El hueco entre las montañas se había convertido en un bosque de cruces y de guirnaldas con los colores amarillo y blanco de la bandera vaticana. Había dejado de escucharse el tableteo de las ametralladoras yueisis y el zumbido cortante de los lásers terrestres, y el sol rojo que amanecía lentamente, como con timidez, iluminaba una escena de exhaltación religiosa como nunca se había visto antes en este planeta oculto.

Tendido sobre una camilla de campaña, con las heridas vendadas y custodiado por dos soldados de uniforme pertenecientes a la dotación del cóptero que lo habían rescatado de la patrulla yueisi, Arthur Greenberg contemplaba el final de la Cruzada, de la guerra. O tal vez no. Si Marcus Johanssen había tenido razón en sus recelos, ahora que estaba colmada la excusa de la violencia comenzaría la auténtica, la irrefenable conquista. Enmascarada de conversiones y palabras de salvación, pero con el propósito final de dominar el planeta y sus recursos hasta que la Línea Coseriu abriera el camino a otros tesoros, a otros mundos.

Ya había asistido al final de otra guerra, y el regusto amargo y la triste incertidumbre por el futuro eran iguales a esto que ahora, entre rezos y salmos, se repetían en las Montañas del Rostro de Cristo. La alegría y el alivio por la culminación de la contienda sólo tenían paralelismo en el desasosiego y la desesperanza de los perdedores. Supuso que ese era también ahora, asumida su posición, arrinconado su oficio de observador imparcial, el bando al que pertenecía, el bando de una cordura que había volado hecha trizas como los sesos del pobre Marcus Johanssen.

Reconoció a Raffaello Barsini entre el contingente de cruzados que había iniciado, de inmediato, el traslado de los restos a las naves que se cernían como águilas en plena órbita. Habían supuesto que el cardenal regresó a la Tierra. Nunca llegaron a imaginar que el pequeño cura italiano se hubiera ocultado aquí, velando con afán de cancerbero la tumba del Dios caprichoso y vengador que la Iglesia acababa de instalar para el futuro.

Lejos, más allá de su campo de visión, el Papa Pablo IX concluía la misa y repartía bendiciones entre pechos henchidos y rostros satisfechos. Algunos generales habían acudido a comulgar, con las medallas relucientes sobre las cruces del peto y los ojos iluminados con un brillo enfervorizado que daba miedo. Greenberg había visto esa mirada durante la Jihad, y entonces creyó que el afán destructor de los hombres se había saciado allí. Ahora estaba seguro de que la Novena Cruzada no iba a ser más que el primer paso en una continua cascada de sangre.

El silencio se volvió sobrecogedor cuando el Sepulcro salió de la cueva, cargado por dos docenas de obispos ataviados con armaduras y anillas antigravedad. Todo el mundo se puso de rodillas, en un roce de metales y hábitos blancos y negros. Greenberg contempló a la luz del día el sarcófago de piedra, los rasgos afilados que habían causado una guerra más, como habían hecho quizás en el pasado terrestre infinidad de veces. Sacudió la cabeza con tristeza. No, nunca iban a aprender. Sólo pondrían la traba en el gatillo cuando encontraran en el espacio una civilización más fuerte, cuando las grandes corporaciones que aspiraban a la unidad se dieran de golpe con alguien capaz de hacerles frente y domeñarlos. Pero eso podía estar muy lejos, muy distante, a mil años luz, perdido en algún rincón del espacio a someter, a dominar.

Los rezos y los cánticos arreciaron. El olor a incienso se volvió mareante. La lanzadera Espíritu Santo revoloteó sobre las cabezas de todos los presentes y comenzó, muy despacio, la maniobra de atracción del Sepulcro.

Greenberg entornó los ojos, extrañado de que nadie sintiera curiosidad por abrir el catafalco, por explorar su contenido o certificar la identidad de quien había dentro. Y entonces recordó que para todos los presentes Cristo había resucitado al tercer día después de muerto, y que todo cuanto quedaba en este lugar, si acaso, era apenas un leve recuerdo de Su paso.



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Comentarios

1
De: Javier Albizu Fecha: 2008-12-31 08:32

Ahora que ha acabado, aprovechare para dejar por aqui mis dos centimos (que dicen los yankis)
La verdad es que me ha gustado mucho. Al principio se me hacia un poco repetitiva las continuas referencias a la antigua Jihad, pero cuando llega la nueva ya le vi mas sentido.
Me parece un poco tramposo el que no se mencionase, cuando se retiran las embajadas del planeta, que tampoco Barsini estaba en las naves de vuelta, pero es algo perdonable.
Muchas gracias por estos buenos ratos de lectura.



2
De: INX Fecha: 2009-01-02 07:31

MUY CHULO, GRACIAS ;)



3
De: SPCR Fecha: 2009-01-14 22:07

Metal Hurlant total....

;)



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