Alberto sabía que la policía tenía que andar echando chispas. Dos asesinatos en puertas contiguas, en fiestas señaladas, en un país donde estas cosas no sucedían más que de higos a brevas y sólo en ciertos segmentos de la población: entre vagos, maleantes, rojos, chaperos, quinquis, mercheros y otras gentes de mal vivir. El muchacho de la barra de hierro en el culo sin duda encajaba en el grupo, pero el hombre elegante del anillo de oro quizás no. Con un Jarabo en la historia, lo sabía bien, había más que suficiente: el chivo expiatorio ideal para que los de abajo no se supieran solos al acecho de las maldades del mundo, y para que los de arriba pudieran decir después, sacando pecho, que la justicia era ciega e implacable y que no distinguía de dineros cuando el grado de los crímenes exigía una retribución inmediata.
Y eso sería lo que le estaba quemando ahora mismo a Ceballos y a su equipo, la búsqueda del móvil de aquel doble crimen, la posibilidad de desentrañar una telaraña de vicios y corruptelas que podría traducirse lo mismo en un ascenso que en una reprimenda. Alberto García era perro viejo en el oficio y conocía al dedillo los flecos que tenías que recortar para llegar adonde fuera en busca de un artículo o en busca de un cabeza de turco si eras policía. Había que andar con pies de plomo, en ambos casos porque quienes tenías por encima querían soluciones rápidas, que no hicieran mucho escándalo o que levantaran sólo la polvareda justa para que pudiera publicarse sin tener que soportar los tijeretazos inmisericordes de la censura.
Con todo, en cuatro días, pese al fin de semana, Ceballos había tenido tiempo de averiguar cosas. Y, en ese caso, de llamarlo y darle un par de ideas para redactar el artículo y crear esa curiosidad inquieta que era la razón de ser del semanario. No lo había hecho, lo que quería decir que estaba en albis, más despistado que un esquimal en el Sáhara, o que el curso de la investigación le impedía ponerse en contacto con él y darle, aunque fuera con cuentagotas, esas perlas de información que luego Alberto y los hombres como él convertían en puras pepitas de oro impresas en papel de pulpa.
Llamó tres veces más a la comisaría, en intervalos de media hora, pero el teniente no estaba, ni pudieron decirle dónde había ido, ni en qué ambientes se movía. Josete, con un suspiro, se echó el abrigo encima de la chaqueta de cuadros (y el abrigo no era precisamente poco llamativo tampoco) y se fue a Cuchilleros, donde la gente insistía que rondaba una lotera fantasma. Silvia se quedó encargada de hacer media docena de copias de aquel sorprendente boceto suyo, y aunque no pareció muy conforme, aceptó que, siendo el día que era, Alberto se la quitara de encima hasta el miércoles, cuando por fin pudieran dejar atrás las fiestas y España volviera a la normalidad, y fue el propio Alberto quien, haciendo de tripas corazón, decidió que si Mahoma no iba a la montaña habría que darle la vuelta a la tortilla.
Miró la hora. Las dos menos cuarto. Había quedado con Ricardo Ramos a las tres, en Las Ventas. Maldita la gracia que le hacía tener que esperar a aquel bueno para nada. Pero estaba en deuda con él, en más de un sentido, y ya se había comprometido a acompañarlo. Con suerte, a las cuatro habrían localizado a aquel cura que buscaba y podría volver corriendo, aunque fuera en taxi, para acompañar a los niños y a Inés para ver la cabalgata. Lo mismo el cohete espacial merecía la pena y todo. Si no, el miércoles podría reírse un rato a costa de Josete Guillén y sus paranoias.
Compró un bocadillo de calamares en el bar de la esquina y se lo fue comiendo por el camino, acompañado de un quinto de cerveza que estaba tan fría que le lastimó la garganta. A pesar del frío, quizás porque ya no llovía, la gente había salido a las calles y caminaba presa de un extraño frenesí, entrando y saliendo de los comercios, cargados con paquetes donde podía verse sin demasiados problemas las carabinas de juguete de los niños y las escobas de verdad para las niñas. Terminado el recogimiento del día de Nochebuena y la Misa del Gallo, terminada también la algarabía de la llegada del nuevo año, la gente se zambullía en la Noche de Reyes invirtiendo los pocos ahorros en comprar el cariño de sus hijos. Luego, cuando la cuesta de Enero se hiciera inexpugnable, Dios proveería.
La joyería de Pablo Esteve estaba de bote en bote. Como si, en vez de vender alhajas, las regalaran. Pablo, pequeño, de piernas pequeñas y torso alargado, con su rostro de niño grande y sus ojos celestes de no haber roto nunca un plato, atendía a la clientela con esa parsimonia exquisita de quien sabe que muestra tesoros que no están al alcance de cualquiera. Su hermana Remedios, también pequeña, redonda y mojigata, atendía en el otro mostrador, mientras que el tercer hermano, Antonio Manuel, grande y peludo, con su diente de oro y su tupé teñido de color caoba, parecía fuera de sitio en el negocio familiar, como si prefiriera estar en otra parte, escuchando unos tientos de flamenco o jugándose los ingresos de la joyería en una timba de cartas.
