Apuntando el fin de semana, el público empieza a acudir en masa a la Feria, pero como nosotros tenemos nuestros actos por la tarde, durante la mañana nos dedicamos a hacer turismo por donde podemos, que no es mucho porque el centro continúa acordonado por la policía, que sigue limpiándose las botas, comiendo bocadillos o hablando por el móvil. Como ratas en un laberinto, sorteamos una y mil veces los caminos del Zócalo intentando llegar a las ruinas del templo mayor o acceder al edificio donde los murales de Rivera todavía siguen esperándonos, porque está cerrado a cal y canto desde hace meses.

Tomamos cervezas con Juan Madrid, que tiene una conversación llena de anécdotas y experiencias y nos embelesa con sus historias. Juan es todo un personaje, digno de una novela en sí mismo. Nos cuenta que no fue a ningún colegio hasta los diez años, que abandonó pronto los estudios porque se aburría, que trabajó de botones en una editorial, que se sacaba un sobresueldo vendiendo puros en los cabarets y que fue boxeador en sus años mozos, y que entró tarde en el mundo de la literatura. Nos refiere su admiración por las mujeres de Chicote (unas señoras elegantísimas, con unos talles de impresión, recalca, un tipo de mujer que ya no existe), y de su amistad con Fernando Fernán Gómez, a quien imita a la perfección no solo en la voz, sino en el gesto, y de quien nos revela la verdad aprendida, una de esas verdades machistas como un templo, que tanto Juanmi como yo atesoramos desde hoy: el hombre lo que quiere es follar sin hablar. Esa es la cuestión.

Como Juan comparte algún libro en Edebé, la delegación mexicana tiene el detalle de invitarnos a los tres, junto con Marina Taibo, a comer a un restaurante. No sé qué impresión sacaron los editores de nosotros, dos tipos que escriben una ciencia ficción disfrazada de juvenil y otro que escribe obras maestras del género negro y que con ellos tiene una novela de aventuras.

El restaurante es cálido y caro, europeo en su forma y estilo. Nos ponen tequila antes de comer (el único tequila que bebemos en nuestra estancia en México, por cierto), y y pido un Matarromera para todos. Entre los platos que se eligen, pese a mi reticencia inicial, gusanos de maguey tostado y escamoles, que son larvas de hormiga.

Yo juraba y perjuraba que ni probarlos, y probablemente en otro sitio no me habría acercado a ellos, pero los platos tienen tan buena presentación que venzo el resquemor, cojo un gusano y lo muerdo. Tostado sabe a bacon, o a kikos. No da asco verlos en el plato. En el taco, con su salsa y sus avíos, son como cualquier otro taco. Los escamoles parecen piñones y están exquisitos. No había, o se nos pasó pedirlos, chapulines, lástima.

Por la tarde tenemos una mesa redonda con Paco Taibo y Eduardo Monteverde sobre novela negra. Es entretenida a pesar de que un borracho se cuela en el acto y hace todo lo posible por llamar la atención. Admirable la manera en que Paco logra quitárselo de encima. Luego, ya caída la noche, después de la cena, se reparte el libro gratuito de relatos, poemas e ilustraciones que ha publicado la Brigada para Leer en Libertad. Hay centenares de personas en cola para que el montón de escritores les firmemos, y todos se acercan casi con reverencia, deseando una firma y, más que la firma, la dedicatoria: "A Fernanda" (hay muchas Fernandas), "a Cuauhtémoc" (hay un par de ellos). Yo soy el último de la larga mesa, y como me parece un tanto absurdo dedicar sobre lo ya dedicado, solo estampo mi firma. Sigo sin comprender qué atractivo puede tener mi feo garabato.

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