La historieta nace al socaire del periodismo y, contemporánea del cine y heredera de la literatura “pulp”, no duda en recuperar los elementos narrativos de una y los hallazgos del otro para engrandecer sus propios recursos.

Pero la historieta ha sido y es, tradicionalmente, un medio menospreciado. De manera injusta, se la arrincona al lector infantil y se la lastra con censuras, consejos edificantes, moralinas de andar por casa. Mientras que la literatura pulp no tiene empacho en mostrar elementos perturbadores en sus historias de acción, y el cine estiliza poco a poco sus propuestas y crea ese subgénero que luego hemos conocido como “cine negro”, la historieta sólo puede, durante muchos años, consagrarse al escapismo, a enaltecer unas virtudes y a jugar, en todo caso, a repetir de manera muy light los esquemas que se están produciendo en otros medios. A pesar de sus 110 años de vida, la historieta nunca termina de despegar como arte adulto, y cuantas veces ha intentado quitarse de encima el sambenito de la subcultura y el infantilismo ha sido para regresar tristemente a la casilla de salida.

Esto se nota, especialmente, en la manera en que el cómic aborda el género policial. Mientras en los pulps, la novela o el cine se puede muy pronto poner en solfa el sistema establecido y no faltan historias donde la policía es corrupta o donde el triunfador es el criminal o el asesino, la historieta tarda muchas décadas en adoptar un punto de vista diferente. Los viejos seriales cinematográficos de La Sombra, con la voz de Orson Welles, repetían en cada episodio la siguiente cantinela: “La semilla del crimen da frutos amargos. El crimen no paga”, en traducción cuanto menos dudosa que hay que interpretar como que el crimen no merece la pena.

Esta idea del crimen como algo que tarde o temprano se volverá contra quien lo comete, la convicción de que el imperio de la ley siempre podrá con el mundo subterráneo del hampa y sus maniobras, se reproduce en gran parte de los cómics de todos los tiempos. Dados con frecuencia a la caricatura y el estereotipo, no será extraño en la historieta ver cómo los personajes que están del lado de la ley son altos y atractivos (ocasionalmente rubios), mientras que los que se decantan por el otro camino (el mal camino) están llenos de taras físicas que sirven como espejo de sus retorcidas psiques.

El primer título del cómic policial, Dick Tracy, creado por Chester Gould en 1931 para el ultraconservador Chicago Tribune, ejemplifica a la perfección esta idea. Gould, dibujante de trato rotundo y semicaricaturesco (y sin embargo magnífico narrador, pese a su limitada capacidad artística) enfrenta a su personaje central, el sabueso Dick Tracy, contra toda una plétora de enemigos de nombres deliciosamente naïf y físicos desproporcionados y repulsivos: The Mole o Rhodent (con cara de roedor), Haf-and-haf, con su rostro semidestrozado; Flattop, con su cabeza plana; Pruneface, con su cara de pasa, o The Blank, un asesino sin rostro.

Las historias de Dick Tracy siempre enfrentan el personaje central (de nariz aguileña y cuadrado mentón, tampoco un canon de belleza él mismo) contra estos asesinos despiadados. Cada episodio, de variada extensión, nos mostrará los asesinatos, robos, torturas, chanchullos y crímenes de los malvados, y, a partir de cierto punto, la caza del hombre inexorable y casi despiadada que Tracy y su grupo de policías emprenden contra ellos. Por regla general, esta caza acaba con la muerte ejemplarizante del villano, en la estela de aquella portentosa escena final de El enemigo público: “¡La cima del mundo!”.

Dick Tracy impone un estilo de historieta policial que tardará muchas décadas en iniciar otros derroteros. Sus más inmediatos imitadores, X-9 Agente Secreto y Red Barry continúan la estela de policías recios y villanos convenientemente planos. Se da la circunstancia de que Red Barry acabó siendo clausurada por el excesivo contenido violento de sus historias... violencia a la que no escapaba el propio personaje protagonista. X-9, guionizada en sus principios por Dashiell Hammett, supone la extrapolación al mundo de la historieta del mismo personaje del agente de la Continental que había explorado en sus novelas: un agente secreto duro y despiadado capaz de enfrentarse ametrallador en ristre a legiones y legiones de gangsters, ninguno de los cuales tendrá matices psicológicos ni motivaciones para su conducta. Es significativo que con el paso de las décadas esta serie fuera adquiriendo matices realistas y su personaje consiguiera por fin un nombre y un apellido propios: Phil Corrigan, pues durante mucho tiempo sólo sería conocido como X-9.

