La ceremonia de bendición había sido corta. Tras la misa de este primer domingo de Adviento, a pesar de la congregación de fieles, Alejandro X se había mostrado escueto. Apenas una mención de pasada a los rumores que corrían desbocados por los cuatro rincones del orbe. El Vaticano jamás se había precipitado, en sus veintiún siglos largos de historia, a la hora de tomar una decisión. La Iglesia todavía estaba sopesando, tratando de digerir la noticia enviada desde el otro extremo de la Línea Coseriu.

--¿Santidad?

El Papa contemplaba la Piazza a través de los cristales a prueba de trazadoras láser de su despacho. Se volvió un instante, lo suficiente para indicar a monseñor Castellani, su secretario, que entrase. Otro religioso, vestido de negro y púrpura, siguió al primero. Tras besar el anillo papal, el arzobispo Ettore Marotta esperó a que el heredero de Pedro en el trono Vaticano condujera la conversación. Alejandro X parecía estar muy lejos de este sitio, perdido en el desierto de un mundo sin estrellas, contemplando el sarcófago que había dado un vuelco a las expectativas de toda la Tierra.

--¿Qué noticias me traes, mi buen Ettore? --la voz del Papa sonaba cansada, ronca. Unos minutos antes, mientras se dirigía a los fieles, había estado cargada de aquella tonalidad eléctrica y apaciguadora a la vez, el marchamo de su pontificado. Pero ahora, a solas con dos miembros de la Curia a los que conocía desde hacía casi cuarenta años, había perdido ese poder. Alejandro X, ante aquellos dos hombres, no era más que Giacomo Vittara, el cura siciliano tocado por la gracia del Espíritu Santo.

--Hemos estado cotejando las imágenes que monseñor Barsini nos ha enviado desde Oasis.

--¿Con la Sábana de Turín?

--Con la Sábana Santa, sí.

--Y los parámetros encajan.

--Con una aproximación del noventa por ciento. Ese hombre cuyo rostro está tallado en la piedra de esa cueva perdida bien podría haber sido, casi con toda exactitud, Jesús Nuestro Señor.

El Papa asintió, los ojos entrecerrados.

--¿Qué posibilidad existe de que todo sea un engaño?

--¿Un engaño, Santidad?

--Sabes a qué me refiero, Ettore. La Iglesia no ha estado tampoco libre de ese pecado. ¿Cuántas reliquias falsas no habrán vendido los pobres frailes mendicantes a lo largo de los siglos? Si se juntaran todos los trocitos de madera atribuidos a la Cruz de Nuestro Señor, tendríamos material de sobra para construir un arca más grande que la de Noé. ¿Es posible que el hallazgo de Oasis sea un artificio, un truco?

--Yo también soy siciliano, Santidad. Pero dudo mucho cómo podría haberse conseguido un golpe de efecto de semejante magnitud --intervino monseñor Castellani--. ¿Quién podría haberse encargado de una cosa así? ¿Con qué objeto?

--La Iglesia tiene enemigos en todas partes, Ludovico. Ahora es un cuerpo sano y fuerte, pero recuerda que hace treinta años se debatía entre la vida y la muerte, arrastrada por los acontecimientos que a punto estuvieron de arrinconarla. ¿Qué nos asegura que todo este descubrimiento no sea una treta, una añagaza para hundir Su santo nombre en el fango?

--Barsini está fuera de toda duda, Santidad.

--No desconfío del bendito Raffaello. Bastante debe tener ya con el peso de su descubrimiento. ¿Se encuentra mejor?

--Según mis informes, ha estado a punto de entrar en estado catatónico un par de veces --contestó monseñor Marotta--. Como si el encuentro de ese sarcófago hubiera supuesto para él una especie de... Revelación.

--¿Y sus acompañantes de ese día?

--El reportero es un hombre íntegro. Ya conocéis su reputación. Su actuación durante la Jihad estuvo fuera de toda sospecha.

--¿Y el sociólogo?

--Es un ferviente defensor de la conservación de una serie de valores éticos por encima del proceso de terraformación de Marte.

--Pero no es creyente.

--No es practicante. Supongo que un hombre tan ocupado como él puede estar exento de preocupaciones teológicas. No creo que esta historia del sarcófago sea invención suya. Johanssen no ama a la Iglesia precisamente, pero es demasiado laxo en cuestiones religiosas para dedicarse a torpedear nuestra fe.

