Me envía Juanjo Téllez el texto de su presentación del otro día, y no puedo resistir la tentación de incluirlo aquí. Por pudor, quito la parte dedicada a mi biobliografía, y lo dejo en lo referido al colectivo y el libro en cuestión.

RAFAEL MARÍN REGRESA A THULE.

Desde muy niños, supimos que nuestro número mágico era el tres. Nuestro imaginario se correspondía a aquellas fabulosas triadas que Víctor Mora ingenió para tebeos invencibles: Rafael Marín, Juan Andrés Mateos y yo mismo, cuando dábamos las primeras boqueadas de eso que algunos llaman juventud, éramos un trasunto del Capitán Trueno, Goliath y Crispín, o del Jabato, Taurus o Fideo de Mileto, o del Corsario de Hierro, Mac Meck y el mago Merlini. El galán, el fuerte, el gracioso. De mayor, nosotros queríamos ser como ellos, pero no teníamos claro cuál iba a ser, ni entonces ni ahora, nuestro papel respectivo.

En aquellos cuadernos apaisados, bajo los trazos expresionistas del dibujante Ambrós, descubrimos el significado de la palabra utopía: nosotros, desde entonces, la llamamos Thule, aquel país de los hielos a donde llegaban los drakkar de la esperanza de que otro mundo era posible. Me refiero, claro, a aquellos bajeles con mascarón de cabeza de dragón, a bordo de los que el pueblo vikingo buscó la sabiduría de los dioses y la belleza de las valkirias. Pero también hablo de aquel globo anacrónico que sobrevolaba la rutina para hacernos llegar a las antípodas de nuestro propio universo cotidiano, lleno de gritos y susurros, de muertes de posguerra y familias llegadas de pueblos con miedo, una realidad propia de “Cuéntame”, cuando todas las camisas eran ike y todos los pantalones, de tergal. Thule era un confín donde las mujeres podían reinar y donde un consejo de ancianos, según el comunista Victor Mora, era lo que más se parecía a una república, pero no tanto como para que la censura se percatase de que aquellos héroes se pasaban el tiempo deponiendo a tiranos. No faltaba mucho como para que nos familiarizáramos con Thor casi tanto o más como con María Auxiliadora.

De clase baja y sueños altos, hijos de la tecnocracia, habíamos crecido en los 60, una década llena de buenos deseos pero rica en malas intenciones. Cambiamos las alpargatas por los zapatos gorilas, las cartillas de racionamiento por el tulipán y los danones, la radio con el paño de cretona por la televisión en blanco y negro que nos llevaba cada tarde a la ponderosa y cada noche del sábado nos hacía sospechar que los marcianos estaban invadiendo la tierra con su dedo meñique extrañamente estirado. Nuestros padres se empeñaron en que supiéramos inglés porque ignoraban que esa es una lengua que no termina nunca de aprenderse. Y las becas del PIO ensayaron un paripé de enseñanza gratuita que no lo sería realmente hasta que la democracia la hizo obligatoria. Crecimos bajo una banda sonora sentimental en la que lo mismo cabían Los Beatles que los Brincos, la radio de Rota y las radionovelas, entre sesiones dobles de cines con olor a zotal y los guateques de nuestros hermanos mayores, ricos en pastillas de lecha de burra y en hebras de plátano alucinógenas.

Vivíamos, entonces, un momento histórico único porque el final de nuestra adolescencia venía a coincidir con los últimos años de la dictadura. Así que nuestra primera juventud vino a solaparse con la juventud primera de la libertad española, eso que ahora suele llamarse transición. Estábamos en tránsito vital y en tránsito político: por ello, no sólo nos enamorábamos de las sigrids y de las claudias que intuíamos bajo el uniforme de la Institución, de la Inmaculada, de las esclavas, del Rosario o en las primeras aulas mixtas del Columela, sino que nos ennoviamos definitivamente con la libertad.

Así nació Jaramago, un colectivo que no era tan colectivo, contracultural sin saber realmente qué era lo contracultural y que, ahora, treinta años después se nos antoja como el formidable pretexto que Rafael Marín ha escogido para construir una trepidante novela juvenil; un relato de tal como éramos, hasta cierto punto ingenuo pero siempre cómplice, teñido de historia personal y de ensoñaciones públicas. Como no mucho después de todo aquello, vimos “La guerra de las galaxias” al menos tres veces consecutivas, creo que ya teníamos claro que él era Han Solo y yo Darth Vader, e incluso nos disfrazamos como tales en los primeros carnavales democráticos del mes de febrero de 1978. A mi, a aquellas alturas y cuando empezaba a husmearse que las urnas traían libertades pero no erradicaban necesariamente la corrupción, me atraía cada vez más el lado oscuro de la fuerza, el lado salvaje de la vida, la crítica libertaria al sistema. A long time ago, in a galaxy far, far away..... Rafael Marín le levantó la princesa Leila a Luke Skywalker, se casó con ella, tuvo hijos, encontró un empleo como profesor y, relativamente fuera de la escena pública, siguió explorando galaxias creativas. Después de “Jaramago” y también en Cádiz, pondría en marcha “McClure”: habíamos pasado, mucho tiempo atrás, del sheriff King de los hermanos Quirós al teniente Blueberry de Giraud antes de convertirse en Moebius. Y aquella cabecera supuso la primera experiencia de fanzine que cabe datar en Andalucía.

