Llegué a casa cuando ya estaba bien entrada la noche. Saqué la llave de plástico y la introduje en la cerradura para abrir la puerta. Fui a encender la luz cuando me percaté de que dentro me estaba esperando alguien. Me llevé una mano a la pistola pero desistí a medio camino, porque si hubieran querido dispararme ya habían tenido tiempo más que suficiente para hacerlo. En la oscuridad pude percibir cuatro bultos y el olor agrio de un perfume desconocido. Encendí la luz y detrás de la mesa de mi despacho encontré cuatro hombres, uno de los cuales me apuntaba con un arma. Sobre el escritorio, junto al teléfono, estaba sentada una mujer.

—Buenas noches, míster Still, adelante. Como suele decirse, está usted en su casa — dijo el hombre de la pistola, el que estaba sentado en mi sitio, habiéndome en inglés.

Mi abuelo (que en gloria esté) solía repetirme un refrán cuando yo todavía era un niño y no levantaba más de dos palmos del suelo. Lo había oído en sus tiempos jóvenes, cuando recorría Indochina y Polinesia con un subfusil en la mano y una cámara fotográfica colgada del cuello. El refrán, que nunca he podido olvidar, decía así: «Nunca digas buenas noches a un extraño», y a él me agarré. Permanecí de pie en el marco de la puerta, observando los cuatro rostros desconocidos y el cuerpo sinuoso de la mujer, que era pelirroja y me miraba con una sonrisita complaciente.

—Todavía soy Steel —contesté con una mueca.

El hombre de la pistola sonrió ante el juego de palabras y bajó un poco la guardia. Es curioso cómo todo el mundo, por mi apellido, empieza llamándome «míster Steel», creyendo que soy anglosajón. Únicamente los «seguris» se dirigen a mí en holandés, trocando el «míster» por un «señor» muy educado. Es un punto a su favor, pero no cambia demasiado mi actitud respecto a ellos.

—Queremos hablar con usted. De negocios —continuó el hombre en inglés.

—La oficina está cerrada, lo siento —contesté en holandés, mascando las palabras, con ganas de partirle la cara a aquel idiota.

—No es por algo relacionado con su profesión. Queremos tener con usted una charla...amistosa.

Claro, y por eso entraban en mi casa por sorpresa cuando yo estaba fuera y me apuntaban con una pistola para que la charla fuera todavía más interesante. Sopesé las posibilidades de sacar la Luger y disparar contra ellos, pero todo estaba en mi contra. Posiblemente podría alcanzar a uno o dos antes de que hicieran fuego sobre mí y me llenaran el cuerpo de agujeritos redondos. Demonios, incluso la mujer parecía peligrosa. La más peligrosa de todos.

—Muy bien —claudiqué fastidiado—. Muy bien, charlemos. Hace buen tiempo, ¿eh? Creo que mañana lloverá, ¿no le parece?

La mujer sonrió divertida y el hombre de la pistola pareció muy azorado. Los otros tres no dijeron nada, estaban muy atentos controlando mis movimientos.

—Realmente tiene usted sentido del humor, míster Steel. Un sentido del humor muy inglés.

Hasta ahí llegué. Me volví fastidiado hacia el chico listo y le contesté con unas cuantas lindezas que le hicieron ponerse de color granate. La mujer soltó una carcajada inmensa que hizo que el pecho le vibrara arriba y abajo.

—Mierda, deje de llamarme inglés, puerco saltabarrancos. Soy holandés, ¿me entiende? Ho-lan-dés. Así que no se esfuerce en traducir, muchacho, puedo entenderle perfectamente. Además, tiene usted un acento abominable.

El hombre titubeó y bajó otro poco la pistola. Tal vez si hubiera saltado en aquel momento me hubiera podido hacer cargo de la situación sin disparar un tiro, pero seguía sin fiarme de la gata pelirroja que jugueteaba con el hilo del teléfono, así que me quedé quieto.

—Lo siento —se excusó el pisaverde —. Creíamos que era usted inglés.

