No lo despertó el gallo del patio, porque el gallo estaba en pepitoria desde antié, pero a partir de allá las doce y media el ruido de las palomas, ruur ruur ruur ruur era ya insoportable, como tener una lavadora en la cabeza. Así que a Torre no le quedó más remedio que tirarse dos cuescos, incorporarse en la cama mueble, rascarse los huevos primero y después la cabeza, echar un meo en la escupidera, que no tenía ganas de cruzar descalzo el patinillo, y después de encender un Bisonte se lavó la cara en una palangana, los sobacos y los medios altos y se cambió de calzoncillos y to, y se puso las playeras y el meiba, por si se iba a la playa. Luego se lo pensó mejón y se puso encima del bañador el pantalón americano de campana, y la camisa de flores de manga corta que se le pegaba toa en las papas de los brazos y en la cintura, y hecho un cromo bajó del palomar y se tomó un candié y media rebaná de pan con manteca colorá a la que le echó encima una loncha de mortadela antes de que se pusiera como una zapatilla. El viejo, que estaba a sus cosas, ni le dio los buenos días, entretenío en un chapú que le había salido la tarde antes, las válvulas de una radio de bakelita que daba pena verla, con lo fási que era hoy en día, cojones míos, comprante un transistor de esos chiquetitos y llevártelo con el pinganillo colgao en la oreja y escuchar el carrusel deportivo y los cuarenta principales. Pero el viejo era un manitas, lo que pasa es que por la política no lo contrataba nadie en un puesto de verdad, ni de guardia en el dique ni navalips ni en ninguna parte, cagonlosmengues de la España triunfal, y así tenía que vivir a la pijotá, hoy reparando bicicletas y mañana cargando vagonetas de ladrillos, pese a que era un alfeñique que luego no tenía fuerza pa otra cosa, y menos mal que estaban construyendo casas por tos laos, ni que Cadi se fuera de pronto a convertir en Manhattan.

La verdá es que estaba de puta madre eso de levantarte a la hora que te saliera del nabo, y no tener que hacerlo como hacía tol mundo, un rato antes de que sonara el pito del Astillero y la gente se diera patadas en el culo para fichar a tiempo. Ni hacerlo al son de una corneta, ni ganas, hombre, que bastante putas las había pasado en Cartagena, más de media mili en el calabozo, por chuleta, aunque el tati tarari tati tarari llegaba a todas partes y te despertaba igual, aunque estuvieras a la sombra y a pan y agua. Vamos, que si fuera indio, Torre habría empitonado a mucha honra con la lanza al hijoputa comboi que tocaba a la carga. No hay sonido más desagradable que el de un pito que te llame a levantarte, ya sea el despertador o la sirena, y menos mal que no tenían teléfono, como medio Cadi, ni falta que hacía un teléfono teniendo piernas y habiendo cabinas. La única pega, y hoy otra vez le había pasao, es que al levantarse tan tarde se perdía el capítulo de la novela de Paco Ruiz, detective privado que ponían to las mañanas a eso de las diez en la cadena SER, unas historias así como de misterio pero con mucha risa, casos de andar por casa donde había hasta crímenes y timos aunque to se resolvía con inteligencia, sin violencia ni ná, aunque habría estado fetén, y Torre se ilusionaba pensando algunas veces que él era Paco Ruiz y que cuando se acababa el capítulo se enrollaba con la secretaria, que tenía una voz la mar de bonita y lo llamaba jefe y estaba enamorada en secreto del detective, más o menos como la feúcha aquella del cero cero siete, pero en guapa, faltaba más, que pa eso era española.

Vació la escupidera y la palangana en el patio mismo, espantando a tres gallinas y al gato maricón que ni se las intentaba comer ni ná, le pidió al viejo veinte pavos, el viejo le dio diez, y salió a la calle Marqués de Cropani cuando ya el reloj de San José iría a dar la una. Iría, porque no la daba, porque estaba parao siempre, por las dos caras, siempre apuntando una hora la parte de la torre que daba a cortadura, y a otra la otra cara, la que apuntaba al bar Celta y la cervecería de la otra esquina. Pensando si el viejo no tendría mano pa arreglar la hora del campanario se dio de boca con una familia que pasaba cargada de maletas, un hombre pequeño, una mujer algo rechoncha, una vieja vestida de negro y un chavea de pantalones cortos y gafas de carey. El hombre le consultó, si la calle Marianista Cubillo es esta o la siguiente, y Torre le dijo que la otra, recto pa la playa. Y allá que fueron los cuatro. Emigrantes, lo natural, como que Cadi se estaba convirtiendo en jauja.

