Antoñín Bueno se creía que era Gorfinger, o sea, un genio del mal, uno de esos tíos que en las películas de espías se pasan la vida tomando cócteles en copita ridícula y acariciándole el lomo a un gato blanco que tenía que ser algo maricona. No paraba quieto, tol coco comío con ralladuras de cómo conseguir parné, cómo burlar a la pasma, cómo ligarse a más tías que nadie y vivir to la vida a cuerpo de rey, aunque en España a cuerpo de rey quienes vivieran no eran monárquicos, precisamente, sino militares con mando en plaza. Entre la grifa que consumía y que le podía dar un disgusto el día menos pensao, y los planes majarones, no había día que no se inventara una historia pa hacerse rico. Pero claro, tú te puedes hacer rico si ya de partida sales con ventaja, si tienes un padre colocao en un banco, o en una accesoria, o si te toca una buena quiniela, o si das un braguetazo, que eso lo tenía difícil Antoñín Bueno, con las gafitas reondas y los andares estrafalarios, que se parecía al Sammy Deivis Junior dando saltitos así, como si le diera achare pisar mierda. Y no paraba el tío de darle vueltas a la cabeza, porque quería monimoni, quería mujeres, quería ser algo en la vida y se daba cuenta de que la vida se le iba a escurrir entre los deos como un sargo caletero y se iba a quedar como Gasparito, compuesto y sin nada.

Decía mucho aquella frase del Caudillo de que un camino de mil millas empieza con un paso. Y Torre lo miraba con la cara daleá y pensaba que al paso que él iba, dando saltitos asín como pa no pisar mierda, muchos iba a tener que dar para que alguna vez algo le saliera a derechas, porque en la mili había escuchado (a un capitán jerezano, nada menos), que la diferiencia entre un tonto y un listo es que cuando el listo mete la pata, la saca en seguida, y el tonto le da tantas vueltas que acaba por meter la otra. Pero qué le iba a hacer, si el pobre Antoñín Bueno tenía una imaginación desbordante, que hasta daba coraje ir con él al cine Nuevo o al teatro Andalucía, porque te destripaba las películas a la mitad, que se veía venir los finales y, cuando no se los veía y la cosa era distinta, po a veces era hasta mejor la solución que él proponía. En el fútbol, sin embargo, no tenía la misma maña y te ponías allí en el bar Moare o en el bar Celta a ver un partío y te dabas cuenta de que no distinguía un penalti de una fau, y encima era del Madrid y decía que Zoco era el mejor de la plantilla, pa echarlo. Y claro, por eso no era de extrañar que en la quiniela no sacara nunca más de seis aciertos, y eso porque la mitad de las veces lo confundían entre tres o cuatro a la hora de rellenarla y no sabía el numerito que ponía.

O sea, que era un vaina. Torre ya sabía que a este paso no se iba a hacer rico, sino que como mucho iba a acabar en la prevención y después en el penal del Puerto, pero como también estaba a verlas venir, cruzao de brazos con veintidós años recién cumplíos y ni puta gana de emigrar a Alemania como habían hecho o querían hacer todos sus conocidos de la infancia, el Badodo, el Grabrié, Chano el de la recova y hasta Maripuri la de las tetas caídas y Angelita la de las cachas bastas, y como la aventura lo llamaba, allí que acudía a la convocatoria de Antoñín, como acudía Currito Galiana, que estaba juntando pa comprarse unos guantes de boxeo de cueros mu chulos que había visto en la calle Ancha. A Torre se le habían antojao unas braguitas de seda que vendía el moro Abderramán Valderrama allí cerca de su casa, en el bar El último suspiro, que el cabrón del dueño, Sebastián el montañés, se las quería comprar pa que las luciera su mujer, Sonsoles la beata, pero a Torre le apetecía por un lao chinchar al montañés, que no fiaba nunca, y por otra tener un detalle con la Manoli y agradecerle los lotazos que se pegaba con ella cuando no estaba el marío, a ver si tenía suerte y la ponía to tierna y acababa comiéndose un caramelo de carne gaditana, que tenía el antojo y pagando esas cosas dan menos morbo a que te las haga una mujer casada.

