La Iglesia había sobrevivido al nuevo milenio adaptándose al cambio, negociando con sus fieles unas contrapartidas terrenas que, cien o doscientos años atrás, ella misma había acusado de herejía, de imposible. No dejaba de ser un contrasentido que, ahora que había querido adoptar una doctrina más orientada hacia sus raíces, fueran los propios creyentes quienes hubieran asumido un fundamentalismo religioso al que no se podía dejar de seguir los pasos, so pena de perderlos por completo. Como un movimiento de péndulo que oscila entre sus dos velocidades máximas, el destino de la propia Iglesia parecía ir siempre a remolque de los tiempos.

Ahora el cambio se veía obligado a adquirir una nueva forma. La muerte de Alejandro X había detenido las operaciones bélicas en un instante crucial. La Cristiandad precisaba con urgencia de un nuevo vicario de Cristo en la Tierra, justo en el momento en que el Sepulcro parecía a su alcance e incluso algunos santones rumoreaban que con su conquista la humanidad sería testigo de una Segunda Venida. Los ejércitos esperaban, prestos los fusiles, cargados los cañones, mientras los generales se desesperaban, algo ajenos al tufo de inciensiarios y al trasiego de misales cuando la cuestión de su eficacia profesional se ponía en entredicho por aquella incómoda pausa. Todo el planeta Tierra tenía vueltos los ojos hacia el cielo, hacia el misterio de la Línea Coseriu, hacia la flota de guerra que gravitaba en torno al planeta como el juguete móvil que tiembla sobre la cuna de un niño.

Los cardenales meditaban, rezaban, discutían, suplicaban la rápida intervención del Espíritu Santo. Dos votaciones de urgencia, y en ambas se transmitió la imagen virtual de una fumatta nera. No había acuerdo. Si difícil había sido encontrar al sustituto de Pablo VIII, la situación de guerra sin precedentes en la historia no facilitaba el reemplazo de Alejandro X, a quien muchos empezaban ya a llamar el Papa Mártir. Jamás había sido más crucial encontrar a un adecuado Príncipe de la Iglesia.

Las naves seguían orbitando el mundo de Oasis, como si el tiempo se hubiera detenido para todos. Sus nombres cargados de resonancias bíblicas se repetían a diario en los teletipos y redes del mundo: Génesis, Números, Nehemías, Deuteronomio, Éxodo, Apocalipsis, amplificando el efecto distorsionador que tenía el atravesar el túnel entre planetas. Los generales y los poderes del mundo metían prisa, como si la impaciencia por rematar al enemigo pudiera más que la meditación en esta hora decisiva donde Dios sin duda ponía a prueba una vez más la voluntad obediente de los hombres.

Hasta que por fin, en conexión con la nave transmisora que guardaba como un celador la Línea Coseriu, la Tierra volvió de nuevo la mirada a las alturas y esta vez sí, después de tantas semanas de desasosiego, pudieron leer el mensaje inequívoco de la fumatta bianca.



* * *


Había un cuerpo de ejército yueisi protegiendo las montañas. Tenían al menos la seguridad de que el sepulcro seguía en su sitio, porque el satélite espía emplazado por la armada terrestre no había indicado ningún movimiento extraño en aquel lugar, y tanto Greenberg como Johanssen sabían que la resolución de aquella máquina podría muy bien mostrar sin ninguna duda los centímetros de barba que habían ganado en estas semanas de peregrinar por el desierto, tal era la precisión de sus cámaras. Johanssen había aventurado la posibilidad de que entre los yueisis no sólo no se estilara cambiar a los muertos de sitio, sino que además fuera un tabú dentro de su cultura, aunque a Greenberg no le satisfizo demasiado la explicación, habida cuenta de que no creían en religiones ni vidas después de la vida. En cualquier caso, el sepulcro seguía en su sitio, protegido por un contigente armado que les iba a costar trabajo esquivar.

Pero los dos terrestres extraviados tenían tan clara su misión destructora como los cardenales que se aprestaban, a bordo de la Génesis, a consagrar a un nuevo Papa.


* * *



Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice de la Iglesia Católica Reunificada, Patriarca de Oriente y Occidente, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia de Roma, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Guardián de la Doctrina y Sacerdote Supremo de la Fe.

Eran sus títulos. Pablo IX sería su nombre a partir de ahora. Su primera misión, y así lo anunció con voz firme, sería rescatar el Santo Sepulcro a la mayor brevedad, acabar con la Cruzada de un solo y rápido tajo, poner fin al reguero de mártires.

Jerónimo Sierra aceptó la tiara y bendijo por primera vez urbi et orbes como Papa de la Cristiandad.

Desde la lejana Tierra pudieron verse claramente las lágrimas que le resbalaban por la cara.

Pocos supieron interpretarlas.


* * *

--Bien, aquí estamos --susurró Marcus Johanssen--. ¿Estás seguro de que sabrías encontrar el camino?

--Estoy seguro. No hay más que seguir la flecha. Donde más soldados yueisis haya, ahí es --se burló Arthur Greenberg--. De todas formas, he visto tantas veces el video del lugar que desde aquí podría llegar con los ojos cerrados. ¿Tú no?

Johanssen se secó el sudor de la frente. Resopló. Desde el pequeño promontorio, los valles y recovecos creados por el trazado de las montañas parecían todos igualmente áridos y repetidos.

--Supongo que sí. No estoy muy seguro.

