Sin que se diera cuenta casi nadie (al menos en nuestro país, que en cuestión de tebeos y otras artes lleva los últimos treinta años mirando para el otro lado), el belga Jean Van Hamme se ha convertido en el guionista de cómics que mejor ha dado forma y volumen a la historieta europea contemporánea, sucesor y heredero de otros monstruos de la bande dessinée como Jean-Michel Charlier, Goscinny o Greg. El autor de Thorgal, XIII, Historia sin héroes o Largo Winch no centra únicamente su vasta producción en series de muchos álbumes continuados, ni se ciñe sólo al cómic como medio narrativo: también ha escrito novelas y guiones televisivos (y su profesión primera fue la de economista e ingeniero, nada menos).

S.O.S. Felicidad iba a ser precisamente eso, un guión para una serie que nunca fue llevado a la pequeña pantalla y que su autor rescató felizmente para, de la mano del dibujante Griffo (pseudónimo de Werner Goelen) entregar una historieta innovadora, sarcástica y comprometida políticamente, una anti-utopía muy televisiva (referentes como El prisionero o La cabina nos vienen inmediatamente a la memoria) que participa de elementos kafkianos y donde la sombra de Bradbury planea, quizá en falso, durante buena parte de los tres álbumes que componen esta obra maestra.

Es ciencia-ficción conceptual, una abstracción de lo absurdo del ahora, similar a lo que quizá en España y en los años sesenta-setenta pudiera haber sido nuestro santo y seña, como lectores y autores de ciencia-ficción, en tanto la censura y el sistema que sufríamos se parecen mucho a la censura y el sistema de este mundo que Van Hamme presenta, y la generación de escritores y guionistas de entonces estaba en clara sintonía con esta forma de escribir y denunciar los hechos... aunque, claro, sin la capacidad de llevar, como se hace aquí, la historia a su consecuencia... ¿lógica?

Entre la pesadilla y la vida cotidiana, si no son la misma cosa, Van Hamme y Griffo nos muestran un mundo demasiado parecido al nuestro, donde el paro impera y la contaminación emponzoña, donde las multinacionales no tienen rostro ni las empresas función conocida, donde los presidentes usan dobles de buen corazón y la seguridad social controla de manera expeditiva el consumo de alimentos con colesterol y evita el intercambio de gérmenes que pueda provocar un beso, donde las vacaciones son forzosas y a centros de recreo que más parecen gulags, donde un hombre sin su carnet universal no es nadie, donde la planificación familiar fuerza a los niños clandestinos a vivir en catacumbas y los escritores se clasifican bajo la protección del estado y pierden su libertad y su sueldo cuando no están dispuestos a perder su alma. Todo, claro, bajo el apelativo formal de democracia.

Los tres álbumes muestran de manera casi independiente estos sucesos, las historias particulares de ciudadanos anónimos o de grandes hombres de las corporaciones enfrentados al veneno mismo que ellos inoculan, pero el gran hallazgo de la serie se produce en el nudo y desenlace de la entrega final, cuando la investigación policial del comisario Louis Carelli une todas estas historias y las hace desembocar en un grito revolucionario de rebeldía contra un sistema que no funciona... ¿o sí?

Ni los lectores, ni Carelli, convertido en mártir-Oswald de una causa que a su pesar desenmascara, podían imaginar que la visión de Van Hamme y Griffo iba más lejos que sus sueños de libertad, rizando el rizo del absurdo que es nuestra vida, porque el sistema totalitario donde los personajes sobreviven, donde nosotros nos reflejamos, tiene previsto un botón de reseteo más allá de nuestros deseos de hacer borrón y cuenta nueva. O, dicho de otra forma, la revolución cobra un sentido terrible y desesperanzador cuando ya ha sido planificada por ese mismo sistema, desde arriba y para siempre.

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Comentarios

1
De: Cradle_of_Freak Fecha: 2009-08-27 11:35

Lo he leído y me ha encantado sin paliativos. Excelente reflexión política y social. La revelación final es de esas que te dejan un nudo en la garganta. Si acaso tuviera que poner una pega, que se me ha quedado corto (aunque eso me pasa con todo lo que me gusta), pero está todo tan bien llevado y tan bien medido que es más bien cosa mía, antes que verdadero defecto de la obra. Brillante.



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