Llegó a casa oliendo a tabaco y a sudor ajenos. Todavía no le llegaba la camisa al cuerpo, pero es que no podía evitar ponerse nervioso cuando estaba delante de ellos. La policía tenía una forma especial de mirarlo y de tratarlo, haciendo que se sintiera culpable de pecados que no se atrevía a cometer ni siquiera en su imaginación.
Doña Obdulia lo esperaba. Preocupada, como siempre, un abrazo y un beso que olían a pan y a colonia de niño pequeño.
—Me tenías ya asustada, Juanito, hijo.
—Por Dios, mamá, que ni siquiera son las nueve de la noche.
—Pero es que hace tanto frío en la calle…
—Tranquila, mamá, tranquila. Además, ¿qué me iba a poder pasar? Si he estado toda la tarde con la policía, precisamente.
—¿Con la policía, hijo?
—Con la policía, sí. Pero tranquila, que es por cosas de trabajo.
—Ay, hijo mío… ¡Si te viera tu padre que en gloria esté! ¡Con lo bien que te podrías ganar la vida haciendo fotos en bautizos y comuniones! ¡Pero no! ¡El niño quiere ser periodista!
—Reportero, mamá. Reportero.
Entró en el cuarto de baño, se lavó la cara, las manos, dos veces. Aquel olor pegajoso a sudor de policía no se le iba de encima. Era como si aún lo estuvieran interrogando, tratando de hacerle desdecirse de lo que ya les había dicho. Y siempre las miradas, las risitas, las insinuaciones. Y no, no quería ganarse la vida haciendo fotos insulsas de niños insulsos, pero cada vez le hastiaba más hurgar en las entrañas de los muertos. Otro tipo de fotografía, otra manera de expresar su sensibilidad artística, de demostrar su valía y hacerle ver a aquellos chulos que se podía reflejar la vida sin creer que toda la vida es una mierda…
—Llamó Rosita –dijo doña Obdulia desde el otro lado de la puerta—. Que la llames para quedar mañana. Que tenéis que dar un paseo por el Retiro.
—Sí, mamá. En cuanto pueda la llamo.
—Ay, Juanito. No la dejes escapar, que es buena niña.
—Se hace lo que se puede, mamá.
—Tienes la sopa en la mesa. ¿Te preparo un vermut, hijo?
—Lo que tú quieras, mamá.
Tomó la sopa con la mirada perdida, imaginándose en otros mundos donde el encuentro con un agente del orden supusiera la seguridad de saber que eras tú el protegido. Y donde no hubiera que esconder las fotos de tu trabajo entre los pechos de una mujer.
—Me voy a revelar, madre. No entres en el cuarto oscuro.
—¿He entrado alguna vez, so tonto?
—Por si acaso te lo recuerdo. Tú sigue escuchando la radio, anda. He pedido que pongan una canción de Machín para ti. Un besito, guapísima. Buenas noches.
Se despidió de la anciana con un abrazo y entró en el cuartito repleto de material fotográfico. Se subió las mangas, sacó del bolsillo del pantalón los tres carretes de fotos. Todavía olían a Silvia, aquel perfume caro y a la vez sencillo, a la intimidad del contacto con su cuerpo.
Apagó la luz. Se olvidó del mundo. A solas con el fruto de su trabajo, el horror de la muerte se fue convirtiendo poco a poco en la maravilla de la ciencia, y luego en el asombro del arte.
Flotando en la disolución, en un mar de sales de plata, el cadáver del ahorcado parecía cobrar nueva vida: los ojos que se abrían, la boca que mostraba la lengua, el anillo de oro que brillaba como un relámpago en la noche.


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