"Si he perdido la vida, el tiempo, todo/ lo que tiré, como un anillo, al agua,/si he perdido la voz en la maleza,/me queda la palabra", podía leerse en el número 3 de la revista “Jaramago”. “El anillo en el agua”, que toma el título de un célebre poema de Blas de Otero, del que este año se cumplen precisamente treinta desde su muerte, es sobre todo un emotivo homenaje a una generación que en cierta medida contribuyó a cambiar la historia de España pero cuyo mayor mérito, a estas alturas del guión, estriba en que ni España ni la historia nos haya llegado a cambiar del todo.

Creo que quien mejor ha definido a esta novela fue nuestro Manuel Jesús Ruiz Torres que por aquel entonces todavía lucía a veces la boina roja de carlista libertario: “Leí –escribió en su bitácora-- que, en Hollywood, para venderle al productor el proyecto de una película, su autor debe convencerlo contándosela en una frase. Paro un momento. Una vez que todos nos hemos desahogado ya, despotricando contra la banalización del arte, contra su comercio, contra la América del Norte entera y contra mí mismo por ponerla de ejemplo para algo, imagínense al pobre Marín vendiendo (con perdón) su producto: "Trata de un grupo de adolescentes tardíos que creen que sólo están sacando una revista cuando, en realidad, lo que hacen es perder la inocencia". Y el productor, naturalmente, contesta: "No me interesa".

“Jaramago” en cierta forma fue un actor muy secundario de la transición de Cádiz pero es un reguero de migajitas de memoria que nos lleva hacia un tiempo en que todos nos las prometíamos más felices de lo que quizá fuimos luego, desde luego a título colectivo y alguno que otro en la esfera privada. Por ello, a Ruiz Torres le extraña que tanto tiempo después “se siga hablando de un Colectivo y una revista que, hay que reconocerlo, publicó textos, en general, muy, muy malos, ni la aún más inexplicable legión de personas sin actividad artística conocida, ni noticias, que aseguran haber pertenecido, en algún momento de gloria, al dichoso Colectivo. Las razones de este, digámoslo así, exagerado prestigio, exceden de sus propios valores porque, en contra de lo que muchos hemos defendido, sí formábamos una generación, en la que algunos tiraban del carro, otros dilataban y los más tenían un alto concepto de sí mismos como mirones de un tiempo que se movía de vértigo. Pero, si todos éramos tan felices en un club tan generoso en la admisión de socios, ¿por qué se fue al garete en tan sólo cinco números, un Suplemento y un Complemento de vida?”.

Ruiz Torres lo explica porque cambiaron los gustos del público o por nuestras propias contradicciones, como publicar por ejemplo un extraño relato antiaborto en plena era de las justas vindicaciones feministas, cuando en el número anterior casi habíamos llamado a la lucha armada contra los antidisturbios que sofocaban a mamporros las primeras huelgas de astilleros.

“Como no podía ser menos, el último acto del grupo –relata Ruiz Torres-- fue su presentación, donde sus miembros, acertadamente, se incluían entre "otros trasgos en general", es decir, espíritus enredadores. El acto, con el personal disfrazado, fue fatuo y ripioso, escandalizando al mismísimo Carlos Edmundo de Ory, allí presente. Tras tan freudiana muerte al padre, el Colectivo podía morirse con dignidad”.

Todavía recuerdo como rematábamos aquella presentación:

Nunca tenemos un duro
Y vivimos de prestao.
Si quieren hacer preguntas
Aquí nos tienen sentaos.

Justo entonces aparecía Leo Hernández con una trompeta para invitar a los escasos espectadores que todavía seguían en la sala a que intentaran hacerla sonar, aunque fuera por un instante. Quizá esa fue la parábola de nuestra propia identidad: una trompeta lejana que llamaba inútilmente al séptimo de caballería de la inocencia definitivamente perdida.

