Domingo por la mañana, solos en la gran ciudad. O no. La mujer de Juanmi es mexicana, y Juanmi conoce a gente en México. Entre esa gente, la familia política. Hemos quedado con los Taibo a las dos de la tarde, y por la mañana, tempranísimo, aparecen por el hotel la tía y las primas de la mujer de Juanmi. Una de ellas, por cierto, es monísima. Nos acompañan durante un par de horas, mientras caminamos por una calle larga y peatonal donde todavía hay poca gente.

Entramos en una pastelería que da a un restaurante donde hay un bello patio colonial. La cafetería está a rebosar de camareras con vestidos pintorescos, gente de aspecto juvenil y moderno tomando cafés de nombres raros y muchas calaveras. Aunque todavía falta medio mes, ya se prepara el Día de Muertos, esa fiesta que en México tiene tanta fuerza aunque recibe cada vez más los acosos del Halloween tal como lo ven los gringos. Hay dulces y calaveras con el nombre de la gente, un bollo de aspecto feo que se llama pan de muertos y unos altares coloridos donde se celebra al pariente finado invitándolo a comer. Da un poco de yuyu, pero es bonito.

Subo las escaleras para ver mejor el patio y de pronto noto que me ahogo. Son dos tramos de escaleras largas y cuando llego arriba me doy cuenta de que parece que he subido al Turmalet. La diferencia de presión. Comprendo que no es ninguna leyenda urbana y que la falta de oxígeno marea.

Seguimos caminando por la calle asfaltada (la calle de las ópticas, por cierto). En cada esquina sigue habiendo un montón de policías. No uno ni dos. Hay más policías que en la fiesta de cumpleaños de los hombres de Harrelson. Todos armados hasta los dientes, con porras, fusiles, cascos, escudos transparentes. Curiosamente, los hay con uniformes muy diversos. Y, curiosamente también, los hay de todo tipo: jóvenes y viejos, fornidos y flacuchos, mujeres y hombres. No hay un molde: lo mismo te encuentras una chica de metro veinte vestida de azul que a un tarzán de dos por dos. Nos dicen que es por la lucha contra el narcotráfico, que han reclutado a todo tipo de gente. Y nosotros pensamos que el narcotráfico se tiene que estar poniendo las botas si toda la policía está concentrada aquí.

Visitamos el Palacio de Bellas Artes. En la puerta, el consabido grupo de maestros reivindicando lo que les han birlado. Dentro, un espacio precioso, modernista... lleno de escaleras que me traen a mal traer. Son dos pisos. Tengo que descansar entre uno y otro, pero merece la pena subir para ver los murales, un par de ellos de Diego Rivera. Una cosa es verlos en fotografía y otra muy diferente es verlos en directo. "El hombre en el cruce de caminos", la segunda versión (la primera la mandó destruir Rockefeller después de habérsela encargado) es literalmente acojonante. Parece una visión pop de El Eternauta.

Las bellas parientas se van, quizá demasiado pronto, y nos quedamos con las ganas de tomarnos una cerveza. Empieza a hacer calor. Las calles se llenan de gente. Volvemos al hotel unos minutos, tonteamos con la wifi, y esperamos a que vengan a recogernos. Van a llevarnos a Coyoacán, al sur. Al Zócalo de allí. A ver a las gentes, los colores, los sabores del pueblo de México.

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Comentarios

1
De: GO Fecha: 2013-11-09 16:14

Rafa cuidate que te veo con tripilla!!

Este com,emntario no es para publicarse, asi que leido borralo



2
De: RM Fecha: 2013-11-09 19:07

¿Para qué, si es la verdad?



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