--¿Segundos pensamientos? ¿Crees que ahora que habemus Papam las cosas pueden ser diferentes?

--No digas tonterías, Artie. Vale que ese Sierra no sea un fanático como están demostrando con creces los otros alzacuellos, pero de ahí a pensar que pueda detener esta Cruzada va un abismo. Tendrá línea directa, pero no es Dios. Y por mucho que quieran creer quienes le siguen, no es él quien dirige las operaciones de guerra. Hay profesionales de sobra para eso, veteranos de la Jihad y todos esos otros soldaditos de diseño que no pudieron hacerlo por su juventud y esperaban como maná del cielo una oportunidad como ésta de demostrar lo hombres que son y lo mucho que valen. Eso sí, todos con su partida de bautismo y su profesión de fe bajo el brazo. O lo hacemos nosotros, o no lo hace nadie.

--Bien --asintió Greenberg--. Nuestro plan es sencillo. Ya hemos acabado con la parte fácil. Hemos sobrevivido al desierto, a los bombardeos, a la sed y al hambre. Y al sabor de ese maldito lagarto. Ahora hay que rebasar esas líneas de defensa, entrar en la cueva, y hacer pedazos el sarcófago.

--Pedazos no. Artie, la historia de la cristiandad está llena de reliquias. No debe quedar piedra sobre piedra. ¿Qué te gustaría, coger un pico y una pala y empezar a buscar petróleo? Además, no tenemos ese tipo de herramientas.

--Pues hacernos con los explosivos yueisis nos puede costar la misma vida. Estamos forzando nuestra suerte. Además, no estoy seguro de saber cómo funcionan sus granadas.

Johanssen se ajustó el cinturón. En las últimas semanas había perdido tanto peso que las ropas le quedaban grandes.

--Hay que buscar un sistema que sea rápido para destruir el sepulcro. Tienes razón, no podemos exponernos más a los yueisis de lo que lo hemos venido haciendo. Suerte que nuestro vehículo es nativo y por eso no hemos llamado demasiado la atención...

--¡El coche! ¡Eso es! --exclamó Greenberg. Se puso en pie de un salto y corrió hacia el vehículo, agachándose para evitar ser localizado. Abrió el compartimento del motor.

--¿Alguna idea brillante?

--La única. Tendremos que contentarnos con lo que hay a mano, Marcus. La batería solar. Esto de aquí. Es distinta al modelo terrestre, algo más primitiva, pero no demasiado. Sabré hacerlo.

Con cuidado, ante el silencio de Johanssen, el reportero extrajo la caja que daba vida al vehículo.

--Eso es. Manipulando los polos, introduciendo un pequeño condensador que cortocircuite ese nódulo... Marcus, ya tenemos nuestro explosivo.

--¿Dónde has aprendido a hacer esas cosas? --Johanssen sacudió como un león la cabeza rubia--. Eres una fuente inagotable de sorpresas.

--En el Líbano --contestó el reportero, concentrado en la tarea--. Durante la Jihad. Estuve varios meses conviviendo con un comando integrista especializado en este tipo de acciones de sabotaje. ¿O crees que los premios Pulitzer los regalan?

--¿Y la potencia destructora de este chisme?

--La batería está a plena potencia. Yo diría que una vez hagamos explotar este aparatito, no quedarán reliquias que vender en los conventos de la Tierra.


* * *

Habían decidido esperar al anochecer para intentar el último movimiento de su partida. Agazapados en la oscuridad, reptando como los lagartos a quienes llevaban semanas observando para poder capturarlos, Greenberg y Johanssen se pusieron en marcha casi al mismo tiempo que la escuadra terrestre recibía las órdenes de despegar y bombardear las posiciones yueisis. Pablo IX tenía prisa por cumplir su palabra. Quería acabar con la guerra en menos de treinta y seis horas. Los cópteros que saltaron al aire como libélulas de sangre iban a encargarse de que la infalibilidad del nuevo Papa empezara a convertirse en motivo de leyendas.


* * *

Si las explosiones causadas por los cópteros terrestres no hubieran iluminado con sus haces rojos las montañas, ni Greenberg ni Johanssen habrían podido franquear el perímetro externo del campamento yueisi. Para su fortuna, y también para su peligro, el bombardeo provocó un frenesí entre las tropas defensoras que les hizo concentrarse allá donde hicieran falta, en el intento de repeler las hábiles máquinas voladoras de los invasores.

Aprovechando el alboroto, los dos terrestres consiguieron dejar atrás el campamento y empezaron a subir el mismo sendero que, meses atrás, les había llevado al hallazgo de aquella tumba. La batalla quedó ardiendo a sus espaldas.

Advirtieron su error cuando fueron localizados por una patrulla. Y descubrieron pagando con sangre que vivir en un mundo sin estrellas había desarrollado en los yueisis una excelente visión nocturna.

Referencias (TrackBacks)

URL de trackback de esta historia http://crisei.blogalia.com//trackbacks/61286

Comentarios

1
De: INX Fecha: 2008-12-29 10:23

¿Mañana más?



2
De: CorsarioHierro Fecha: 2008-12-30 00:18

Excelente. Estoy disfrutando mucho.



3
De: angelithaZz Fecha: 2011-03-17 14:12

todos son el mismo?



4
De: RM Fecha: 2011-03-17 14:16

Son capítulos de una novela corta.



Nombre
Correo-e
URL
Dirección IP: 54.167.219.201 (07e6686519)
Comentario