No es que se lo mereciera como el que más, es que se lo merecía más que nadie. Por fin, sí, cuando casi no se lo esperaba ninguno, Mario Vargas Llosa, nuestro Marito, el compañero de tantas horas de lectura y aprendizaje, se lleva el premio Nobel de literatura, el premio de premios, el que reconoce que ha sido y sigue siendo el más completo, el más ameno, el más diverso y el más de todo de cuantos escriben en nuestro idioma.
Eternamente enfrentado, y comparado, con el otro gran premio Nobel, su amigo de un tiempo y su bajancia desde luego, el no menos grande Gabriel García Márquez, la Academia Sueca parece que declara por fin las tablas entre ambos. ¿Quién no ha amado Cien años de soledad, pero no ha amado también Conversación en La Catedral, Los Cachorros, La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, o La fiesta del Chivo? ¿Quién no espera como agua de mayo el que va a ser, evidentemente, el superventas de dentro de tres semanas?
Aunque hay un par de libros suyos que se me han atragantado siempre (La casa verde y Lituma en los Andes), Vargas Llosa es, posiblemente, mi escritor favorito. Sería una pedantería fuera de sitio considerarlo mi maestro, pero lo considero un amigo de viaje, un mentor desde aquel lejano 1978, quizás, en que llegó a mis manos uno de esos libros que uno ama con la desesperación de querer ser protagonista imaginado de sus páginas, de querer haber sido el creador de sus sonidos: La tía Julia y el escribidor. Como otro de mis libros de cabecera de esa época y de siempre (Las ninfas, de Francisco Umbral) uno quiso siempre ser autor de esa novela, vivir en esa novela. Porque en ella, como en Las ninfas, era protagonista el sueño de la literatura, el amor por los libros, el amor al amor imposible.
Se olvida a veces (desde que se metió en política no se le perdona que sea de derechas, igual que a Gabo se le pasan por alto sus veleidades con la dictadura de los Castro) que Vargas Llosa es un eterno experimentador, un constructor de estructuras novelísticas sobresalientes, capaz de jugar con tiempos y situaciones que barajan en sí mismas eso que es tan difícil y que tan poca gente consigue: que la obra resultante sea contada como sólo puede ser contada, de esa forma, con ese experimento, con esa música y esa arquitectura que sólo sirven para ese momento.
Enhorabuena, pues, a Mario Vargas Llosa. Las letras en español están, una vez más, de fiesta.
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