--¿Y el extraterrestre? ¿El embajador yueisi?

--No tenemos demasiados datos sobre él. ¿Pero cómo pudo saber qué aspecto tenía Nuestro Señor? Que sepamos, no hay indicios de que ningún yueisi haya atravesado todavía la Línea Coseriu para visitar nuestro planeta. Y eso habría sido indispensable para cotejar las medidas y los rasgos de la Sábana.

--Además, desde la Jihad, la Sábana no ha estado expuesta al público. Medidas de seguridad --informó Castellani.

--Eso no tiene nada que ver --cortó el Papa, algo brusco--. Hay bibliografía de sobra. Y abundante material gráfico. Si alguien se ha tomado la molestia de hacer una falsificación, no tiene por qué haber recurrido a la fuente original.

--¿Pero con qué fin? ¿Qué sentido tendría para nadie simular el sepulcro de Jesucristo? Si ese fuera el caso, como de vez en cuando sucede con el hallazgo de algún evangelio apócrifo, ¿no habría sido más sencillo situar ese sepulcro aquí, en la misma Tierra?

--En Cachemira --murmuró Castellani, haciendo alusión a la herejía que indicaba que después de su falsa muerte en la cruz, Jesús se había marchado a vivir a ese lugar acompañado por María Magdalena y algunos seguidores.

--Hace apenas dos años y medio que la Línea Coseriu está abierta. ¿Una mente calenturienta idea esa falsificación, planta un sarcófago tallado ad hoc en unas montañas perdidas, convence a un yueisi desconocido contra el que no tenemos ninguna prueba sólo para engañar a la cristiandad? Es demasiado retorcido.

--Y la idea contraria, ¿no lo es?

--¿Que Cristo Nuestro Señor pudiera haber predicado también en otro planeta? ¿Quién sabe? Terminada Su misión entre nosotros, fundada la Santa Madre Iglesia, ¿por qué no empezar en otro sitio? ¿Por qué no ofrecer a los otros Hijos de Dios dispersos por el cosmos el bálsamo de Su Palabra? ¿No fue esa la misión que nos encomendó? ¿Ir y predicar a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo?

--Entramos en terreno peligroso, mi buen Ettore.

--No entiendo, Santidad.

--Ese predicador sin nombre, ese hombre que tanto parece semejarse al Hijo de Dios, fracasó en su misión. Fue ejecutado, como lo fue Jesús por orden de Pilatos. Pero no dejó una Iglesia cimentada en piedra para que se convirtiera en Su cuerpo místico. como Él hizo. Éfesos, 1:22-23. "Todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe".

--¿Qué sabemos de ese predicador?

--Poca cosa, monseñor Castellani. Hace unos dos mil años empezó a predicar en Oasis. Un mundo ateo, por inconcebible que a nosotros nos resulte como hombres de fe, debe ser mucho más difícil que uno donde distintas creencias se disputen los favores de los fieles. Quizá por eso el profeta fracasó.

--Cuidado, Ettore. No des nada por supuesto. Casi estás admitiendo sin querer que ese hombre del sepulcro sea el Hijo de Dios.

--Perdonadme, Santidad. Los datos de que dispongo no me permiten creer otra cosa.

--¿Hay más pruebas aparte de ese sorprendente parecido físico? Durante muchos siglos la Sábana de Turín ni siquiera fue considerada dogma de fe. Todavía hay quien cree que es una falsificación ella misma, pese a la resolución final que Juan Pablo III hizo.

--Lo sé, Santidad. Pero la casualidad de ver repetido el mismo rostro y las mismas medidas físicas de un hombre separado por... ni siquiera sabemos cuál es la distancia real entre la Tierra y Oasis. Sólo podemos medirla por el desfase de horas que provoca la transición. Desfase que por cierto se acentúa para quienes siguen en la superficie de ese planeta. Para ellos han pasado pocos días, mientras que en la Tierra hace ya tres meses que conocemos la noticia del hallazgo del sepulcro. Si no fuera por el descubrimiento de la Línea Coseriu...

--Un descubrimiento casual.

--O un milagro.

