Se habían quedado solos, sin recursos, sin dinero, comida ni agua. Forasteros en tierra ajena que sobrevivían escondidos, esquivando cualquier encuentro con los yueisis. Intrusos en un planeta extraño que iba a sufrir dentro de poco la oleada de una invasión como jamás habían imaginado. La muerte desde el cielo. La llegada de una lluvia de luz como jamás habían visto desde Oasis en toda su historia.

--Mal momento escogimos para visitar tumbas remotas --se quejó Marcus Johanssen, incómodo entre las ropas que cubrían su tez y su porte humano, tan similar y tan distinto a la vez a la estructura ósea de los habitantes de Oasis.

--Peor momento escogiste tú para echar una cana al aire --contestó Arthur Greenberg, tecleando posibles rutas de escape hacia el desierto en su laptop--. Podríamos estar ya camino de casa.

--¿Se te ocurre algo que podamos hacer?

--Estrangularte. Venderte como esclavo. No son ideas demasiado agradables.

--Más bien no --Johanssen, acalorado, se rascó la barba--. ¿Pero de verdad que crees que van a invadir este planeta?

--He visto cosas peores. ¿Dónde pasaste la Jihad?

--En Marte. Poniendo pegas a algunas de las atrocidades cometidas en nombre de la terraformación.

--Yo anduve esquivando balas láser y explosiones indiscriminadas --respondió Greenberg, con toda la frialdad profesional de la que fue capaz, como si el recuerdo del pasado propio fuera una experiencia ajena--. Vista una guerra, vistas todas. No parece que hayamos quedado hartos de matarnos a cuenta de lo mismo. Quieren ese sepulcro, y vendrán a por él, cueste lo que cueste. Te lo aseguro, amigo.

--No será demasiado caro, desde luego. La Línea Coseriu está a un tiro de piedra.

--Déjate de humor fácil. Si te quedara alguna duda de que un puñado de fanáticos armados hasta los dientes aparecerán uno de estos días por esa grieta del cielo, te habrías entregado a las autoridades yueisis.

--No es humor, Artie. Si este planeta se encontrara a un par de años luz de la Tierra, nos enfrentaríamos a una situación bien distinta. Nuestros soldados no están preparados para una guerra a escala cósmica. Ese pliegue de Coseriu, ese portal dejado por alguna civilización desconocida, permitirá masacrar a este pueblo de cabezotas zen con la tranquilidad con que las lanzaderas hacen el recorrido entre la Tierra y la Luna.

--En eso tienes razón. Por si la distorsión provocada por atravesar la Línea Coseriu fuera poca cosa, tendremos a esas naves de guerra aquí en menos tiempo del que se tarda en decirlo.

--Insisto: ¿Qué podemos hacer?

--Hablar con Tad Ghe. Hacerle ver con qué se van a enfrentar. Convencerlo de que claudique por su bien.

--No son un pueblo pacifista. Deben tener una idea bien clara de lo que es la guerra.

--Pero carecen de los medios técnicos para soportar una invasión desde el espacio. Tiene que escucharnos.

--No nos hará el menor caso --certificó el sociólogo--. Y nos utilizarán como rehenes. Una tontería por su parte, desde luego. No creo que a nadie le interesemos lo más mínimo.

--Ahí tienes razón. Pero hay que intentarlo de todas formas, Marcus. Si pudiéramos convencerles...

--¿De qué? ¿De que entreguen el sepulcro y santas pascuas? No seas iluso. No lo harán.

--Eso es lo malo de intentar ser neutral en una guerra. Te bombardean por todos los lados. Si estos yueisis no fueran tan testarudos...

--La testarudez tiene bien poco que ver, Artie. Están en su derecho. ¿Por qué habrían de entregar ese sarcófago, sólo porque tiene cierto parecido con una imagen mítica de nuestra cultura? También las primeras fotos que se tomaron de la superficie marciana mostraron un rostro que algunos quisieron identificar con el de Cristo. No era más que un capricho del fotógrafo, como las imágenes que vemos en las nubes. Una patraña.

--Ese sepulcro podría ser algo más.

--Me da igual. Comprendo que los yueisis no quieran entregarlo. ¿Quién demonios nos creemos que somos? Además, ya lo dijo muy claro Tad Ghe. Es su pasado herbívoro el que está en funcionamiento.

Arthur Greenberg alzó una ceja.

--¿Bromeas?

