Si hay algo peor que un lunes de trabajo, es cuando ese lunes de trabajo es además el primer lunes del año, la indicación de que el espejismo de la navidad y los deseos de cambio han sido flor de invierno. De mala gana, tras una noche de mal dormir y discusiones conyugales, Alberto entró en la redacción y, al escuchar tan fuerte la radio, supo que el Ogro no estaba. Como el locutor indicaba el final de una huelga general, comprendió que no hablaba de España, y cuando nombró a los barbudos que seguían pegando tiros en Santo Espíritu, donde se habían atrincherado los últimos reductos del antiguo régimen mientras un tal doctor Urrutia llegaba a la capital para ser presidente del país, ya supo que hablaban de Cuba.
Se quitó el abrigo y la bufanda, se sopló las manos y sacudió la cabeza. Fidel Castro. Nadie tenía claro a qué atenerse con aquel hombre. ¿Un héroe, un villano, un patriota, un aprovechado? El tiempo lo diría. Urrutia, eso estaba claro, iba a durar menos que un pirulí en la puerta de un colegio. Un hombre de paja de Fidel, lo mismo que Batista lo había sido de los puñeteros yanquis.
Molesto por el zumbido de la voz del locutor, bajó el volumen de la radio. Casi inmediatamente, del cuarto de baño, salió Josete Guillén, todavía vestido como un colegial con su pajarita y su chaqueta de cuadros a pesar de sus treinta años largos. A sus espaldas, en la redacción lo llamaban Jaime Olsen. Algo engreído, de movimientos muy veloces, Josete Guillén se las daba de conquistador, y hasta fardaba de haber pasado una noche loca con Ava Gardner. Como medio Madrid, por otra parte. A Alberto le hacía gracia, y como había visto en persona a la Gardner un par de veces, con Mario Cabré y con Dominguín, una vez en Lardis y otra en Chicote, tenía muy claro que Josete exageraba de algo imposible de cerciorar, o que la actriz iba más cocida que de costumbre, cosa que siempre entraba dentro del reino de lo probable.
—Vaya, ahora que iban a hablar de los sputniks vas y me apagas la radio.
—No la he apagado. Están diciendo que va a llover. ¿Dónde está todo el mundo?
—A mí que me registren. El Ogro está en Barcelona. Para lo del premio Nadal. Dice que lo va a ganar una amiga suya y quiere estar mañana presente.
—Si el premio es mañana, ¿cómo sabe lo que ha ganado una amiga suya?
—Porque para eso es el Ogro y tiene sus contactos. Marchena vino, cogió dos recados y se fue corriendo a no sé qué de un robo con escalo en Fuencarral. Matías llamó, que tiene gripe. Huertos llamó que está investigando el caso de la lotera fantasma, y Rubio dice que le sentó mal la cena de anoche y que se va de vareta por culpa de unos mejillones.
—Pues anda que está bien el panorama.
—Tú y yo solos vigilando el fuerte.
—¿No ha llamado Libélula?
—Sí, me olvidaba. Que tiene que ir con su madre a comprar los reyes. O que le faltaban los reyes de su madre. Algo así. Antúnez salió con la moto a recoger algo que tenía que enviar. Unas fotos, seguro.
—Unas fotos, claro. ¿Silvia no ha llamado?
—¿Quién es Silvia? ¿Uno de tus ligues? Te recuerdo que estás casado, Alberto. A cadena perpetua, macho.
—Menos lobos que a ti te gusta una falda más que a mí, Josete. Mi pupila.
—¿Te duele un ojo?
—No el que te va a doler a ti, gracioso. El Ogro me la ha encasquetado. Le tengo que enseñar a ser periodista de sucesos.
—Te acompaño en el sentimiento.
—Bah. La chica vale. ¿Algo en el teletipo que merezca la pena? ¿Han llamado Ceballos o algún otro de la madán?
—La madán estará hoy como para llamarnos a nosotros. Tienen Madrid tomado, por eso de la cabalgata. ¿Has visto las carrozas que tienen preparadas para esta noche?
—A ver si te vas a creer que soy Eugenio. Si las carrozas son esta noche, ¿cómo quieres que las haya visto, alma de cántaro?
Josete sonrió con picardía, se sentó en una de las mesas, hizo un gesto para acomodarse las mangas de la chaqueta de cuadros y silbó entre dientes. Los tenía demasiado separados, pero no le faltaba ningún hueso.
—Uno, que tiene sus contactos también, no te vayan a creer. Hay unas cuantas aparcadas en un bajo de La Castellana, y como saqué al guardia en un artículo, me dejó verlas. Hay una alucinante. ¡Un cohete espacial! ¿Qué te parece?