--Eso es lo que hemos venido llamándolo desde que esa nave de carga marciana tuvo la suerte o la desgracia de abrir ese portal. Por definición, para la Iglesia milagro no es aquel acontecimiento inexplicable que causa asombro y admiración, sino lo que ese acontecimiento tiene de revelación de Dios y de signo de salvación.

--Como permitir a la cristiandad encontrar la tumba de Cristo al otro lado de ese fenómeno.

--Es posible. ¿Qué otras pruebas has encontrado, Ettore?

--No hay datos escritos. No existen equivalentes yueisis a los Evangelios. Las andanzas de ese predicador desconocido no han sido registradas como la Palabra de Dios. Pero hay algunos datos coincidentes. Era hijo de gente humilde, su sabiduría no se correspondía con la educación que pudo haber recibido dada su extracción social. También se consideraba rey de su pueblo. Y fue torturado y ejecutado antes de cumplir cuarenta años.

--¿En crucifixión?

--No. Nada tan evidente. En la horca. Y un detalle extraño: En la base del sarcófago hay un signo parecido a un pez.

--Cristo era pescador de hombres --susurró Castellani.

--Como luego lo fueron Sus apóstoles. Como lo somos también nosotros --sentenció el Papa.

--No existen peces en los mares de Oasis --dijo Marotta--. Al menos no con esa forma. Las aguas se han vuelto demasiado densas desde hace eones.

--¿Entonces la vida en Oasis no empezó en el mar?

--¿Quién sabe? Tal vez escapó de él. El grado de salinidad de las aguas de ese planeta es más alto que el de nuestro Mar Muerto antes de que se convirtiera en lodo radiactivo durante la Jihad. Pocos seres han podido sobrevivir a ese cambio. Casi se podría andar sobre la superficie de sus mares. Por cierto, no consta que el predicador hiciera milagros.

--Existió hace dos mil años --murmuró Alejandro X--. Después de actuar en la Tierra.

--Si es Cristo --apostilló monseñor Castellani.

--Es Cristo --aseguró súbitamente el Papa. Los otros dos prelados se le quedaron mirando.

Lentamente, Alejandro X se dio la vuelta para contemplar una vez más la Piazza. Las palomas escaparon bajo el tronar de las campanas.

--Había sido anunciado, hermanos míos. Lo estábamos esperando.

--¿La aparición del Sepulcro de Jesucristo en un planeta lejano?

--Eso mismo, mi buen Ettore. Eso mismo. ¿Qué otra cosa crees que indica el tercer secreto de Fátima?


* * *


No existe la casualidad en el plan divino. Alejandro X, el Papa Vittara, lo sabía. Como sabía también que, tarde o temprano, con el atajo de Línea Coseriu o sin él, la Iglesia del futuro tendría que plantearse la posibilidad de encontrar la huella del paso del Creador en otros mundos donde hubiera vida inteligente. El hallazgo fortuito del punto que enlazaba la Tierra con aquel universo de bolsillo, simplemente, traía a reflexión un tema para el que quizás todavía no estaban preparados.

Dios caminaba por las orillas de otros mundos, sembrando Su Palabra, pregonando el milagro de la creación. Quizá en aquellas lejanas estrellas de la Vía Láctea, ahora mismo, Su Hijo, u otros Hijos, sufrían las mismas penalidades que Cristo sufrió por nosotros, sacrificándose por la redención de otros seres. No era inimaginable. No era absurdo. Hacía tiempo que la Iglesia había comprendido que el Pueblo elegido de Dios no se ceñía a una sola raza, a una sola nación. La Iglesia era el cuerpo divino, la congregación de hombres y mujeres de este planeta. Y, desde hacía varias décadas, también de los hombres y mujeres que exploraban tímidamente la Luna y el suelo rojo de Marte. Algún día, como sucedió al descubrir América, como sucedió en lejano oriente y sucedía desde hacía pocos años, con nuevos bríos, en el oriente próximo devastado tras la Jihad, los siervos de Dios tendrían que continuar con Su mandato y llevar a otras estrellas, a otros seres tal vez diferentes, la doctrina para la que habían sido instruídos.

Todo debía seguir un plan meticulosamente planeado. ¿Quiénes eran los hombres, quién era él mismo para comprender la lógica de la mente infinita de Dios? La Iglesia católica de la que él era cabeza y cetro, la monarquía absoluta continuada más antigua del mundo, había sufrido penalidades sin cuento, momentos altos y bajos en sus dos mil cien años de historia. Reformas, contrarreformas, herejías, cismas, periodos de decadencia, renacimientos, guerras santas, antipapas, deserciones.

