En cierto sentido, Arthur Greenberg se equivocaba. Una guerra era espantosamente igual a cualquier otra, eso podía ser verdad, pero la experiencia de combate que él tenía, la neutralidad aparente gracias a la que había sobrevivido durante los años de la Jihad aquí, en este punto remoto del espacio, no le servía de nada. Podría tener un puesto de observación privilegiado a la acción bélica que se abría paso como un bisturí sobre el terreno enrojecido de Oasis, pero su neutralidad no podía existir como tal. Si los yueisis los capturaban, si los detectaban siquiera, no comprenderían que quizás eran diferentes a los hombres forrados de negro plastiacero que vomitaban fuego y muerte desde las nubes.

Tener una cruz colgando del pecho y una media luna para casos de apuro, como había hecho durante la rebelión islámica, no le salvaría el cuello en este planeta remoto. Pero al menos la experiencia de sobrevivir podía serle de alguna ayuda. Estaba claro que, sin él, Marcus Johanssen no habría durado ni un solo día en aquel ambiente extraño.

La situación de las montañas donde habían encontrado el Sepulcro aquel atardecer era lo suficientemente imprecisa y remota para que los cruzados invasores no tuvieran una idea nítida de su emplazamiento exacto, y de todas formas acceder a aquel lugar no sería fácil. Eso iba a hacer la guerra más agotadora, más sangrienta. El contingente terrestre iba a tener que remontar un río de piedra hasta dar con el paradero de aquello que les había traído a este lugar, tomando casa por casa, destruyendo fuerte por fuerte, sitiando una ciudad tras otra, hasta ser derrotado o alzarse con la victoria.

Imposible salir al encuentro de los invasores, imposible entregarse o dejarse ver por los defensores yueisi, los dos náufragos terrestres habían decidido que su única opción era rebasar las líneas defensivas e internarse por su cuenta en el desierto, esperar junto al Sepulcro la resolución definitiva del conflicto.


* * *

Dos semanas de guerra abierta habían enseñado a los nuevos cruzados que la resistencia yueisi iba a ser más dura de lo que pudieran haber previsto en un principio. Desembarcaron a sangre y fuego, tomaron una ciudad llamada Esdrá, y se hicieron fuertes en ella. Luego llegó el contrataque yueisi, confundidos con el tono de la arena y utilizando unas técnicas de guerra que los ordenadores terrestres tardaron algunos días en descifrar, y las tormentas de polvo que inutilizaron los cópteros y obligaron a un lento avance palmo a palmo de terreno.

La fe de los hombres y mujeres consagrados a la causa continuaba inquebrantable. Se soportaba el calor, la sed, la disentería provocada por las aguas envenenadas por los yueisis y el aire ardiente que inutilizaba las juntas de las exoarmaduras y entorpedecía las transmisiones. Sabían que estaban cerca de su objetivo y eso quizá los hacía más valientes, más arrojados, menos listos.

Pero los yueisis combatían en su terreno, confundidos como hombres de arena con el paisaje y las nubes, descargando ataques calculados donde poner freno al avance terrestre se cobraba en vidas y equipo un saldo que los seguidores de Alejandro X no podrían pagar durante demasiado tiempo.

Jerónimo Sierra tenía la impresión de que la guerra iba a ser más larga de lo que el Papa había imaginado. Y también mucho más sangrienta.


* * *

Se habían perdido en el camino. Esa era la primera impresión. Estaban demasiado lejos de la zona de combates para que les preocupara caer víctimas de los bombardeos indiscriminados y de las acciones de defensa, pero asistían a ellos a través de los noticiarios de la Red que podían captar con los laptops, aunque cargados de estática y con multitud de imágenes en blanco y negro. Contrastar las noticias terrestres con los informes yueisis resultaba ilustrador, pero también los desorientaba mucho. Después de tres semanas y media de conflicto, Marcus Johanssen y Arthur Greenberg no podían asegurar cuál de los dos bandos estaba venciendo. El horror de la destrucción causada, de todas formas, era indudable.

