Llega por fin el gran día. Con una semana de forzoso retraso, contra todas las zancadillas habidas y por haber, la Feria Internacional del Libro del Zócalo abre sus puertas. La policía, a pesar de que dijeron lo contrario, no ha abandonado sus puestos y el centro histórico de la ciudad sigue sitiado, pero ahora al menos dejan circular a los coches y es posible acceder a pie a la plaza del Zócalo.

No todo está listo. Quedan stands por montar. Hay todavía nervios, y tránsito de paquetes cargados de libros. Y mucha policía, inevitable, no solo de uniforme: también de paisano. A la inauguración de la Feria vendrá (o eso se espera, las comunicaciones entre los políticos y los organizadores son un caos) el jefe de gobierno de la ciudad, que es el pomposo nombre con el que allí denominan al alcalde. Los policías de uniforme, sacaditos de una película de Clint Eastwood, son los guardaespaldas.

Hay dos carpas gigantescas y en la mayor de ellas tendrá lugar el acto protocolario. Allí mismo, en la puerta, nos encontramos a Juan Madrid, que acaba de llegar. Conocemos a Juan de alguna Semana Negra, pero ahora somos tres escritores solos, los únicos españoles, y agradecemos nuestra presencia compatriota. Juan es un tipo abierto, listo como el hambre, en forma (fue boxeador aficionado en su juventud), al que no detecto en su acento ningún rastro del andaluz que es. Viste una eterna gorrita como de miliciano y dice mucho "compañero" con una vitalidad que contagia.

La carpa se va llenando de gente. Nos sentamos al fondo. Entra Paco Taibo en loor de multitud, acompañado por un luchador de lucha libre mexicana, creo que el hijo de Santo el Enmascarado de Plata.

A punto ya de empezar la inauguración oficial, Paco viene a buscarnos y nos rescata de las sillas del fondo. Son ustedes los invitados, nos dice, tienen que estar en primera fila, pendejos. Y en primera fila (bueno, en la tercera) nos sentamos.

Empieza a hablar la consejera de cultura y entonces se arma el escándalo. Unas cuatro o cinco filas por detrás empiezan a asomar pancartas, gritos, bocinas. Una reivindicación de unos talleres culturales que no han recibido las ayudas prometidas. Por un momento pienso que allí se va a armar gorda. Los guardias de seguridad están al quite. Allí no hay quien escuche a la oradora. Y Juan Madrid, que observa como yo observo al jefe de gobierno, que ni se despeina de su peinado tipo Kennedy, me dice: Este es un profesional, ni se inmuta.

Termina la algarada, se hace el silencio, la consejera suelta su discurso, una escritora cuyo nombre no recuerdo recibe un premio in situ y larga un discurso algo farragoso y con un inevitable deseo de epatar, y por fin el jefe de gobierno toma la palabra, nos nombra a los escritores presentes como si tuviera nuestros libros en la mesilla de noche, pronuncia el discurso típico de los políticos y se refiere a los alborotadores diciendo que ahorita mismo van a platicar del problema. Se apunta el tanto de la protesta. Juan Madrid me insiste por lo bajini: un profesional, ya te digo.

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