Hacía caló, pa ser septiembre, y eso era bueno, porque septiembre, después del Trofeo, era el mes de Cadi por excelencia. Lo tendría que haber sido febrero, claro, por lo del carnaval, pero como el carnaval estaba prohibido y lo que existían era un sucedáneo, las fiestas típicas (que también estaban bien, no te creas), a Torre y a medio Cadi lo que le gustaba era ese mes, cuando ya se habían ido la mayoría de los turistas y la playita se quedaba así como pa la familia, con ese colorcito hermoso del mar, ni azul ni verde, sino de un intenso aguamarina, y se escuchaba el silencio y te daban ganas de quedarte tirao to la mañana y to la tarde, hasta que te entraba hambre y te podías tomar una caballita asá o unas sardinitas a la plancha con tu Cruz Blanca o tu valdepeñitas fresco, con o sin Casera, que era la gaseosa de moda desde que ya el sifón había pasado a mejor vida, pero siempre era mejor la Casera, que no, a la otra que anunciaban por todas partes en plan competencia desleal, la Revoltosa, como la zarzuela. Lo que tiene eso de las marcas, que sale to por duplicao, y en el fondo es to lo mismo. Menos la Mirinda, desde luego, que le daba veinte vueltas a la Fanta, que iba a acabar la Fanta comiéndose una mierda, de lo rica que estaba la Mirinda y lo bien que entraba cuando estaba fresquita.

Mucho Cadi, Cadi, en septiembre. El calorcito justo, las noches más cortas, pero sin el sofoco de agosto ni los mosquitos. Y no vea el gusto que daba ir viendo, de paseíto por la avenida, las obras que se estaban haciendo por todas partes, delante de la playa, por las mil viviendas, los comercios que te ofrecían cosas nuevas: ropa, discos, libros, revistas. Ese pedaso de avenida que ya no tenía el trolebús, con las risas que se había echado Torre poniéndose delante con la moto de Juanillo el Biscotela, cruzándose y descruzándose en la vía, poniendo más nervioso al conductor que cuando era un chavea y se arreginchaba en la parte de atrás de los coches de caballo y siempre había un hijoputa que gritaba al verlo, cochero, látigo atrás, y el cochero mamón, que era de Conil o de Chiclana o de Los Barrios, allá que pegaba un zurriagazo al aire y si te daba te podía saltar un ojo o marcarte de por vida. Una vez, de pura potra, Torre y Manolín el de la Paca pillaron el látigo antes de que restallara, y lo amarraron al pescante, y el cochero mamón se las vio en figurillas pa no dar la voltereta y pegarse un bocazo contra el empedrao de la avenida. A Torre no le había alcanzado nunca el latigazo, pero a Juan Carlo y a Pepito Tomás sí, y los dos tenían todavía marcada una cicatriz: Juan Carlo en el cuello, Pepito Tomás en to la espalda, y una mella gorda en to la boca, pero no por culpa del cochero mamón, sino de su padre, que era gallego y le dio una hostia cuando se enteró que le saltó dos dientes y acabó en la prevención, por agresión al niño, que lo vio un guardia aunque luego entró por una puerta y salió por la otra, que pa to hay que tener contactos y no hay delito que no te puedas quitar de encima regalando luego una cajita de gambas o un buen pulpo con cachelos, que son pura gloria.

