Nuestro guía es un hombre amable, tranquilo, que no aparenta sus setenta y seis años y tiene una voz cantarina que hace que me entre sueño mientras la furgoneta corre que se las pela, cuando la dejan, hacia Teotihuacán. Detrás de nosotros, las dos recién llegadas charlan por los codos, ignorando al pobre hombre, que no se inmuta. Siento un arrebato solidario hacia él. He visto cómo en las excursiones escolares los estudiantes no hacen tampoco ningún caso a los guías que contratamos.

Llegamos a la zona de Teotihuacán. La amenaza de lluvia ha desaparecido. De hecho, hace un calor sofocante. Nos llevan primero, porque aquí todo está perfectamente programado, a un rinconcito donde fabrican piezas de artesanía y un muchachote grande y amable nos explica cómo a partir del maguey se hace pulque. Vemos cómo trabajan la obsidiana, cómo nos ofrecen baratijas de plata y, al final, se nos conduce a la tienda de recuerdos, donde yo compro un par de camisetas de regalo y Juanmi, porque nos han advertido y él va rapado, un sombrero que, como todos los sombreros que compra, es tipo gangster.

Llegamos por fin a la entrada de la ciudad. Allí me compro un sombrero yo también, por la décima parte del precio que Juanmi ha pagado, un sombrero de ala ancha como el que usan los campesinos. La verdad es que parezco Juan Valdés. Convencemos al polaco calvo, que es sonrosado y parece uno de los Vigilantes de Fringe, para que se compre también uno. El sombrero que elige le queda chico, pero allá él.

El guía nos suelta una larga perorata, o varias largas peroratas, sobre las ruinas, los patios, los frisos. Hace un calor de muerte. Las dos turistas charlatanas van a su avío. Sólo Juanmi y yo le hacemos caso. La monjita y la mujer de gesto torcido se hacen fotos. Y el guía muestra ahora hacia la cultura maya el mismo fervor que antes mostró hacia la historia de Juan Diego y la Virgen de Guadalupe. Nos vende la idea de que quienes vivieron en esta ciudad era un pueblo pacífico y sencillo del que apenas se sabe nada. Y nosotros, que sabemos algo de todo esto, nos preguntamos cómo casan el pacifismo y la amabilidad con lo empinado de los escalones de las pirámides.

Nos dejan por fin sueltos, allí en el asfixiante Camino de los Muertos, entre la pirámide de la Luna y la pirámide del Sol. Es lunes y no hay demasiada gente. Los seis miembros que el destino ha convertido en grupo se disgregan, afortunadamente. Veo cómo el polaco empieza a subir a la pirámide de la Luna y pega un traspiés que a punto está de dejarlo en el sitio. Nosotros nos dirigimos a la pirámide del Sol, esquivando vendedores que no parecen aceptar un no por respuesta.

Juanmi, que está hecho un toro, decide subir a la pirámide. Yo, que estoy más quemado que la pipa de un indio y que sigo teniendo problemas para respirar, me quedo abajo. Lo veo subir, perderse allá en lo alto. Me asaltan los vendedores. Compro un par de baratijas, pulseras y un par de dioses de obsidiana. Me tomo una cocacola light y me pongo a la sombra, aunque sombra hay poca. Luego veo a Juanmi bajar de la pirámide. Me pregunto dos cosas: cuánta gente se habrá caído desde allí arriba (en vida), y qué aspecto tendrá este lugar de noche, sin nadie.

Por fin nos reunimos de nuevo los miembros de la excursión y las dos mujeres de Costa Rica llegan también con retraso. Nos llevan a comer a un sitio para turistas donde está cantando un mariachi. La comida es del montón, pero todo el mundo alaba al guía por su tino. Juanmi se siente incómodo: no le gusta ir de turista. Pero le recuerdo una vez más que eso es lo que somos.

En el camino de vuelta, las seis de la tarde ya, se apetece, tras las cervezas y los tacos, echarse una siestecita. Pero entonces la monjita, que se ha tomado dos Sol, empieza a charlar por los codos. Y no es monjita, sino ex-empleada de Correos en algún lugar de California, jubilada ya, demócrata aunque no le gustan ni Obama ni el Obamacare, y en efecto se ha criado con las monjas. Pero la lengua se le suelta, nos da un coñazo enorme y acaba diciendo que si no fuera por la educación recibida ella necesitaría tres hombres cada noche para ella sola. Se ruboriza en seguida, pide perdón, se ríe, y sigue contando barbaridades. Todo es muy lindo, dice la señora de atrás.

Por fin volvemos a D.F. Nos llevan a nuestro hotel. Hemos visto el pasado en pocas horas. Una experiencia inolvidable.

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Comentarios

1
De: Anónimo Fecha: 2013-11-10 17:25

Traducido: realmente quiere a tres hombres por noche, pero las monjas la han castrado metafóricamente.



2
De: Anónimo Fecha: 2013-11-10 19:43

Eso mismo pensé yo. Y sólo cuando se pimpla una Coronita de más le sale su verdadero yo.



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