El crimen en los medios de comunicación de masas de la cultura pop, durante mucho tiempo, tuvo un color definido: el amarillo. El miedo a lo oriental, que explosionaría con la llegada más o menos inesperada de Pearl Harbor, había tenido en los pulps, el cine, la radio y los tebeos su máximo exponente en Fu Manchú, el peligro amarillo tan imitado en otras partes, incluyendo la ciencia ficción de Flash Gordon, donde se convierte en el emperador Ming el Cruel. Sin embargo, también se produce la reacción adversa, y al criminal oriental se opone el detective oriental, ejemplificado en Charlie Chan, sus muchos hijos y sus máximas filosóficas.

Hay que destacar las historietas de The Spirit, de Will Eisner, un cómic en apariencia policial que no hace ascos a las percepciones del terror (Spirit, como su propio nombre indica, es un asesor de la policía dado por muerto y “resucitado” para quedar libre de trabas legales e imponer la ley). Los enemigos de Spirit son hombrecillos ridículos, hampones del tres al cuarto, gente miserable y normalmente con mala pata y pocos escrúpulos. Pero, rizando el rizo y sobre todo a partir de la vuelta a casa tras la Segunda Guerra Mundial, no es extraño ver en el criminal al soldado que regresa y ha perdido en su ciudad lo que luchó por conseguir en el frente, por lo que el asesinato y el crimen son lo único que le queda: los experimentos narrativos de esta serie hacen que, por ejemplo, este episodio concreto esté contado desde dentro de la cabeza del futuro asesino, y que las viñetas sean lo que ven sus ojos, en un curioso experimento de cámara subjetiva. The Spirit explora también, dentro de los parámetros del cine negro, el tema de la femme fatale, mujeres de moral desviada y cuerpos de ensueño que no dudan en usar sus capacidades físicas para conseguir sus caprichos. En sus enfrentamientos con el héroe, y en la tensión sexual que se produce entre ellos, radica buena parte del juego escénico.

Mientras, la sofisticación se hace dueña de una serie también nacida tras la Segunda Guerra Mundial, Rip Kirby, donde se dan cita toda una serie de elementos criminales que van desde los bajos fondos a las capas altas de la sociedad (es la primera tira que menciona el problema de la homosexualidad o las drogas, si bien de manera muy subrepticia), y donde no faltan mujeres fatales reconvertidas a estrellas de cine (Pagan Lee/Madelon), el villano por excelencia de Kirby, convenientemente detenido al final de cada episodio y/o dado por muerto o fugado de diferentes presidios, es Mangler el triturador: naturalmente, se trata de un individuo amoral… y marcado.

En los años cincuenta la juventud empieza a desconfiar del sistema y aparecen, junto con los cómics de monstruos, los cómics dedicados a lo criminal. De la mano de EC Comics, el concepto del “héroe” o el “personaje fijo” desaparece (como no podía ser de otro modo en historias cortas de ocho o diez páginas), y los argumentos giran siempre en torno a asesinatos truculentos, robos, extorsiones, envenenamientos o planes para deshacerse de cadáveres. Ni se glorifica ni se ensalza al asesino, dejando el devenir de la historia en manos de algo tan peligroso como el azar. La palabra “Crime” aparece ostentosamente en los títulos de cada revista. El resultado es, visto desde hoy, el previsible: la censura, la clausura de la empresa editorial, la prohibición de publicar cómics con la palabra “Crime” en la portada, y la promulgación de unas castrantes medidas de auto-censura, el Comics Code Authority.