Al socaire de un macizo pedregoso, los dos terrestres extraviados hacían girar por turnos una espeta. Ensartado en ella, un feo lagarto de color rojizo se chamuscaba lentamente, llenando el aire de un olor extraño y apetecible, desconocido para los humanoides que habitaban el planeta. Hacía ya varios días que Marcus Johanssen había vencido su repugnancia ante la provisión de carne que le procuraba la experiencia de su amigo. Al menos, ya tenían la constancia de que aquellos parientes lejanos de los dragones de Komodo no eran venenosos.

--Chico, qué forma de cagarla --comentó Johanssen mientras cortaba una tajada de carne--. La primera civilización extraterrestre que encontramos, la primera forma de vida, aparte de algunos indicios de bacterias en Marte, pero esas pueden ser residuos de alguna nave que hayamos enviado... La primera civilización, y en menos que canta un gallo nos las arreglamos para empezar a bombardearlos con gas mostaza. ¿Quién le habría dicho a H.G. Wells que los malos de La Guerra de los mundos ibamos a ser nosotros, después de todo?

Greenberg sacudió la cabeza. Aunque hablaba con fluidez media docena de idiomas y sus más importantes dialectos, entender el rápido español del venezolano todavía le costaba cierto trabajo.

--Está visto que no aprendemos nunca --musitó con tristeza. No era un descubrimiento que pudiera reclamar como nuevo.

--Al contrario, Artie --contradijo Johanssen--. Hay quien tiene demasiado aprendida la lección.

Greenberg dejó de mordisquear la crujiente carne rosada y miró a su compañero de infortunio.

--No te entiendo.

--Los milagros existen para quienes creen en los milagros. Toda esta historia del sepulcro y el cuerpo de Cristo y el agnosticismo yueisi le viene al pelo a más de uno.

--¿Una confabulación? --Greenberg sonrió--. ¿No te parece una explicación algo forzada?

--Ya. Supongo que ves más lógico que Dios en persona nos estuviera esperando al otro lado del cielo.

Greenberg gruñó y mordisqueó un trozo de carne. La primera en la frente, reportero. Nunca hagas preguntas que no estés dispuesto a responder tú mismo. No te quejes si después te encañonan con un fusil láser por tu impertinencia.

--Todo este incidente, esta guerra absurda, es una excusa nada más, Artie. Una excusa para la unión. Creer en Dios está de moda, como pudieran estarlo los bikinis de anillas de plata o las corbatas de doble nudo hace unos años. Pero no hay un proceso de reflexión puro. No hay un afán de arrepentimiento verdadero tras el etnocidio de la Jihad, por mucho que se empeñen en creerlo los curas y la Iglesia. La conversión a la fe es una moda. Y las modas pasan sin que nadie las recuerde al día siguiente, por eso hay que hacer todo lo posible por mantener la llama. El mayor regulador de las crisis o las explosiones demográficas de la historia ha sido la guerra. Contra el materialismo arreligioso que, como golpe de péndulo, nos espera dentro de diez o doce años, no hay nada mejor que una idea unificadora que no desvíe a nadie del camino. Una Cruzada.

--¿Crees que si los islámicos hubieran ganado la guerra las cosas no habrían sido igual?

--¿Quién puede decir que entonces no habríamos encontrado un sepulcro con la imagen del Profeta?

Greenberg guardó silencio. Johanssen bebió un poco de agua tibia y la escupió. Echó de menos aquel champán de la embajada.

--Todos salen beneficiados con esta historia. La Iglesia, los gobiernos, los frustrados de a pie que ya no tienen un enemigo a quien odiar para encontrar sentido a sus vidas, las corporaciones y trasnacionales, el orden mundial. E pluribus unum. Juntos en la diversidad. Este plan de Dios viene muy bien a los banqueros y los vendedores de armas. No hay nada que estabilice más al sistema que una buena sacudida de vez en cuando. Y la experiencia de combate en otro mundo puede incluso servir como campo de pruebas para futuras guerras cósmicas.