Si el agente cero cero siete tenía un descapotable, Antoñín Bueno se había agenciado otro. Claro que no era un astonmarti, ni siquiera un minimil con el techo recortao, sino un motocarro que compró por quinientas pesetas a un gitano del Piojito y al que había hecho unos cuantos arreglos. O todos los arreglos, porque el motor se le cayó na más que intentar subir la cuesta de las Calesas y luego tuvo que apañárelas mangando otro que fuera igual, que hasta el tercero que encontró (en San Fernando, pa que no lo pillaran, era un genio del mal que tenía idea y todo) no pudo decir que el motocarro estuviera a punto. Pintao de celeste, que parecía una barca caletera, más ruido que los motores del vapó del Puerto. Pero le hacía el avío, decía él, y era el primer paso del camino de mil millas, tío más pesao con el camino, las millas y las frases meritorias. Buen tute le daba al motocarro, ganándose la vida transportando fruta o cajas de pescao, colchones de mudanza y muebles que recuperaba de la basura, o recogiendo gente a la puerta del Estadio los días de Trofeo, pa que les diera tiempo de ir a comer a casa y volver y no tuvieran que llevarse el costo entre un partío y otro, o no tuvieran que comerse un bocadillo en la playa, con el relente que hacía algunas noches. No le servía pa lo que suelen servir los coches, o sea, pal fokifoki, que donde esté un seiscientos no puede compararse un motocarro de tres ruedas: una vez que se lo emprestó al Torre, pa que se diera un flete bueno con Angelita la de las cachas bastas, se ve que por el equilibrio mal repartío en una sola rueda delantera el motocarro se volcó y tó, con el consiguiente susto de la Angelita y el desperdicio del condón por el que el cubanito le había cobrao un ojo de la cara. Antoñín le echó luego la bronca, porque le había quedao to la puerta abombá, cojones, hubieras echao el casquete en la parte de atrás. Pero en la parte de atrás, al aire libre, en el mes de marzo, se le hubieran quedao a Angelita las dos cachas congelás, por no decir otra cosa, y allá a la vista de tol mundo, en Cortadura, hubieran sido el pitorreo de los seiscientos aparcaos, que si no lo fueron con la costalá que se pegó el motocarro es porque lo enderezaron en seguida y lograron arrancarlo y najarse de allí antes de que los demás vecinos de lote tuvieran tiempo de sacarla.

Al motocarro subieron, los tres, Antoñín Bueno alias el Cossío, Currito Galiana alias Kid Levante, y Torre, futuro alias U.S. Tagüe, que como los pillaran lo iban a tener en el Diario fási pa rellenar la noticia, con alias y tó, los tres, como en los grandes sucesos internacionales. Antoñín iba al volante, porque Currito no sabía conducir y de Torre no se fiaba, no porque lo fuera a volcar otra vez, que también, sino porque Torre se había sacao el carnet de conducir e la mili, haciendo prácticas con una tanqueta y luego en el barco y no sabía distinguir la mar de la tierra. Lo suyo, lo de Torre, eran las motos, y en lo de las mil viviendas y por la vía del tren le gustaba ir con la Sangla de Pepe el Caramelo o la Bultaco de Serafín Luna dando botes como el Estiv Maquín en La gran evasión, jaleao por la chiquillería del barro, entre los insultos de qué poca vergüenza de las madres y los pitidos de algún policía que aparecía por allí, tarde, al que le daba el esquinazo como quien no quiere la cosa.

Por la cuesta de las Calesas bajaron, despacito, con el motocarro, dejando que el coche del Balneario los adelantara y metiéndose pa la carretera industrial con disimulo. Luego, Torre se bajó, abrió la cancela y, aprovechando que eran las tres y pico y no se veía a nadie, con mucho disimulo Antoñín coló el motocarro en los terrenos de la estación, en las vías muertas, protegidos por las máquinas que estaban allí esperando que las arreglaran o que las vendieran al peso o les tocara la hora de ir a hacer el viaje entre Cadi y Sevilla, y por el otro lao por la valla blanca.

Allí estaba el tesoro. Manda cojone el tesoro, Antoñín, picha: tres o cuatro vagones oxidaos, que parecían sacados de un campo de concentración alemán, que na más que faltaba la gente con la estrella de david bordá en el brazo y dos tiarrones rubios con un perro bistolobo pa que no se escantille nadie. Lo que pasa, claro, es que no había ni un alma: cuatro ratas marrones comiendo vinagreras, y al fondo el sonido de alguna cigarra y algún camión que pasaba. Uno de los vagones era, más que un vagón, una enorme vagoneta: descubierta por arriba, vamos, sin chimenea ni techo que valga. Antoñín marineó hasta lo alto, le pidió a Kid Levante que hiciera lo mismo, y Torre se quedó allá abajo, doblando el cuello.