Me gustaría, ya que no tengo demasiadas oportunidades de hacerlo en público, de aprovechar esta ocasión para saludar al resto de la camada que no he mencionado, a Manuel Jesús Ruiz Torres o a Antonio Anasagasti, a Miguel Martínez y a Leo Hernández, a Ana Sánchez y a Dori Barrios, a Fernando Santiago y a Jomán Ales, a José Angel González y a Guillermo Montes, a Carlos Forné y a Alfonso Perales, donde quiera que estén, al Troglo, a Loli, a Pedro Alba y a Manolo Chulián. Pero también a muchos otros cuyo nombre nunca supe o desapareció en el recuerdo, como el de aquella troskista guapísima que iba a coger peras a Lérida pero que terminó yéndose a vivir a Australia, quizá huyendo de nosotros en un ataque de sensatez.

“Jaramago” no fue la única hoja volandera con ínfulas libertarias que recorrió Cádiz en aquellos años en tránsito. Allí estaban los de “Quillo”, los de “Anacrónicas”, los de “Libre Expresión” y todo aquel olor a ciclostil y a multicopistas, a quien alguien llamó Precama, Prensa Caditana Marginal, equiparándonos en cierta medida a la prensa marginal madrileña que se había dado a conocer como Premamá. Con una larga relación de partidos políticos de izquierdas aún por legalizar, no hacía mucho que Antonio Zoido, había cumplido condena en el Castillo de Santa Catalina, por su pertenencia al sindicato democrático de soldados. Allí se las apañaba para imprimir con una vietnamita el boletín de Comisiones Obreras. Al menos, hasta que un día le sorprendió uno de los guardianes que, sorprendentemente, guardó silencio. Cuando le sacaron al patio a pasear, el vigilante se le acercó y le susurró al oído: “No te creas que no me he dado cuenta de lo que estás haciendo, pero la mitad de los billetes falsos que imprimas son míos”. Así que comprendan que también agradezca hoy el cable que nos echó Carmen Pinedo cuando era militante de la UCD y delegada provincial de Cultura, al permitirnos usar las máquinas de dicha institución incluso para imprimir cómics que atacaban al entonces presidente del gobierno, Adolfo Suárez.

Más allá de los mentideros políticos y de los cenáculos literarios, frecuentábamos la compaña de bohemios, pintamonas, cómicos o cantautores. Al margen de que en realidad tan sólo éramos unos niñatos, preferíamos vivir más que publicar y nos daban las tantas del gallo con Oscar Lobato en el ateneo libertario del Pópulo, con Pedro Luis Cabrales y Ana Forero, con Serafín Martinez o lo que quedaba del grupo Sin Nombre, con Ramón Rivero, con Carrusel, con Jesús del Río, con Juan José Gelos, con Andrés Alcántara y con Eduardo Valiente, con Angel Olivera y con Vicente Sosa. Pero sería injusto no citar como cómplices, solos o en compañía de otros, como Carlos Edmundo de Ory y Fernando Quiñones y Rafael Alberti, pero, sobre todo, no quisiera que se me olvidara mentar esta noche a Jesús Fernández Palacios y a José Ramón Ripoll, a quienes todavía debemos un homenaje por los tomates rebeldes que le tiramos durante una lectura de poemas.

Sin embargo, sobre todo, me gustaría mostrar hoy mi gratitud a Rafael Marín. Y no sólo por haberme convertido en protagonista de esta aventura narrativa que se presenta esta noche, sino por pretender sin suerte que “El anillo en el agua” se vistiera de largo el día de mi quincuagésimo cumpleaños. Ahora, es Rafael Marín quien cumple cincuenta y todavía le debo un fuerte abrazo con medio siglo de afecto: por aquellos tebeos, poemas y canciones que devoré en su casa, por su hospitalidad e incluso por nuestras rencillas. Es cierto que ya no somos tres sino muchos más. Y resulta difícil ser expresivo cuando dos cabalgan juntos durante tanto tiempo. Así que sin llegar a convertirnos de momento en los vaqueros de Brokeback Mountain, tengo que confesarle que le quiero. Pero no nos pongamos tiernos y este último comentario, por favor, que no salga de Thule.

Juan José Téllez

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Comentarios

1
De: Zifra Fecha: 2009-02-08 22:55

Te puedo contar el resto de la historia de la troskista, que me pilló muy de cerca... y me encantaría volver a ver a Jose Ángel, especialmente, y a tantos otros.

Yo estuve muy al principio de todo eso, después me fui a estudiar a Sevilla (septiembre del 77), pero algo me pilló.

Gracias a ti y a Tellez por recordármelo.



2
De: AMS Fecha: 2009-02-09 10:19

Pues cuenta JoseRa, que tambien somos mu cotillas :).



3
De: francisco armario perez Fecha: 2009-05-27 08:17

un abrazo muy fuerte amigo Tellez colegio universitario 1971



4
De: Zifra Fecha: 2015-01-30 18:47

La troskista: http://zifra.blogalia.com/historias/75275



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