--No imaginaba que fueras marxista --sonrió Greenberg.

--Soy johanssenista, no se te olvide. ¿Te has dado cuenta de que, desde que empezó esta historia, la terraformación de Marte ha pasado a segundo plano? Atravesar Coseriu es más barato. Oasis ya está embalado y listo para ser consumido. Adiós, planeta rojo. A partir de ahora sólo habrá que buscar nuevos portales de Coseriu en el espacio y ver adónde nos transportan. No hay que ser un lince para imaginar que, si la Línea que conocemos pone en contacto planetas de similares características y formas de vida paralelas, otras Líneas que pudiera haber diseminadas por el cosmos harían lo mismo. Tren directo a la estación apetecida. Se acabó luchar como cabritos contra las inclemencias meteorológicas o los ambientes nada propicios para la vida humana. Hoy es Oasis, mañana será Nueva Thule, o Segunda Lincoln, o como quieran llamarlo. El camino a la expansión imperialista hacia el espacio queda expedito de un plumazo.

--¿Habla la voz de la experiencia o la intuición? --se burló Greenberg, aunque pensaba igual que su amigo en este aspecto.

--¿Sabes lo que es la intuición femenina? --preguntó de pronto Johanssen, casi dando un giro a la conversación--. Es cuando una mujer se cubre inconscientemente el escote y tú te das cuenta de que, también inconscientemente, estabas a punto de mirarlo. Lo mío es intuición de sociólogo. Ese título de socioexólogo con el que me presentan es una mierda, afán de marear la perdiz y no llamar a las cosas por su nombre, ganas tontas de impresionar --hizo una pausa--. Quiero plantearte una cuestión que lleva días dándome vueltas en la cabeza, Artie.

--Adelante.

--¿Es posible que alguien se nos adelantara? ¿Que plantara allí ese sarcófago, que todo sea un timo perfecto?

Greenberg se subió las gafas sobre el puente de la nariz. Se frotó la barbilla, sin saber qué decir.

--El odio religioso no se acabó con la Jihad --prosiguió Johanssen--. Nos sobran ímpetus para seguir matando en nombre de Dios o del demonio, ya lo has visto en las pantallas. Si los orientales no fueran tan pasivos en cuestiones religiosas, ahora mismo estaríamos encaramados a la gran muralla china viendo pasar las legiones de Dios.

--¿Crees que la Yamamoto Maru no fue la primera en atravesar Coseriu? --Greenberg entornó los ojos, sopesando posibilidades.

--No lo sé. Es posible. Quizá hubiera otras naves antes. Desde luego, las ha habido después, antes de que nosotros llegáramos y picáramos como pardillos en la recepción de la embajada. El trío perfecto. Un cardenal quisquilloso, un reportero con más premios a las espaldas que dioptrías en las gafas, y un sociólogo polemista pero con cierto prestigio para dar veracidad al asunto.

Greenberg frunció el ceño.

--¿Piensas que fue un truco? ¿Que actuamos como señuelo?

Johanssen se encogió de hombros.

--¿Quién sabe? Desde luego, en esta cuestión se ha aplicado de todo, menos el método científico. Tal vez alguien enviado por la Yamamoto Maru plantó el sepulcro. Tal vez el descubrimiento de la Línea Coseriu fuera parte de un experimento secreto, de un proyecto supernegro. O alguien de las primeras naves de contacto se dio un paseo por el desierto cargando con un bloque de piedra tallado según los rasgos de Jesucristo, sabiendo que el fervor religioso de nuestros contemporáneos provocaría la intervención manu militari tarde o temprano.

--¿Y Tad Ghe? ¿No lo dejaría esa teoría un poco fuera de campo? Vale que nosotros tres picáramos como los idiotas que el tiempo ha demostrado que somos, ¿pero y la historia que nos contó Tad Ghe? ¿La negativa yueisi a entregar una reliquia si esta es falsa?

--Qué sé yo qué puede jugar en todo esto Tad Ghe. Tal vez María Kennedy-López sea la principal beneficiara de esta locura. Tu presidenta es una mujer de armas tomar. Lo demostró en la Jihad.