En Argentina, donde la historieta adquiere, ya en los años cincuenta, un envidiable poder adulto y hasta poético, la serie Mort Cinder presenta, por un lado, a un criminal ajusticiado y resucitado (nunca sabremos por qué), que tras enfrentarse en su primera y larga historia al inevitable científico loco y sus comparsas de ojos de plomo, inicia luego una serie de historias más cortas donde Mort, a la manera de El peregrino de las estrellas de Jack London, cuenta historias de vidas anteriores. De estas, destacan las dos historias de la penitenciaría, donde los autores (Alberto Breccia y H. G. Oesterheld, este último, el guionista, desaparecido durante el golpe militar en Argentina) se centran en los personajes criminales que esperan la silla eléctrica o la cadena perpetua en un ambiente opresivo donde los blancos y negros de los barrotes se confunden con los blancos y negros de los uniformes carcelarios de los reclusos. No hay buenos ni malos en esta historia, o en todo casa hay niveles dentro de la maldad, la primera vez que la historieta se mete dentro de una cárcel para contar las vidas y las leyes al margen de las leyes de un mundo encerrado en sí mismo, y donde la libertad será una alucinación que llevará a ensoñaciones de mariposas y playas perdidas o al encuentro con la misma muerte.

Es en Europa, y ya en los años sesenta, cuando se produce el vuelco y la historieta da de lado a la ley y lo detectivesco para centrarse en los personajes criminales. Especialmente en Italia, donde el género giallo adquiere unas características especiales que lo emparentan con el gore y la pornografía al uso, se crea una especie de corriente subcultural donde es el asesino y el delincuente el que atrae el fervor de las masas. En la estela de lo que había sido medio siglo antes Fantomas, dos hermanas solteras italianas crean a Diabolik, a caballo entre el hombre de las mil caras y el supervillano, capaz de todo tipo de golpes, enmascaramientos, asesinatos y tropelías, sin que existan en sus historias (excelentes en sus planteamientos sorpresivos, por otra parte) ningún atisbo de moralidad. Diabolik es malvado per se, sin justificaciones ni miramientos. Sólo le mueve la pasión por el robo y el amor cuasi angelical hacia su esposa Eva, una villana tan sin escrúpulos como él mismo. Dice también mucho de la evolución de los medios que Diabolik, además de haber sido llevado al cine en una interesante película de Mario Bava, sea hoy una serie de televisión... ¡de dibujos animados.

Siempre al socaire de lo que se produce en otros medios, hay una evolución lenta pero imparable que va asimilando poco a poco a héroes y villanos. Lo mismo que los héroes se convierten en anti-héroes y adoptan actitudes morales discutibles (y humanas), los criminales y malvados se llenan de matices. Es el caso de series como Alack Sinner, de los argentinos Muñoz y Sampayo, protagonizada por un detective en el Nueva York contemporáneo y cuyo nombre podríamos traducir muy libremente como “Ay, pecador”. El periplo vital de Sinner lo llevará a poner en solfa el tratamiento de la ley y el orden, solidarizarse con delincuentes y drogadictos y, al final, renunciar al trabajo detectivesco para dedicarse al oficio mucho más prosaico de taxista. Pese al acusado contraste en blanco y negro y la deriva hacia la caricatura, Alack Sinner muestra una sociedad llena de matices.

El otro gran personaje es Torpedo 1936, de Sánchez Abulí y Bernet, las divertidas aventuras de un “torpedo” (es decir, un asesino a sueldo de la mafia) en los Estados Unidos inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Torpedo y su compinche son dos asesinos despiadados, amorales, sin escrúpulos, que no dudan en matar, violar, robar y, cuando se tercia, hacer divertidos chistes y juegos de palabras intraducibles. Es el triunfo de la mente criminal de andar por casa sobre los convencionalismos de la historieta, una visión cínica y sarcástica del género negro que busca por igual escandalizar y provocar la carcajada de quienes entran al juego escénico. Es sintomático que el primer dibujante de la serie, el gran autor americano Alex Toth, saliera escopetado del título tras dibujar sólo dos episodios, asustado y enfadado por la visión que de su país y sus iconos ofrecía el guionista. Toth parecía defender que la historieta tuviera una visión moralista, mientras que Sánchez Abulí había superado ya esa lacra infantilizante.