Ahora él empuñaba el báculo de Pedro. No sabía si era digno de esa tarea, si era buen sucesor de todos aquellos nombres que habían ocupado antes que él la silla gestatoria. Sobre todo, no sabía si era digno sucesor del hombre a quien, como todos los creyentes, había reverenciado en el peor momento posible de la cristiandad. Pablo VIII, el Papa a quien algún día quizá él mismo tendría que nombrar santo.

La Iglesia era hoy, gracias al buen hacer del Papa Ditullio, más fuerte, más amplia que nunca. Católica, es decir, universal. Eterna. Superado el aguijón de la Jihad, había abierto los brazos a otras corrientes, a otras tendencias, a aquellas iglesias cristianas que siglos atrás habían sido consideradas enemigas. Reformado el exterior, el corazón seguía siendo el mismo. Ya desde el Concilio Vaticano II la ortodoxia griega y la divergencia protestante habían sido consideradas congregaciones hermanas y no herejías como antaño. A la comunidad judía se habían enviado palabras de reconciliación y pesar por el antisemitismo del pasado. Y se había expresado la admiración por los valores espirituales de otras religiones. Cuando la Guerra Santa de los musulmanes golpeó con fuerza el mundo de occidente, la Iglesia remontaba a duras penas el bache de sus horas más bajas. El Papa Ditullio, Pablo VIII, tendió la mano, y fue rechazado, arrinconado, considerado un pacifista fuera del momento actual, un anacronismo. La Iglesia condenó la lucha religiosa, pero no participó en ella, a pesar de los millones de fieles que se lanzaron al contraataque para aplastar el grito de justicia islámico, ignorados por el Occidente que salía al espacio cuando el tesoro de sus combustibles fósiles sólo se había convertido ya en un recuerdo. Fueron años de tambalearse al borde del abismo. La Iglesia recibía bofetón tras bofetón, la espalda de sus creyentes, todos henchidos de un celo religioso que Pablo VIII se negó a canalizar, pues lo consideraba confundido, impropio. La Iglesia dejó de interesar a las potencias en guerra, y se alzó como un único pabellón de cordura contra la frialdad de la reacción bélica. Y al final salió fortalecida de la contienda.

La humanidad había sufrido en una guerra de religión cuya magnitud no había tenido igual en la historia humana desde mediados del siglo XX. Los muertos se amontonaban por cientos de millones. Como Caín tras dar muerte a su hermano, los vencedores, los supervivientes se miraron las manos ensangrentadas y se preguntaron qué habían hecho. Y entonces la Iglesia Católica ofreció consuelo, timón y guía, un ancla para la culpa, la redención a aquel terrible pecado.

Quizá Dios, en recompensa, los ponía ahora en otro rumbo. Ya habían sufrido demasiado. La piedra de la Iglesia había capeado el temporal, había hendido las aguas sin resquebrajarse, endureciéndose aún más. Y la Línea Coseriu primero y el hallazgo de aquella tumba en las montañas de Oasis después indicaban un nuevo destino, un recordatorio de la Misión.

Pero Alejandro X habría deseado otros hombros más fuertes que los suyos propios para llevarla a término.


* * *


Las conversiones se producían a millares. Antes incluso de que la Iglesia tomara una decisión al respecto, la humanidad había decidido sobre la identidad del hombre del sarcófago. Era el Hijo de Dios, sin duda. Era Jesucristo. Durante todos aquellos siglos de pugnas y liderazgos, la Iglesia de Roma había tenido razón. Su religión era la verdadera. Aquí mismo tenían la certificación palpable. ¿No había dicho el propio Cristo que Su reino no era de este mundo? ¿No era normal, hasta lógico, que hubiera continuado predicando en otros planetas lejanos? ¿Qué mejor manera había de explicar el milagro de Coseriu, la imposibilidad física de aquel mundo enquistado en la burbuja de su cosmos limitado que comprender que era el punto al que Dios llamaba a los hombres?