En la frutería de la esquina se mangó dos peros, pa cuando se sentara allí en las Puertas a ver pasar los coches. La Manoli, la mujer del frutero, lo vio y le echó la bronca, como siempre con la boca chica, y el Torre le tiró un beso furtivo y se tocó con disimulo los huevos, y ella se llevó una mano al escote, como haciéndose la tonta, pero luego no se hacía la tonta en la casapuerta cuando se pegaban el lote padre, ni cuando el frutero iba a recoger el material con la furgoneta y le abría la puerta de la casa, la del frigorífico y sobre todo las piernas. Estaba bien la Manoli, pa la edad que tenía, treinta y tres años, casi doce más que Torre, pero daba gusto encontrar a una mujer moderna que no fuera una estrecha y que después le pagara algún que otro vicio: el tabaquito, la copita, un polo que le regalaba porque lo había visto en el Piojito el lunes y pensaba que le vendría bien, o unos tenis, y hasta un chemilacos de Benito del Moral, que ahí sí que se tenía que haber gastado una pasta. Lo malo es que era demasiado posesiva, la Manoli, y no se daba cuenta de que Torre no se iba a dejar atrapar por nadie, y menos que por nadie por una mujer casada, madurita interesante o no, le hiciera o no le hiciera aquella cosa que tanto gustito daba, las pajas rusas o las pajas cubanas, que ya hay que estar tarao pa discutir quién las inventó, si allá en la estepa o cortando caña. La Manoli, además, tenía un problema gordo, y es que todo con ella tenía que ser en secreto, de estranguis, sin que la viera ni el marío ni las vecinas, que eran todas unas criticonas y más en un sitio como los Chinchorros, y como a Torre lo que le gustaba más que un mete y saca era su ratito luego de tertulia, su cigarrito, su vámonos que nos vamos pal segundo asalto, aquello de soltar la morterá, subirte los pantalones y echar a correr era un coñazo, de verdad, que lo que se apetecía muchas veces después del coito era dar una cabezadita y no salir por patas.

Y además, que a él lo que le gustaba también era ir al cine, a la última, cuando había poca gente, con un guayabo de su edad, que eran más modernas aunque curiosamente también más estrechas, y darse un lotazo de impresión mientras el Clint Istwood se mataba a todo lo matable o Santo el enmascarado de plata y Blue Demon se liaban a dar hostias con la mano abierta mientras él veía el cielo con lo que le hacían con la mano cerrada. Y además, que estaba viendo que algún día iba a tener un disgusto con Bernabé el frutero, que era gordo y fuerte y peludo y de Alcalá, aunque seguro que no tenía ni media guantá, pero no fuera a ser que se le fuera la mano, a Torre, que de vez en cuando le entraba la picá, y fueran a tener una desgracia por un quítame allá un meneo de esas dos tetas.

Se mangó el Marca en el puesto de Loli, que estaba la mujer muy apurada colocando trocitos de ladrillo encima de los tebeos y de las revistas pa que no volaran con la levantera, y le pidió fuego a un gachó con pinta de abogado que no se dio cuenta de que mientras se buscaba el encendedor Torre le buscaba la cartera. Se tomó una cañita en el Bar Americano mientras hacía tiempo, más que ná porque estaba allí en la barra Luis Trechera, el pintor de coches, que estaría de permiso y lo invitaba siempre, y luego se sentó en el poyete delante de las Puertas, junto la guardería, donde no soplaba mucho el aire, y se puso a repasar el Marca, aunque ahora que lo pensaba a él le gustaba más el As, que tenía una tía pechugona en la penúltima página, y allá al filo de las dos y pico, con la melena al aire y las gafitas de John Lennon, llegó al encuentro Antoñín Bueno y su colega del bigote de Frank Zappa, Currito Galiana, que quería ser boxeador, el gilipollas, como Kid Betún, pero como era de Cadi y no era limpiabotas se quería llamar, lo tenía previsto ya, Kid Levante. Menudo carajote, lo que hace la gente por no doblarla.


(CONTINUARÁ, o lo mismo no)

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Comentarios

1
De: TFC Fecha: 2010-08-03 00:04

¡Estupenda! ¡Sigue así! Pero no me aclaro sobre cuándo se desarrolla la historia.



2
De: RM Fecha: 2010-08-03 00:39

Capítulos alternos. Los impares, en la actualidad. Los pares, hacia 1970, a manera de flashback o "año uno" de Torre, que no recuerda nada de eso.



3
De: RM Fecha: 2010-08-04 22:51

septiembre de 1968 a marzo de 1970, el flashback.



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