Como mito, como enigma, como misterio, Jack el Destripador sigue siendo un libro abierto, y nunca sabremos quién fue en realidad, ni si sus asesinatos nocturnos obedecían a una lógica que se nos escapa o si, por el contrario, seguían la ilógica de una mente particularmente enferma. En From Hell, el gran guionista Alan Moore, fielmente auxiliado por un eficaz Eddie Campbell que rememora en su estilo las viejas ilustraciones de los periódicos sensacionalistas del momento, entrega en esta inconmensurable novela-río (quizás el punto culminante de la historieta de fin de siglo) años enteros de investigación sobre el tema, y hace alarde en su exposición de una ingeniosísima capacidad de puesta en escena, de análisis psicológico de unos personajes y sociológico de toda una época que está justito allá debajo de la nuestra.

La tesis de Moore respecto a la autoría de los crímenes, y respecto a sus motivaciones, no es original (y recuérdese Asesinato por decreto): para esta historia, y siempre según sus investigaciones (concienzudamente comentadas en notas posteriores a la historieta), el Destripador fue el doctor Gull, médico de la reina, masón, hombre de dos caras (como la sociedad en la que vivía), y fiel devoto seguidor de las órdenes que se le dan: eliminar los frutos del amor prohibido entre un miembro de la casa real británica y una simple prostituta. Pero lo que hacen Moore y Campbell es realizar una vivisección audaz sobre los mecanismos de defensa de una sociedad enferma y, al mismo tiempo, sobre una mente que progresivamente se va hundiendo en la locura. Eso permite a Moore enlazar su investigación con grupos de iluminados, con la aparición de un juvenil Aleister Crowley, con explicaciones misticistas y puro new age sobre la simbología oculta en el trazado de las calles y los edificios londinenses, la cábala y las logias. De ahí a dar el salto y enlazar este primer asesino en serie conocido con el nacimiento de Adolf Hitler, con los otros asesinos en serie que vinieron luego, no hay más que un paso: en la explicación de quién fue Jack está la explicación de quiénes hemos aprendido luego que somos nosotros. Insuperable el momento en que, en pleno delirio, el Destripador sale a la calle y ve los edificios del Londres moderno, una especie de salto en el tiempo o de recuerdo del futuro que, según parece, hasta tiene su explicación o al menos su relato en las declaraciones de algún testigo contemporáneo.

Es quizás el tebeo más realista de todos cuantos ha hecho Alan Moore, y el tebeo más realista de todos cuantos se hayan hecho, en tanto cada viñeta, cada comentario, cada explicación y cada personaje histórico invitado tienen su investigación detrás, su comprobación histórica. Alan Moore no duda en apuntar a la propia reina Victoria como instigadora no sólo de los crímenes de Jack el Destripador, sino de todos los crímenes y toda la situación política de su tiempo… y del nuestro.

También a Alan Moore debemos una historieta de ambiente revolucionario, V de Vendetta, donde un estado fascista totalitario inglés, con reminiscencias del 1984 de George Orwell, donde el protagonista, un recluso político fugado y trastornado que se escuda en una máscara de papier maché con el motivo de Guy Fawkes, es presentado desde el primer capítulo como “El villano”. Es un tebeo cruel donde cuesta trabajo asimilar que V sea un héroe pues su papel de víctima en un campo de concentración y la -aparente- absorción de superpoderes mentales lo transforman en una máquina imparable, un paladín enfrentado en un principio a la sociedad totalitaria que ha hecho de él un monstruo inteligente y vengativo, pero también en un anti-mesías, un iluminado que acusa al hombre de la calle de permitir la instauración de la hecatombe y al que amenaza con eliminar si no consigue promover un cambio. V no tendrá reparos, lo descubriremos poco a poco, en matar y matar a sangre fría, llegando incluso a la tortura física y psicológica de su pupila Evey, porque sabe que sin dolor y trauma no es posible el cambio.

