Nuestro segundo día en México es el día en que nos convertimos en turistas. Nuestros anfitriones están de trabajo hasta las trancas, organizando los millones de flecos e imponderables que supone el levantar una feria del libro por donde van a pasar en una semana un millón de personas, así que seguimos el consejo de Paco Taibo, nos agenciamos un paquete turístico que nos lleve a Teotihuacán y allá que vamos.

O no. El paquete incluye una visita a la Plaza de las Tres Culturas y a la catedral (o las catedrales). Nos recoge un señor repeinado y grueso de habla cantarina y ojos celestes muy claros que nos va enseñando en una tablet las fotos de otros sitios, quizá para que piquemos y compremos otro viaje para otro día. Nos pregunta qué somos y aunque Juanmi dice que es escritor yo digo que soy profesor. Cuando más tarde, a solas, Juanmi me pregunta por qué no me he reconocido como parte del gremio le explico que, como está el patio, y tras lo que uno ha leído, lo que nos faltaba es que alguien se creyera que somos unos autores best-sellers que estamos forrados de pasta y nos organicen un secuestro exprés en un ábreme y ciérrame las puertas de la furgoneta.

Y las puertas se abren al poco rato, después de que el conductor intente suicidarse por las avenidas con nosotros dentro, y como las demás personas que van a formar parte de la excursión no caben a bordo, el señor repeinado y grueso de habla cantarina y ojos celestes muy claros dice "Señor Aguilera, baje por favor", y ahí Juanmi se acojona y yo me acojono y bajo detrás. Simplemente, nos cambian de microbus y nos toca otro guía (un hombrecito pequeño y trajeado que parece un cruce entre Mario Vargas Llosa y Kiko Ledgard) y otros compañeros de viaje: un chico calvo y sin cejas que es polaco y que habla español a la perfección y dos sesentonas, una de ellas con aspecto de monja de paisano y la otra con pantalones de pata de elefante, pestañas postizas larguísimas y uñas de bruja o de actriz porno en pleno declive. La monjita, nos enteramos luego un poco a la fuerza, viene de California, aunque por su habla comprendemos que es mexicana, y la otra es su amiga que la escolta con evidente desgana.

Vemos lo que podemos de la Plaza de las Tres Culturas. O sea, apenas vemos nada porque para visitar el templo en ruinas y la catedral que levantó Cortés hay que contratar un destino diferente, y luego nos llevan a la catedral (o las catedrales), donde el guía, con su voz meliflua y cantarina, nos cuenta toda la historia del indio Juan Diego y la aparición milagrosa del rosal y la imagen imprintada en la tela. El hombre lo cuenta con tanta pasión que uno no puede por menos que escucharlo muy serio, aunque no se crea nada.

Juanmi está más incómodo que yo y se lo noto. Empieza a hacer calor. Nos hacemos las consabidas fotos en la plaza, vemos cómo una peregrinación de indígenas entra cantando en la basílica nueva, nos alucina un tanto ver cómo la catedral antigua está escorada y hundida (México en una laguna, como dicen la canción), y de todas formas nos parece un tanto exagerado tantas iglesias por metro cuadrado en una zona tan concreta.

Luego visitamos fugazmente la catedral, que por fuera es fea y no llama la atención y sin embargo por dentro es espaciosa y bonita. Están celebrando una misa y hay gente cantando y gente de rodillas. Tras el altar, en lo alto, una enorme bandera de México y la imagen famosa de la Virgen aparecida. Cachis, no vamos a poder verla de cerca.

Pero quien diseñó la catedral tenía un ojo comercial que ni Steve Jobs y, siguiendo a nuestro guía, encontramos un paso tras el altar que nos permite, sin molestar ni al sacerdote ni los feligreses, ver de cerca el lienzo (porque es un lienzo claramente), siguiendo una cinta sin fin que no permite aglomeraciones y nos da el tiempo justo de hacer dos fotos con el móvil.

Salimos, compramos agua, esperamos al conductor que ha ido a recoger a otras dos turistas que se nos han unido. Tardan más de tres cuartos de hora y si Juanmi ya estaba impaciente, yo empiezo a acordarme de la madre que trajo al mundo a las turistas. Encima, parece que va a llover.

Ya es mala suerte: ir de excursión al desierto y que te llueva.

Por fin las dos turistas rezagadas o reenganchadas llegan y se sientan. Son costarricenses, si mal no recuerdo. Y charlan por los codos, ignorando las corteses explicaciones de nuestro guía.

Dejamos D.F. atrás, entre colinas repletas de casitas que un día fueron ilegales ("casas de paracaidistas", las llama el guía) y continuamos viaje hacia el mundo anterior a la conquista española. Teotihuacán nos aguarda.

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