—Pues no lo soy. Mi abuelo, mi padre, mi madre, eran ingleses, pero yo nací aquí. Creo que fui concebido en el avión que venía de Londres, pero nací aquí.

La mujer se volvió. Tenía unos ojos verdes magníficamente malévolos y una voz suave y sensual.

—¿En el avión? ¿Como en las viejas películas pornográficas?

La miré.

—Como en las viejas películas pornográficas.

Hubo un segundo de silencio, que me apresuré en romper porque estaba viendo que el idiota de la pistola iba a perder el hilo del asunto y me podía entrar sueño. Miré la hora en el reloj del escritorio.

—¿Y bien? ¿Qué era ese asunto tan importante que teníais que tratar conmigo? No creo que hayáis venido hasta aquí, a la una de la madrugada, sólo para hablar de mi partida de nacimiento, ¿no?

Fue la mujer la que habló. Como yo esperaba, se zambulló de cabeza en el asunto, sin ningún tipo de divagaciones. Me gustaba su estilo. Era una zorra con clase.

—Hemos venido hasta aquí porque sabemos que no le gustan los «seguris».

Eso tenía realmente gracia. ¿Había alguien a quien pudieran gustarle? Al único que yo he conocido —un retrasado mental llamado Joseph— los «seguris» le agradecieron la admiración firmándole un autógrafo entre las cejas. O la chica era tonta o tenía un macabro sentido del humor. Mirándola de nuevo, me convencí de lo segundo. No tenía pinta de ser una pizpireta.

—Ah, ¿pero es que queda alguien a quien le gusten los«seguris»? —contesté tratando de poner cara de tonto, cosa que conseguí con bastante facilidad—. ¿Vienen a reprocharme mi falta de agradecimiento o para proponerme otra cosa?

Una mirada al grupo me hizo saber de antemano que venían ciertamente para proponerme otra cosa. Creo que antes incluso de que ellos dijeran nada, ya sabía yo lo que iban a decir. Intuición, sexto sentido, supongo; o tal vez la boinita negra que lucía la mujer entre los rizos me dio la pista.

—Queremos terminar con los «seguris» —dijo el hombre de la mirada estúpida dejando sobre la mesa la pistola con un gesto de buena voluntad. Me eché a reír.

—Claro. Y a mí me gustaría vivir en la Edad de Piedra.

La mujer contestó entonces. Tenía todo el aspecto de una empedernida guerrillera.

—Estamos decididos. Sabemos que podemos hacerlo.

Había hablado con una expresión muy seria, casi sombría, y me convencí de que sus intenciones eran realmente acabar con los «seguris» y que lo harían aunque tuvieran que ir uno por uno reventándoles los circuitos.

—¿Comunistas? —pregunté en un tono menos cínico. El shock por la muerte de Carolina remitió unos pocos grados en aquel instante. Mi psiquiatra sostiene que sublimo mis frustraciones a base de respuestas llenas de cinismo y mala uva. Es en lo único en lo que le doy la razón.

—Anarquistas —contestó ella.

Tanto peor, murmuré, pero estaba realmente impresionado. No existían grupos extremistas en todo el país. No existían desde hacía por lo menos cincuenta años, y no dejaba de ser todo un riesgo colarse en casa del primer chalado con fobia a los «seguris» y soltarle de sopetón que estaban dispuestos a acabar con el Sistema y que contaban con su ayuda porque sabían que estaba lo suficientemente desiquilibrado como para aceptarles el trabajo. Demonios, la pelirroja los tenía realmente bien puestos.

Opté por sentarme, resoplando, y dejé la chaqueta colgada de una percha junto a la pared. Ellos me siguieron con la mirada pero no hicieron ningún ademán de sobresalto, a pesar de que seguía teniendo la Luger colgada del sobaco.

—¿Vais a hacer la Revolución? —pregunté mirando la nariz de la pelirroja. Resultaba extraño estar hablando desde el otro lado de la mesa, como si yo no fuera más que el cliente en vez del vendedor de escobas seguro de sí mismo.