Tarda mucho, la historieta, en desprenderse del héroe como personaje acumulador y positivo, fruto de las trabas y restricciones a las que los editores obligan, dado el público al que en teoría los cómics han ido tradicionalmente dirigidos. Es ahora, más de un siglo después de sus comienzos, cuando ya la historieta puede centrarse, y centrarse a gusto, en personajes de catadura moral cuanto menos dudosa, y la línea que, desde los años setenta del siglo pasado hasta nuestros días, ha ido separando al antihéroe del héroe ha acabado por acercar directamente al protagonista de los cómics al criminal y el villano. Justo ahora empieza a redondearse el círculo que une de nuevo a cine, novela negra y cómic. Títulos como Sin City, 100 balas, Gotham Central, Criminal, Sleeper o Monster nos demuestran que la alianza entre la cultura de lo criminal y la historieta todavía tiene que ofrecer lo mejor de sí misma en el futuro.

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Comentarios

1
De: RM Fecha: 2009-09-09 22:31

El artículo que acompañó a la ponencia, necesariamente informativa, de las jornadas de Arte y Crimen de la Universidad de Cádiz y la Diputación Provincial hace un par de años.



2
De: P.J. Cifuentes Fecha: 2009-09-09 23:36

Bufff! Mejorando lo presente -harto complicado- seguro que motivaste un turno de preguntas antológico



3
De: salvador Fecha: 2009-09-10 09:11

esto me recuerda que me perdí la charla de superheroes que diste en Mataró, hace 3-4 años en las jornadas de CF.
Lástima no poder asistir.



4
De: RM Fecha: 2009-09-11 20:00

¿Qué pasa, capullo integral, que sólo te deja mami el ordenador los viernes, cuando se va al trabajo en el meublé?

No me sale de los cojones corregir la errata: Yo soy yo y mis equivocaciones, mendrugo.

No vuelvas, anda, sigue buscando aquellos seis tebeos que Moore hizo antes de Watchmen.




5
De: Hasta los huevos del troll Fecha: 2009-09-12 01:10

Rafa, este nota es maricón, seguro.



6
De: bill finger Fecha: 2009-09-12 11:07

Off-topic total, aunque quizás no sea el mejor momento...

Sr. Marín: ¿tiene algún escrito sobre Doc Savage? De ser así, agradecería el link.



7
De: RM Fecha: 2009-09-12 11:14

Creo que no. Hay una referencia a las revistas de los comics setenteros en el mes de julio.



8
De: bill finger Fecha: 2009-09-12 12:44

Gracias.

Mi única exposición al personaje son los dos primeros números del comic-book en color de Marvel, los cuales tengo desde cani y que me chiflan. ¡¡Ross Andru!!

Eso y un team-up con La Sombra editado a principios de los noventa por D.C. ¡¡Eduardo Barreto!!

Pero pulps, ninguno. Y tenía curiosidad por si valían la pena.



9
De: RM Fecha: 2009-09-12 13:07

yo traduje la última novela, La araña roja.

Hoy es imposible leer los pulps.

La versión Marvel, sobre todo la de los magazines en blanco y negro con Buscema y de Zuniga, es espectacular.



10
De: Ojo de Halcón Fecha: 2009-09-14 11:01

Rafa, con esto de ser friky por hacer cualquier cosa un poco fuera de lo normal, empiezo a echar de menos cuando te llamaban "infantil" al leer tebeos...

Quien lo iba a decir, con lo que odiaba yo eso.



11
De: P.J. Cifuentes Fecha: 2009-09-14 11:17

Esto... Como llevaba un fin de semana sin acercarme por aquí, no se si tu encendida réplica se debe a un comentario que has suprimido con buen tino o a mi propia contribución.
En todo caso, a mi este artículo me parece estupendo... tanto que se hace corto, así que por ese motivo comentaba lo del turno de preguntas, que debió ser muy enriquecedor también.
Y sorry por este aparente alarde de narcisismo, pero quiero dejar las cosas claras, je je.



12
De: RM Fecha: 2009-09-14 12:22

Claro, Pedro, son respuestas a un troll cobarde que se ha pasado tres pueblos



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