Tengo que presentar el martes, a las ocho, en la Asociación de la Prensa de la calle Ancha de Cádiz (y antes me pasaré por la librería Manuel de Falla, esa que tiene un librero de verdad, a recoger mi Don Juan de Lord Byron, que llevo años buscándolo), la última novela de mi admirado José Manuel Benítez Ariza, cuyo blog (o cuyo diario en la red) leo con fe religiosa todos los días.

Voy a hacer la presentación no por obligación, como quizá haya hecho alguna en el pasado, sino con placer y deleite. Primero, porque admiro mucho cómo escribe José Manuel, y porque es uno de esos tres o cuatro grandes, grandísimos escritores que conozco (otro es, por ejemplo, Manolo Ruiz Torres) que está confinado a la división invisible del mundo editorial (lo que José María Conget llama "worst sellers", cuya lista encabeza), y que sin embargo tiene más calidad literaria y más inteligencia en cada línea que muchos de los llamados escritores de éxito, no sólo comercial, sino intelectual.

Quiero improvisar la presentación: no me gusta leer de un folio preparado de antemano, me molesta incluso que lo hagan cuando soy yo el presentado. A fin de cuentas, por mi oficio de día, tengo que saber llenar una hora con palabras, y me molesta mucho dictar apuntes.

Así que les voy a hablar aquí, como haré allí, si acaso, de las tres o cuatro ideas que me sugieren esta novela, Vacaciones de invierno, breve y preciosa como una joya, que he devorado en un par de días, siendo injusto con el autor, que ha tardado sus buenos años en escribirla.

Es un libro, lo comenté brevemente en un post anterior, donde lo importante no es lo que sucede, sino la maravilla de la música de las palabras. Una anécdota fugaz, posiblemente autobiográfica, le vale a Benítez Ariza para desgranar eso que vengo leyendo en su bitácora y en sus otros libros: una serena y puntillista visión de la realidad, el gusto por el detalle y, aún más, por la expresión justa y necesaria (y bella) para contarlo.

Un niño se ha partido la mandíbula en un accidente de bici y el libro nos relata, en primera persona que no se identifica, su estancia en un hospital que tampoco cuesta mucho trabajo identificar como el Hospital de Mora de Cádiz. La novela es un recuerdo, pero no hay sitio en ella para la nostalgia. Benítez Ariza se convierte en testigo de una época y unas costumbres por las que todos hemos pasado. Se centra en la infancia y es capaz, sin forzar la máquina, de contarnos el caso desde los ojos del niño y de dejar la reflexión al adulto que hoy somos.

El libro es, en cierto modo, una propia alegoría de la literatura, de lo es para muchos de nosotros la literatura: la capacidad de explicarnos el mundo con la palabra. No hay momento en el tiempo en que uno busque más respuestas a la vida que cuando es niño y, después, que cuando escribe. El niño de la mandibula rota, algo rarito en sí, aislado, en ese mundo tenebroso de los hospitales antiguos, quiere comprender lo que le rodea y no es capaz de hacerlo, pero da las pistas suficientes, en su relato, para que los lectores que antaño fuimos ese niño, los hermanos o primos o parientes de ese niño, los desconocidos que vivimos vidas parecidas a las de ese niño, supiéramos o no montar en bicicleta (como es mi caso, mismamente) tendamos ese puente imprescindible que nos permita identificar con nuestras experiencias esta breve peripecia.

Las largas horas de aburrimiento y silencio, la vejación de los pijamas y la huida a los momentos de juego y travesura, el misterio de la segunda cadena de televisión que entonces (hablamos de la primera mitad de los años setenta) nos parecía algo asombroso y ajeno, los olores y sabores del mundo de los adultos, sus triquiñuelas, sus problemas, ese camino incipiente hacia una adolescencia y una tensión de cuerpos que el niño de la mandíbula rota no entiende todavía, aunque se asoma a verlo, todo se nos cuenta con el reposo necesario, con un estilo perfectamente medido, con la música precisa de unas palabras que de pronto, y eso es lo que más me encandila de esta obra, nos recuperan expresiones o realidades que el paso inexorable de la historia ha dejado atrás, quizá para nuestro bien.

Me pregunto si algún día nuestros hijos escribirán de nosotros con esa reverencia y esa sensación de incógnita con las que José Manuel escribe del mundo de sus/nuestros padres, el mundo de la tasca y los juegos de cartas, de las copas de coñac y las mujeres prietas y las madres melindrosas, de los médicos subidos al pedestal de su carrera y las viejas locas que se escapan de los hospitales sólo para ser detenidas por taxistas.

En una época en que los niños hiperactivos se creían poseídos por el diablo, y ya existía un lumpen amenazante a la sensibilidad naciente del niño de la mandíbula rota, hay que agradecer a Benítez Ariza que recupere ese tiempo que fuimos, y lo haga regalándonos la partitura exquisita de su prosa poética, la sabiduría de su mirada.

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