—No. La Revolución no existe. No puede existir mientras los «seguris» sean los amos de la calle y estén armados con lásers; mientras el pueblo no tenga más que unas pocas pistolas y rifles —contestó la mujer. Lo dijo tan segura de sí misma que no supe si respondía a una consigna o si realmente pensaba lo que decía. Por supuesto tenía razón, pero aquello no me aclaraba nada de nada el maldito asunto. ¿Venían a darme una lección que ya tenían aprendida? ¿Querían hacerse los instruidos conmigo? Maldición, yo era de esa clase de cobardes convencidos que creían que no había nada que hacer contra los «seguris». Por eso estaba todavía vivo.

—¿Entonces? —pregunté cruzando las piernas. En aquel momento me hubiera gustado ser fumador para correr una nube de humo delante de mi cara. Eso siempre da mucho efecto.

Contestó el hombre de la pistola. Le brillaron un poco los ojos y su nariz pareció hacerse más larga. Ya no tuvo cara de tonto, sino que su rostro se transformó con una especie de haz místico que le hacía estar completamente convencido de su credo.

—Pensamos dar un golpe de estado. Un golpe de estado tecnológico.

Silbé sin sonido. Aquello era endiabladamente fuerte.

—¿Cómo? ¿Asaltar el Palacio de Cristal? ¿Meterse bajo las barbas del propio Haydn? ¡Estáis locos! ¡Allí hay más «seguris» que en ninguna otra parte!

La pelirroja se puso en pie y anduvo unos pasos alrededor mientras buscaba las palabras adecuadas. Llevaba un traje verde de una sola pieza, y el pantalón se le marcaba en las nalgas que eran deliciosamente redondas y firmes. No lo había visto antes, pero de la cadera le pendía un estuche de cuero negro. Por la forma, parecía una automática de nueve tiros, tal vez una Browning. Tenía un cuerpo como para embarcarse en él y ahogarse dentro.

—Precisamente. Haydn lleva cincuenta años en el poder. Se mantiene desde antes de que usted, y yo, y todos los que estamos aquí naciéramos. Antes que él estuvo Guillen, y todavía antes, Creppi, que fue quien introdujo los «seguris» y acabó con la policía humana, implantando la Ley.

Hizo una pausa y dio media vuelta, quedando de frente, mirándome con aquellos ojos enormes que quemaban. Dios, prefiero no recordar de qué forma le vibraba el cuerpo.

—Es casi un siglo en el poder. Sin preocupaciones, sin temor a posibles sublevaciones, confiados en la muralla infranqueable de la Guardia de Seguridad. Bien, la cuestión es: Eliminemos a Haydn asaltando el Palacio de Cristal. Eliminado Haydn, no será difícil eliminar a los «seguris». Muerto el perro se acabó la rabia, como suele decirse.

La miré a los ojos con un rictus de escepticismo. Si hubiéramos estado solos hubiéramos podido organizar algo realmente divertido, pero sobraban aquellos cuatro individuos. Por cierto, el de la pistola se llamaba Jhon, y parecía ser el capitoste de los otros tres, aunque la mujer —si estaban clasificados militarmente— debía tener un rango igual al suyo. El delgadito del fondo era José, y a pesar de su nombre, era largirucho y rubio, con un aspecto enfermizo y una piel extraordinariamente blanca manchada de rojo en las mejillas. Los otros dos eran seres anónimos, que no habían hablado ni hecho ningún movimiento en todo el rato y que no me quitaban los ojos de encima. Todo lo que recuerdo es que el nombre de uno era Christian. No es demasiado, pero está bien teniendo en cuenta que no es fácil concentrarse en los nombres sabiendo que pueden descargarte un tiro si tratas de hacerte el loco. Ella se llamaba Sondra, pero esto lo supe luego.