Alberto se sentó tras su escritorio, le quitó la funda a la máquina, rebuscó entre el puñado de papeles y repasó por dónde había dejado sin terminar los artículos en curso. No fue capaz de aclararse.
—¿Es que me tiene que parecer algo?
—¡Pero si es el tema de moda, Alberto, hombre!
—¿Qué tiene que ver un cohete espacial con los Reyes Magos? ¿Me lo explicas? Al paso que vamos, en las carrozas acabará saliendo ese gordo barbudo del pijama rojo. Papá Noel.
—Santa Claus.
—¿Le han cambiado el nombre?
—Es como lo llaman los yanquis.
—Puñeteros yanquis –rezongó Alberto, e introdujo un folio en blanco en el carro de la máquina—. Quién les habrá dado vela en este entierro.
—Son los dueños del mundo. Como antes lo fueron los alemanes. Y lo mismo mañana lo son los rusos. ¿Sabes qué hacen por la fiesta de Todos los Santos?
—Comerán pavo. Y yo qué sé, Josete. ¿Se matan unos a otros?
—El pavo lo comen en noviembre. En Acción de Gracias. En Todos los Santos, me lo ha contado un compadre que trabaja en Torrejón, disfrazan a los niños de vampiros y los mandan a pedir caramelos.
—Será que se han quedado sin chicle. Tontos del culo, ya te digo. Menos mal que esas cosas nunca las veremos aquí.
—Cualquiera sabe. Ahora todo el mundo quiere fumar rubio, beber Coca Cola y usar camisas “Ike”. No hablemos ya del whisky.
—El whisky lo inventó un escocés, listo.
—Me da igual. Tengo que hablar con el jefe cuando vuelva de Barcelona. Quiero hacer una serie de artículos sobre el tema.
—¿Sobre los niños vampiros? –preguntó Alberto, arrancando la hoja en blanco de la máquina sin haber tecleado ni una línea. Josete estaba especializado en tocar temas extraños y algo esotéricos, desde rituales en cementerios a manchas en la pared con la cara de María Goretti o Fray Escoba, pero a él ese tipo de periodismo no le hacía la menor gracia.
—No, hombre. La carrera espacial. Los rusos colocaron aquella perrita en órbita, ¿lo recuerdas? Y ahora los americanos están acojonados, no vaya a ser que los puedan bombardear impunemente con sus naves en órbita.
—¿Los rusos van a bombardear con perros a los americanos?
—No, joder, que no te enteras de nada. Estamos a las puertas de un nuevo tipo de guerra. La guerra espacial, ahí queda eso. Rusos y americanos partiéndose los morros encima de nuestras cabezas. ¿Cómo te quedas? ¿Qué pasará con las naves derribadas? Caerán en cualquier sitio. ¡Nadie estará a salvo!
—A ver, Josete, que tengo cosas que hacer y no me concentro contigo dando la alarma. ¿Vas decirme de una puñetera vez adónde quieres ir a parar?
—Me han dicho que ya no estás con lo de Jarabo.
—No –gruñó Alberto—. Ya no estoy con lo de Jarabo.
—Pues ya somos dos. Llegamos los últimos a la cola. Necesito ayuda para proponerle al jefe una serie de artículos sobre la próxima guerra espacial. Es algo que me apetece hacer. Todo documentado y científico, ¿eh? Con entrevistas a expertos en el tema. Pero no lo veo muy receptivo.
—Pues insístele.
—Pero es que me pone nervioso, Alberto. Lo veo allí, jugueteando con la pistola, y me dan ganas de hacérmelo encima. Valoro mucho mi vida.
—Una cosa es que se entretenga pegando tiros a la pared, y otra cosa es que le pegue un tiro a un periodista. No lo ha hecho todavía, creo.
—No quisiera ser el primero. Mira, tú tienes mano con él. Combatisteis juntos en lo de la División Azul y yo…
—Combatí yo. A él lo devolvieron a casa más amarillo que un chino.
—Es igual. Sois viejos camaradas. A ti te tiene respeto y si me apoyas…
—No.
—¿Por qué no?
—Porque todo este asunto me parece una chorrada monumental, Josete. Por eso. Deja de escuchar esos seriales de Diego Valor y dedícate a otra cosa, anda.
Josete, picado, fue a replicar cuando sucedieron dos cosas al mismo tiempo. Una muchacha rubia y elegante, con un abrigo blanco y los ojos muy verdes, entró en la redacción. Y sonó el teléfono.





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