--Nunca bromeo con las cosas de comer. Los primitivos yueisis no consiguieron conservar su territorio gracias a sus instintos de caza, como sucedió con los humanos, sino por técnicas defensivas, protegiéndose de los depredadores que atacaban sus manadas. Ese sentido está soldado a fuego en sus genes, Artie. La presión a que se les ha estado sometiendo desde que comenzó este asunto es similar al acoso de las hienas, los leones o lo que demonios sea que atacó a los primeros yueisis sapiens en tiempos remotos. Nuestros chicos de uniforme son el equivalente depredador de los contemporáneos. Y, como si siguieran un código de honor japonés, arcaico e incomprensible para los occidentales, los yueisis se niegan en redondo a ceder a la presión. Todo lo contrario, cuanto más se les fuerza, más se resisten. Si los impulsores de esa Cruzada que según tú está a punto de estallar creen que el pueblo yueisi va a quedarse sentado en sus porches tomando el sol y viéndolos pasar, se equivocan. Opondrán resistencia, Artie. Y grande. Y eso sólo servirá para que la guerra sea más larga, y mucho más cruenta.


* * *


La transmisón holográfica del Papa Alejandro X se repetía milimétricamente en todas las naves que componían la escuadra, en los treinta y cinco cargueros marcianos reacondicionados para llevar al mundo de Oasis la oleada de esta Novena Cruzada.

En la bodega de una nave panameña rebautizada Deuteronomio, Isaías Markowitz asistía, vestido de soldado, al primer gran momento culminante de esta expedición, la bendición que el Papa Vittara hacía antes de que la escuadra se introdujera en la Línea Coseriu.

Como muchos otros hombres y mujeres, Markowitz creía haber encontrado la luz, la respuesta a sus más dolorosos interrogantes, la solución a todos los remordimientos occidentales tras la Jihad. También, en el paso a través de Coseriu, había un claro componente aventurero. El espacio, hasta ese momento una extensión monótona y aburrida, cuajada de inconvenientes y de peligros, se abría a la colonización humana como un ramillete de píldoras nemoestimulantes que escoger sin pagar impuestos. Markowitz era un soldado de Cristo, y se dejaba transportar alegremente a aquel otro mundo sabiendo que a partir de ahora su vida había adquirido un sentido nuevo. No le sucedía a él solo. Cientos de miles de seres humanos querrían estar aquí, ocupando su puesto, comprobando como modernos Santo Tomás la gloria del Creador, introduciendo los dedos en la llaga por Él dejada como indicativo de Su magnanimidad. Se rumoreaba que incluso Bethania do Nascimento había ingresado en el cuerpo de monjas fedayines que preparaba Madre Juana del Cuerpo de Nuestro Señor, las implacables fuerzas especiales que habían sobrevivido a la Jihad en primera línea de fuego. Si era así, Isaías Markowitz esperaba encontrarse cara a cara con la mulata algún día.

--Reconoced que el Señor es Dios: Él nos ha hecho y somos suyos, Su pueblo, las ovejas que él guarda --entonaba el Papa desde su nave, Génesis. En todos los otros cargueros reconvertidos, los sacerdotes y obispos repetían sus gestos con algo atávico y levemente chamanístico, la coreografía de brazos y manos abiertas que se movían al compás de las palabras del Libro Santo.

El Papa cantaba la misa en español, el idioma común que había sustituido al latín de otros siglos y que ahora, reservado el inglés para los elevados asuntos técnicos, se había convertido en el lenguaje de los desarraigados de la Tierra.

--Entrad en Sus pórticos dándole gracias, alabadlo, bendecid su nombre: porque el Señor es bueno, Su amor es eterno, y Su lealtad perpetua por todas las edades.

Era el Salmo 100, utilizado por los fieles o peregrinos que entraban en el templo de Jerusalén, donde se invitaba a toda la Tierra para que experimentase la bondad de Dios. Ahora la humanidad iba a entrar en un pórtico nuevo, en un templo diferente.

Finalizada la solemne misa, la nave Génesis se adelantó al resto de la escuadra y con una pirueta imposible se zambulló en la Línea Coseriu.


* * *

Era de noche en medio del desierto. El todoterreno solar que habían robado esperaba, detenido a la sombra de un promontorio. Los dos fugitivos humanos, Greenberg y Johanssen, compartían un hatillo de frutas y contemplaban el cielo.

Entonces las vieron aparecer, una a una, puntos de luz inconfundibles a este lado del desgarrón que era Coseriu. Luciérnagas encendidas, fósforos de muerte, los fuegos de artificio que anunciaban unas explosiones que no se borrarían inofensivas en el aire.

Por primera vez en su historia, el cielo nocturno de Oasis se pobló de estrellas.



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