Esclavos del jet lag, nos seguimos despertando temprano. Yo invierto ese tiempo en wassapear con la familia, aprovechando las ocho horas de diferencia, mientras que Juanmi se va al gimnasio del hotel a perder los muchos kilos que le sobran. Mi mujer me comunica que han llamado, en España, del banco: un error en una transación con la tarjeta de crédito me la ha anulado. Mierda. Llevo euros, sí, pero la visa siempre es un plan B por si se te antoja cualquier tontería imprevista.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro histórico, que sigue estando cortado y tomado por la policía: una policía, lo vemos claro, que se aburre, come continuamente, aprovecha para hablar por el móvil con la parienta o el pariente, se lustra los zapatos. De pronto dejan de causarnos impresión y decidimos que son como los romanos de Astérix.

En la plaza, siguen montando la Feria que abrirá el miércoles, o sea, dentro de menos de veinticuatro horas. Vemos la catedral, nos tomamos una cerveza pero somos incapaces de tomarnos el tentempié que las acompaña, de puro picante. Luego, en el mismo hotel, nos pillamos un taxi (todo el mundo nos ha advertido que no tomemos taxis en la calle por lo que pudiera pasar) y nos llevan al mercado de artesanía de la Ciudadela, donde nos está esperando Paco Taibo.

El mercado es una explosión de baratijas y colores, de artesanía y de gente amable, un laberinto de puestos donde todo entra por los ojos y todo se antoja. Hay calaveras, hay sombreros charros, hay llaveros, y monstruitos de madera, y vestidos y chales y platos y carteras de piel y todo lo que uno pueda imaginarse. Los precios son irrisorios, pero gasto en seguida lo que llevo encima en regalos para la familia.

Paco insiste en llevarnos a comer unos tacos, pero la taquería ya no existe. Nos pide un taxi que nos lleve de vuelta al hotel (él sigue de promoción con su libro) y durante diez o quince minutos viajamos Juanmi y yo en silencio, con la mosca detrás de la oreja, por si al taxista se le ocurre que somos gringos de posibles y le da por asustarnos. Pero no.

Comemos en el hotel, donde cada día se lían los camareros con nuestros menús acordados y no saben, o no recuerdan, o no les interesa, si las bebidas alcohólicas (o sea, la cerveza) van o no incluidas en el paquete.

Por la tarde, Paloma viene a recogernos para llevarnos a una de las televisiones de la ciudad, donde nos entrevistan a los tres a cuenta de la inauguración de la Feria. La televisión está llena de ese bullicio del periodismo en directo que siempre me llena de envidia. La entrevista es cortita, apenas un inserto de diez minutos en una programación que, según parece, no está muy a favor de la Feria.

Más tarde visitamos la Feria ya casi terminada y allí nos encontramos a Eduardo Monteverde y a Fernanda. Fernanda quiso celebrar su treinta cumpleaños saltando en paracaídas y el paracaídas no se le abrió, con lo que salvó la vida de milagro, aunque la recuperación ha sido larga. Nos llevan a dos pasos de la Plaza, a un viaje al siglo dieciséis, como dice Eduardo. Y allí, detrás de la fachada de una zapatería (los atentados urbanísticos no son exclusivos de nuestras ciudades) nos lleva al primer hospital fundado en el Nuevo Mundo, un patio hermoso lleno de árboles y anécdotas y frisos que Eduardo, con su sabiduría hipnótica, nos va desgranando: la síntesis de lo europeo y lo mesoamericano, las cruces sin crucificado que fueron el primer santo y seña de la evangelización (sin crucificado para que no se asimilara a las prácticas caníbales del mundo azteca), las mil y una anécdotas de ese visionario que fue Hernan Cortés, tan vilipendiado y admirado al mismo tiempo.

Un viaje, en efecto, al siglo dieciséis, quizá más puro y atractivo que el futuro que nos espera a todos.

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