Pablo Esteve mostraba un paño con sortijas a un par de viejas beatas, como el prestidigitador que está a punto de sacar una moneda de entre los dedos para hacerla desaparecer con un chasquido. A pesar del aspecto inofensivo de las dos mujeres, no les quitaba ojo de encima, como tampoco se lo quitaba al joven matrimonio que buscaba unos pendientes de primera para una sobrina recién nacida ni a la demás gente que guardaba cola en la puerta. Fue ver a Alberto y su rostro se desencajó un instante, con un tic involuntario que le hizo temblar la mejilla.
––Don Alberto… ––murmuró, mientras ofrecía un camafeo de plata a una de las ancianas––. En mal momento me pilla usted.
––No va mal el negocio hoy, por lo que veo –dijo Alberto, paseando la mirada por la docena de parroquianos que, al ver que iniciaba una conversación con el platero, le dejaron sitio. Un escalofrío malicioso le hizo comprender que los clientes habían creído que era policía.
––Vamos tirando. Ya sabe usted que cuando no se sabe qué regalar, se recurre a nosotros. Galerías Preciados habrá terminado con todos sus juguetes a las seis de la tarde. A nosotros nos dará aquí la medianoche.
––Venía a hacerte una consulta, Pablo. Si no te importa, por supuesto. Puedo volver en otro momento en que estés menos apurado.
Pablo Esteve cruzó una mirada rápida con su hermana.
––Antonio Manuel, encárgate tú, ¿quieres?
El tercer hermano se separó de la pared y ocupó el puesto del pequeño jefe del clan, quien por si acaso retiró el paño con las sortijas y lo colocó, con esmero, bajo el mostrador transparente de caoba. Luego, Pablo recorrió un par de metros y abrió hacia arriba una parte del mostrador, permitiendo el paso al periodista.
Entraron los dos en la trastienda del negocio, una cueva de Ali-Babá con todo tipo de cachivaches, desde despertadores a armas antiguas, pasando por abrigos, zapatos, libros y cualquier otra cosa que la gente pudiera empeñar para salir de apuros. Las joyas y demás bienes valiosos estaban a buen recaudo, en la caja fuerte oculta detrás de algún cuadro. Los crímenes de Jarabo habían puesto en alerta al sector, y si Pablo Esteve miraba ya bastante por su mercancía ahora lo hacía con más ahínco. Era un hombre escrupuloso que no se fiaba ni de su sombra.
––Usted dirá, don Alberto.
––Me sabe mal molestarte un día como hoy, Pablo. De verdad. Con todo el follón que tienes ahí liado…
––Peor será a partir de las siete de la tarde, cuando termine de pasar la cabalgata. Y dentro de una semana.
––¿Dentro de una semana?
––Cuando la gente que reciba estos regalos venga a cambiarlos por su importe o a empeñarlos directamente –se encogió de hombros el joyero––. Gajes del oficio.
––O ganancia –sonrió Alberto, y encendió un Bisonte––. Me preguntaba si, con tu experiencia, podrías echarme una mano en un artículo que me tiene a mal traer.
––Ya hace tiempo que no me ocupo de esas cosas, don Alberto. No quiero más líos con la policía. Todo lo que vendo y compro es legal, usted lo sabe.
––Tranquilo, hombre, tranquilo. No es nada de lo que imaginas. Ya sé que estás limpio de polvo y paja –mintió Alberto, y rebuscó en el bolsillo interior del abrigo para sacar la fotografía––. Pero necesito de tu experiencia en un asunto.
Alberto le mostró la foto. Indeciso, Pablo Esteve la cogió, la acercó a un foco de luz, se puso unas gafas para el cerca y estudió el primer plano de las manos atadas. Si dedujo por su cuenta que eran las manos de un cadáver, no dijo nada.
––Ese anillo parece caro –dijo Alberto, recalcando lo obvio.
––Un sello caro, sí. Pero no es de mi casa.
––Mucha casualidad sería si lo fuese, Pablo. Pero verás, lo que me llama la atención es esto que se ve aquí –señaló con el dedo la foto––. Parece que tiene un grabado, ¿no?
––Sí. Eso parece.
––¿Podrías identificar las letras? ¿Son unas iniciales, una leyenda, una fecha?
Como si en vez de tener una foto en blanco y negro entre las manos tuviera una joya que hubiera que tasar, Pablo Esteve se llevó al ojo una lupa de joyero y observó con detenimiento el detalle que el periodista le indicaba.
––No. No son unas iniciales. Ni una leyenda. Ni una fecha.
––¿Entonces…?
Pablo Esteve se dio media vuelta, rebuscó en un cajón y sacó unos papeles de cebolla. Encontró el que buscaba y se lo mostró a Alberto: un dibujo sencillo, una cruz latina dentro de un círculo.
––Es un dibujo como éste. El anillo no es mío. Pero esto es lo que se ve tan malamente en la foto. Es un anillo de fidelidad, don Alberto. No hay dos iguales, pero muchos llevan dentro este grabado.
Alberto asintió. Supo inmediatamente lo que significaba. Y supo ya, desde ese instante, que su investigación estaba condenada a complicarse.
––El dueño de este anillo –sentenció el joyero, devolviéndole la foto y guardándose la lupa— no sólo es un caballero de posibles. También pertenece a la Obra.



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