El sereno le abrió la puerta con la rectitud de un carcelero. Le dio las buenas noches llevándose la mano a la gorra de plato, arropado en su bufanda como un abuelo de tebeo, y se marchó tras desearle feliz año. El sonido de su bastón resonando en la calle desierta tardó un rato en apagarse. Sólo entonces entró Alberto García en el portal.
Eran poco más de las once de la noche y el edificio, como la calle, como España, estaba en calma. No esperó el ascensor, averiado de tanto trasiego de niños en vacaciones al menos hacía tres días, y subió los dos pisos despacio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Sentía un incómodo hormigueo en los dedos, la sensación de culpa que lo atenazaba cada vez que regresaba a casa en mala hora.
Inés no había cambiado la cerradura. Dos vueltas a la llave y al menos pudo estar seguro de eso. El interior estaba oscuro, lleno de olores familiares a niños y comida recalentada. Ni se le pasó por la cabeza que su mujer, fastidiada por aquel último desmarque suyo, hubiera hecho las maletas. A pesar del silencio de la casa, Alberto fue capaz de distinguir la respiración de los tres niños. La vela del ángel de la guarda estaba encendida, de todas formas.
Encendió una luz, la de la cocina. Se sirvió un vaso de agua del grifo. Estaba helada. En la mesa de la cocina, un plato con la comida ya fría, un tenedor, una cuchara, un cuchillo. Y un pequeño cuenco cubierto con un mantelito. Lo retiró para ver qué había dentro. Doce uvas ignoradas, esperándolo todavía para que iniciara el nuevo año. Picó una, la sintió reventar entre sus dientes, pero no tuvo fuerzas para tragarla. Las uvas están sabrosas en septiembre, no en enero.
Los niños dormían en su habitación, soñando esos sueños sin pesadillas que sólo sueñan algunos niños. Si les había preocupado irse a la cama dos veces sin ver a su padre no era algo que Alberto pudiera controlar ahora mismo. A lo hecho, pecho. Con la lucecita roja del ángel de la guarda pudo ver las tres caras, el niño mayor despeinado y a medio tapar, los mellizos mirándose el uno a la otra, como si quisieran continuar en el sueño aquella casualidad que los había hecho nacer paralelos. Tapó a Juanito, no se atrevió a besar a ninguno de los tres, por miedo a despertarlos, por no tener que contestar preguntas.
Inés dormía también. La puerta del cuarto estaba abierta, pero ella le daba la espalda, como si no esperase que llegara nadie o supiera que no merecía la pena esperarlo. Alberto se detuvo unos minutos en el quicio, hasta asegurarse de que no fingía. Se dio la vuelta y se dirigió a aquel cuarto de baño, reconvertido antes de que los niños nacieran, que hacía las veces de despacho y de refugio.
Encendió la luz, cerró la puerta, dudó entre encender un cigarrillo o tomarse un coñac. Se decidió por lo segundo. La botella de Soberano, sin embargo, estaba vacía. No recordaba haberla gastado. Tenía la vaga impresión de que en la redacción le habían regalado con la paga extra una botella de Ponche Caballero, pero no pudo encontrarla. Inés, posiblemente, la había escondido en alguna parte para que no bebiera. Podía empezar a buscarla entre el montón de revistas y libros hacinados, encender las luces, despertar a Inés, soportar un numerito y, a su vez, darlo. Pero no merecía la pena. De su escondite secreto sacó la vieja petaca de plata con el escudo de la División, la bandera roja y gualda comida por el roce, la esvástica negra borrada a propósito. Estaba medio llena. La destapó. Bebió dos sorbos.
Se sentó ante la mesa, mientras el coñac le hacía cosquillas en el estómago. La máquina de escribir parecía una extraña boca metálica que quisiera devorarlo. Trató de no mirarla. Sacó la carpeta del cajón y revisó las notas, repasó los viejos folios tachados una y mil veces. Cotejó la información de los recortes, las fotos que había ido encontrando de camaradas con los que se carteaba todavía, aquella libreta donde habían apuntado las palabras básicas para comunicarse con las campesinas en ruso. Leyó el último capítulo, tachó dos párrafos, acabó por arrugar el papel y tirarlo al suelo. Los recuerdos se atropellaban en su cabeza, pero no era capaz de darles forma. Dolían demasiado. Cada vez más lejanos en el tiempo, escocían cuando intentaba traspasarlos al papel. Niños muertos en la nieve, aquel iba a ser el título del libro. Allí iba a contar la historia del batallón, el frío, el desprecio, la lotería de la vida y la muerte en combate, el honor, la enfermedad, la picardía, el hambre, el silencio. Allí se explicaría a sí mismo, comprendería por qué, y para qué, y qué era lo que había ganado, o lo que había perdido. Todo aquello que había olvidado. Algún día escribiría la novela de aquella experiencia de guerra en una guerra que no les pertenecía a ninguno, una guerra que quisieron pintar de idealismo y fue una guerra sucia, como todas las guerras. Algún día, pero no esta noche. No esta noche, desde luego.



Referencias (TrackBacks)

URL de trackback de esta historia http://crisei.blogalia.com//trackbacks/76208

Comentarios

Nombre
Correo-e
URL
Dirección IP: 54.157.210.33 (b320157835)
Comentario