--No es mi presidenta, Marcus --corrigió Greenberg--. Yo soy canadiense, no norteamericano.

--Amigo mío, en la Tierra todos somos norteamericanos desde hace más de doscientos años. ¿Qué diferencia Nueva Dheli de Tupelo, Mississipi, de Praga o de Lisboa? Las mismas hamburgueserías de plastiplancton, las mismas marcas de prendas deportivas, los mismos jóvenes desvistiéndose con la misma ropa estrafalaria, la misma música impertinente, los mismos sosos programas en la Red, los mismos artilugios electrónicos... No nos dejan votar, pero todos somos americanos.

--Estábamos hablando de Tad Ghe.

--Quizá juege a hacer de Yago. Tal vez le hayan prometido una buena tajada cuando esto se termine. Recuerda: el país donde está el sepulcro ni siquiera es el suyo propio. Tal vez traicionando a su raza zanje alguna vendetta particular, algún asunto de sangre del pasado. Qué sé yo. Es fácil manipular a la opinión pública, falsear los datos. Hay precedentes en la historia.

--El hundimiento del Maine como excusa para vender periódicos de William Randolph Hearst.

--¿Eso fue en el siglo XX?

--Justo al final del XIX. Fue mi tesis de licenciatura. La influencia de prensa en el desarrollo de la guerra. Pero tal vez el sarcófago sea verdad.

--Para los que tienen necesidad de creer, ya lo es. No te imaginaba creyente, Artie.

Ahora le tocó a Arthur Greenberg el turno de encogerse de hombros.

--Mi problema es que creo en demasiadas cosas --dijo--. Soy una especie de bicho multirreligioso. Panteísta por mínimo común múltiplo. He visto demasiadas heroicidades cometidas en nombre de Alá y demasiadas tropelías en nombre de Cristo. Y al revés. Cuesta trabajo pensar que estén matándose por un sarcófago tallado en piedra que quizá sea una falsificación. No creo que cientos de miles de hombres vayan a una guerra entre planetas sólo por un señuelo. Deben de haber comprobado que, sea lo que sea, no es un modelo falso. Quizá no sea Cristo, pero dudo que lo hayan fabricado en la Tierra con un molde de barro.

--Real o no, si no lo hubiéramos encontrado, si Barsini ni hubiera insistido en hallarlo...

--Otra vez volvemos a Wells --dijo Greenberg, apagando las ascuas de la hoguera--. ¿Sabes qué me gustaría?

--¿Sintetizar un virus y acabar con nuestros congéneres invasores? Supongo que los yueisis andan suspirando por una cosa así.

--No --sonrió Greenberg--. Tener una máquina del tiempo. Dar marcha atrás y no haber encontrado nunca esa cueva.

--Eso tiene fácil solución.

Greenberg se quedó mirando al otro hombre. Johanssen terminó de orinar a sotavento y se abrochó la bragueta.

--¿Es que tenéis máquinas del tiempo en las colonias de Marte? --preguntó Greenberg, zumbón.

--No, pero sabemos llevar las cosas a su última conclusión. Si lo que estorba es el sepulcro, no hay más que un camino. Continuemos nuestro viaje, Artie. Regresemos a esa cueva antes de que la tomen los miembros de la Cruzada. Y, una vez allí, querido amigo, una vez tengamos delante ese sepulcro, destruyámoslo.

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Comentarios

1
De: Pantoja Fecha: 2008-12-27 14:31

Mola pensar que el primer libro de Cosireu se titulara "Sincronía, diacronía e historia" Te machacaron mucho con el estructuralismo en la carrera, Rafa?
(Lo que me da de sí la Wikipedia...)
Me está gustando mucho esto de leer por entregas



2
De: Anónimo Fecha: 2008-12-27 16:20

¿ Las ilustraciones de quien son ? ¿ Moebius ?



3
De: RM Fecha: 2008-12-27 16:55

Moebius y Chris Foss



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