La culpa heredada por toda una generación de seres humanos, tras el genocidio producido por la Jihad y sus consecuencias, había encontrado consuelo en el manto protector de los transmisores de la Palabra. Y ahora, para reforzar ese valor, Dios mismo se ponía delante para aclarar las dudas que pudieran albergar los descreídos. Aniquilado el Islam, absorbido el budismo y reducidos a una franca insignificancia decadente el hinduismo y las otras religiones menos extendidas, el cristianismo reunificado bajo la bandera amarilla y blanca del Vaticano era una fuerza imparable, como no habían soñado los primeros apóstoles cuando iniciaron su andadura por las tierras dominadas por Roma.

Dios existía. No había olvidado a los hombres. Y los esperaba, los reclamaba desde Su Sepulcro en el mundo de Oasis.


* * *


El Sínodo extraordinario declaró que el conflicto tenía dos ángulos. Por un lado, aceptada la identidad del hombre del Sepulcro como la del Hijo de Dios Todopoderoso en su encarnación yueisi, el clamor mundial exigía su recuperación, su regreso a la Tierra. Por otro, quizá menos importante para las masas de recién formados creyentes pero indispensable para la sagrada misión de la Iglesia, estaba el hecho de que, siendo Cristo, habiendo quedado interrumpida Su Misión, eran los hombres, Su cuerpo, quienes tendrían que llevarla adelante, para convertir al camino verdadero a las mesnadas de incrédulos habitantes de Oasis.

Prioridad por prioridad, se solicitó a los gobiernos de Oasis la entrega del Sepulcro.

Y éstos se negaron.



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Comentarios

1
De: Luis Fecha: 2008-12-23 12:06

Todavía voy por el principio y me está enganchando, pero si no hago una apostilla me muero:
Desde luego, si el rostro que hayan encontrado está basado en la sábana de Turín, ya saben que también es falso...



2
De: RM Fecha: 2008-12-23 12:08

No dejes que los hechos te estropeen un buen reportaje.

JJ Jameson



3
De: Luis Fecha: 2008-12-23 12:10

"Durante muchos siglos la Sábana de Turín ni siquiera fue considerada dogma de fe. Todavía hay quien cree que es una falsificación ella misma, pese a la resolución final que Juan Pablo III hizo. "

¡¡Aaahh!! Vale, vale, ya me callo...



4
De: Luis Fecha: 2008-12-23 12:21

Bueno, para compensar mi precipitación de antes: Gran pequeño relato...



5
De: INX Fecha: 2008-12-23 12:24

Como siempre, la prepotencia humana y sus prepotentes creencias se adelantan a cualquier otra cuaestion, más interesante en mi opinión...como pr ejemplo, saber más sobre los yuesis en sí mismos...por lo visto estos humanos del futuro no han tenido bastante con la Jihad de la que hablas y me huelo un conflicto interplanetario por una momia...que vete a saber si es o no la del hijo de dios...
No cambiaremos nunca, ni siquiera en la sci-fi...
Casi no puedo esperar a mañana ;)



6
De: RM Fecha: 2008-12-23 12:35

Luis, no sé si estás entendiendo que no es un relato: es una novella, una novela corta por entregas. Este es el segundo capítulo, tras el primero y un prólogo. Habrá en días sucesivos nuevas entregas, hasta un total de diez.



7
De: Costa Fecha: 2008-12-23 13:40

Como se entere Osama que ha perdido la guerra santa contra los infieles te la lía.
Ten cuidado Rafa con quién lee tus relatos, no te den un disgusto.



8
De: Luis Fecha: 2008-12-24 14:15

Pues había entendido que era una novela corta, por el hecho de que llevabas varios capítulos publicados, pero se me había hecho que éste era el final...

Tiene un último par de párrafos muy tajantes, y como final duro e irónico me gustaba. La verdad es que me ha sorprendido ver hoy un capítulo nuevo -El siguiente-, pero tranquilo, que ya ves que me tienes enganchado...



9
De: SPCR Fecha: 2008-12-26 22:40

Esta interesante....pero no veo a una expedicion que visita el primer planeta descubierto con vida inteligente, desviar toda su atencion en la visita de una tumba.
Antes de saber quien esta en esa tumba, seguro que tendrian otras prioridades.



10
De: RM Fecha: 2008-12-26 22:46

Van tres tíos de excursión. ¿Nunca has ido de excursión?



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