––No sabrá usted cuál de todos esos caballeros será cura, ¿verdad?
––Me temo que no: todos han comido con la misma ansia.
Alberto echó una mirada hacia atrás. Ricardo Ramos se había puesto en pie y agitaba su cartera ante el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler. El otro, tan gallito como él, aunque medía la mitad, hacía gestos de desprecio. Durante un momento, Alberto estuvo tentado de darse media vuelta, coger a su amigo por el cogote y arrastrarlo hasta el dos caballos y volverse a Madrid. Pero la broma le había costado ya cuarenta duros, tenía hambre, y seguían sin localizar al sacerdote castrense. Como vio que otros dos caballeros mutilados se levantaban y trataban de sosegar los ánimos, decidió que las aguas iban a volver a su cauce sin necesitar su ayuda. Enfiló el pasillo mientras el maitre empezaba a pintarse la cara de betún.
Llamó a la puerta de la cocina con un par de golpecitos. Sin esperar respuesta, abrió y entró. El interior era un caos de fogones a medio apagar, humo, olores variados, ruido de cacerolas y camareros que iban y venían de un lado a otro y cocineros pidiendo especias y pinches equivocándose al traerlas.
––Aquí no se puede entrar –dijo una mujer gruesa, madura, con un delantal blanco salpicado de amarillo azafrán y una redecilla en el pelo.
––Verá, señora, estoy en el banquete de los caballeros mutilados –ahora no se metió la mano en el bolsillo––, y nos han retirado ya el servicio.
––¿Cómo dice?
––Que estoy en el banquete de aquel salón y nos han retirado los platos, pero ni mi camarada ni yo hemos comido. ¿Pueden servirnos algo? Lo que sea.
––¿Y qué quiere que yo le haga? Si comen ustedes como limas. Han acabado con todo.
––Algo quedará, mujer.
La jefa de cocina señaló unas bandejas apartadas junto al fregadero, no muy lejos de los cubos de basura. Una de ellas contenía al menos el equivalente a dos raciones de arroz con pollo y la otra los restos de una tarta imperial que no había tocado nadie.
––Es lo que queda. Lo íbamos a tirar, pero si lo quiere, puede llevárselo.
Hijo de una España que no hacía remilgos a la calidad de la comida, sobreviviente de dos guerras y una larga década de carestía, Alberto sirvió dos platos de arroz, los colocó en una bandeja recién fregada, apiló los restos de tarta imperial y, tras dar las gracias a la mujer, que se había olvidado de él ya, se dio media vuelta y recorrió de nuevo el pasillo hasta el anexo donde el rey Baltasar estaba asomado al salón.
––Me parece que a estos tipos los reyes de verdad les van a poner carbón esta noche –comentó, señalando con una mano enguantada de seda negra.
––¡Le digo, cabronazo, que no es Silvana Mangano! ¡Es mi señora y se merece un respeto!
Alberto reconoció la voz borracha de Ricardo Ramos antes de asomarse detrás del maitre pintado de betún. Fue entonces cuando supo que no tendría que haber confiado en la capacidad de contención de su amigo. A pesar de que dos caballeros mutilados trataban de impedírselo, Ricardo descargaba un mamporro tras otro contra la cara del hombrecito del bigote, al que tenía dominado contra la mesa, entre un gran revuelo de platos que caían y vasos que saltaban hechos añicos.
El hombrecito quedó despatarrado, agitando levemente al aire una de sus piernas, quizás la ortopédica. Muy ufano, Ricardo se separó dos pasos, se quitó de encima a los otros dos hombres que en vano habían intentado sujetarlo, se alisó la chaqueta y recogió del caos de la mesa la cartera.
––Ale, ya está bien. Asunto zanjado. Esa foto es de mi señora y soy piloto de avión, coronel de zapadores, maquinista de la Renfe y lo que me salga de los cojones. Habrase visto. A lo que íbamos, señores. ¿Hay por aquí un cura, un tal don Remigio, de Alicante, que ahora está en Alarcón?
Hubo un momento de estupor que Alberto aprovechó para volver al salón cargando la bandeja, aunque se le había quitado de repente el apetito.
––¿Un sacerdote, por favor, camaradas? ¿Don Remigio?
––¡Yo te voy a dar a ti sacerdote, hijo de puta!
Todavía desmoronado contra la mesa, en mitad del revuelto de sobras y manchado de vino y arroz, el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler se incorporó como pudo. Tenía la cara hinchada y amoratada por los golpes de Ricardo, un ojo medio cerrado y le sangraba un labio. En su mano brillaba algo plateado, más grande que una navaja, más pequeña que una pitillera.
El disparo de la Astra 200 se confundió con los gritos de advertencia y con el champán que los americanos descorchaban en recuerdo de Henry Ford. Ricardo se llevó una mano a la ingle, como si de pronto le hubieran dado una patada en sus partes, y la retiró cubierta de dolor y rojo. Antes de que el hombrecillo del bigote de Hitler tuviera oportunidad de disparar por segunda vez, su camarada más sobrio, el del guantelete de metal, le arrancó la pistola de un manotazo.
Ricardo se desplomó de rodillas en el suelo, manchada la entrepierna de sangre y orines. Alberto soltó la bandeja, corrió a su lado y apenas tuvo tiempo de escucharlo murmurar, la voz pastosa, los pelos escasos aplastados contra la coronilla:
––No creí que una pistolita tan pequeña pudiera hacer tanto daño.



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