El primer tornillazo le cayó al lado del pie, que un poco más y lo escoña pa los restos. Pero qué hacéis carajo, le dio por gritar, entre susurros, y antes de que ninguno de los dos le respondiera, clank, otro tornillo al lao. Torre dio un salto patrás, se puso a bien recaudo, y entonces empezaron a llover tornillos del vagón pal suelo. Pero no tornillos así chicos como los que uno usa pa clavar una percha en la pared, qué va, sino tornillos gordos, como un brazo de gordos por lo menos, de metal, los tornillos que se usan pa clavar las vías al travesaño, que antes eran de madera y ahora los estaban poniendo de metal y cemento, que dentro de unos cuantos años seguro que lo terminaban y to y ponían una vía del tren de categoría. Las castas toas de Antoñín Bueno, esto era el tesoro, esta era la fortuna, mangar un puñao de tornillos del vagón y venderlos al peso en Puntales, la madre que lo parió, un tornillo detrás de otro, los dos lanzándolos por la borda del vagón a dos manos, y Torre abajo esquivándolos, que menos mal que se había puesto a cubierto y a la sombra, que de tonto no tenía ni un pelo, y estaba claro que si se ponía a recogerlos él ahora lo iban a dejar baldao pero bien baldao, de agacharse una y otra vez a coger los putos tornillos (pero no había tuercas) y a pique de quedarse en el sitio si le daba uno en tol coco o en las espaldas.

Cuando los otros dos se asomaron, cubiertitos de sudor y de óxido, Torre estaba chuperreteando vinagreras y tirándole pieras a las ratas. Un carajo pa los dos, si pensaban que lo iba a tener todo recogidito, como las migas del desayuno, te quiere ir ya, home. Esperó a que bajaran de lo alto del vagón y entonces, y sólo entonces, entre los tres recogieron el mogollón de tornillos que habían cogido, lo menos doscientos, y los cargaron al motocarro y los cubrieron con una manta.

Eran ya lo menos las seis de la tarde, así que aprovecharon la fresquita y antes de que el guardagujas volviera a hacer la ronda, pusieron el motocarro en marcha y se volvieron por donde habían venido. Previsor, porque ya le había pasado una vez y estaba como una regadera pero no le faltaban luces, Antoñín Bueno no tiró por la cuesta de las Calesas parriba, no fuera a ser que se gripara el motocarro con el peso y la subida, sino que tiró pa la derecha, por la carretera industrial, pasando por delante de los Astilleros que a esta hora, joer, qué ganas, tenía una jartá de actividad y había gente dando martillazos y con los sopletes hacienco chiiii chiiiii poniendo a punto un petrolero que tenían que botar dentro de unas cuantas semanas.

El motocarro se volvió a gripar a la altura de la segunda aguada, cerca del cine Maravillas, donde Kid Levante soñaba combatir un día en alguna velada. Las castas toas de motocarro de los cojones, no había quien lo moviera del sitio, cargao hasta los topes de tornillos gigantes y más caliente que un quinto en Ibiza. Así que tuvieron que dejar a Antoñín intentando arreglarlo y se acercaron a una obra que estaban haciendo por la zona, detrás de los pisos de Molinero, y se mangaron dos vagonetas, Torre y el Kid, y de perdíos al río volvieron a cargar la morterá de tornillos en las vagonetas, y tras mucho discutir y mucho porfiar, convencieron a Antoñín que dejara allí el motocarro, que como viniera la policía les iba a pedir los papeles y les iba a entrar curiosidad por la cantidad de tornillos, y entre los tres, turnándose, fueron empujando las vagonetas hasta que llegaron a Puntales, donde Victoriano el Bizco les pesó el material, no hizo preguntas, se sacó el lápiz de detrás de la oreja e hizo cuentas y dijo ciento y pico kilos de metal, a tanto el kilo, po ahí tenéis mil quinientas pesetas con diez duros.

Se volvieron donde el motocarro y lo empujaron hasta el taller del concuñao del Kid, que dijo que aquello era la tapa del delco y que el motor se había recalentao por no sé qué de las bielas, cien duros lo menos la reparación. Como estaba apalabrao de antemano, descontando el gasoil y la mano de obra, al final se llevaron cuatro billetes de cien cada uno. Ni mucho ni poco, lo que ya sabían, pero que asín, te lo digo, Antoñito de mi arma, asín no nos hacemos nosotros ricos en la vida.



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Comentarios

1
De: Anónimo Fecha: 2010-08-08 16:22

CONTINUARÁ, o lo mismo no?



2
De: RM Fecha: 2010-08-08 17:57

De momento, se acabó la preview :)



3
De: Andrés Fecha: 2010-08-08 20:56

Off Topic
Me encanta la canción Highwayman pero nunca he consegido entender esta estrofa:

Many a young maid lost her baubles to my trade

Agradecería una ayuda de sus habilidades traductoras para atrapar esta ballena blanca. :P



4
De: RM Fecha: 2010-08-08 21:42

Más de una joven doncella perdió sus alhajas por mi oficio

Entendiendo por "alhajas" todo lo que pueda darte el doble sentido.



5
De: Andrés Fecha: 2010-08-08 21:50

Gracias Rafa, de verdad. Era baubles lo que me daba problemas, además tampoco había pensado en la segundas intenciones. De nuevo, gracias.



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