—Sí. Es fácil decirlo, muchacha —dije yo, encorvándome más en el incómodo asiento. Tuve un asomo de piedad para mis futuros clientes y decidí cambiar el sillón en cuanto tuviera un poco de tiempo. Continué:

—Pero poco menos que imposible ponerlo en práctica. ¿Tenéis idea de la cantidad de queridos «seguris» que tiene que haber sueltos allí dentro? ¿Con qué contáis? ¿Con un poco de buena fe y dos metralletas?

Ellos sonrieron. Me hicieron sentirme todavía más incómodo.

—Escúcheme, señor Steel...

—Steel a secas, encanto.

—Bien, Steel. El movimiento se demuestra andando. El asalto es difícil, para qué vamos a negarlo, pero contamos con el factor sorpresa.

—Ooh, los «seguris» se morirán del susto nada más veros entrar. ¿Cuántos sois, doscientos, trescientos?

—Pensamos ir solamente cuatro.

Solté la gran carcajada, que se me heló en los labios nada más comenzar. Demonios, si de verdad pensaban asaltar el Palacio de Cristal con solamente cuatro hombres, yo debía ser forzosamente uno de ellos. Si no, ¿para qué otra cosa me andaban buscando?

—No se ría, Steel —cortó Jhon, muy serio —. Hemos sopesado las posibilidades y cuatro hombres bien entrenados tienen más probabilidad de terminar con éxito la misión que un ejército entero.

—Y somos bastantes más que doscientos o trescientos —apostilló la mujer, contoneándose de una forma que derretiría a un batallón de «seguris», sean o no más que la mitad de un ser humano.

—Entonces me descubro ante vuestro talento. Es realmente una proeza que no os hayan encontrado nunca.

—Nuestra organización es muy eficaz —dijo José. Las únicas palabras que pronunció en toda la noche.

—Steel, cuatro hombres bien entrenados pueden sorprender a todos los «seguris» del Palacio de Cristal y enviarlos a hacer gárgaras con un plomo entre los ojos. Los «seguris» no son inmortales, ni indestructibles. Hay que ser hábil y listo para no dejarse coger.

—Te corrijo, pequeña. Los «seguris» no cogen. Matan.

—Bien, tienes razón. Hay que ser hábil y listo para no dejarse matar. Imagínate por un momento que lo conseguimos, que por fin burlamos a todos los «seguris» y nos encontramos frente a frente con Haydn. ¿Te lo imaginas?

La posibilidad era deslumbrante. Frente a frente con el peor hijo de puta que ha parido la madre tierra después de Hitler. Haydn allí, sin sus cancerberos de ojos blancos, sin sus lásers, sin sus malditos uniformes de color negro, no sería más que un anciano desvalido en manos de las fuerzas de la Revolución. Maldición, ya empezaba a pensar como si estuviera metido en el meollo con ellos.

—Me lo imagino. ¿Y qué? ¿Lo matamos? ¿Le damos un abrazo? ¿Lo lanzamos en medio de los «seguris» con una capucha para que no le reconozcan?

Ella sonrió.

—No. Nos servimos de él para llegar hasta Madre y desde allí desconectar a los «seguris» y las cuatro o cinco fuentes de energía más necesarias para el país.

Diabólico. Moví la cabeza para que continuase. A ella le brillaban los ojos y movía los labios con una celeridad poco menos que increíble.

—Entonces, desde allí, lanzamos un ultimátum al Congreso. Elecciones libres o la supresión de la maquinaria del estado. Que elijan. Naturalmente, amenazaremos con pasar a Haydn a cuchillo y volar a Madre en pedazos, mandando al país al caos.

—Naturalmente.

—Ellos se inclinarán por las elecciones libres, por supuesto. Aunque nuestro ideal sería dejarnos de estados y gobiernos, comprendemos que no está en nuestra mano llegar a ese mundo perfecto. Al menos por el momento.

—Ajajá.

—Eso es todo. Tendríamos un Parlamento democrático, como en los tiempos antiguos. Se consultaría a la gente antes de hacer nada. Ya no más «seguris», ni más lásers, ni más terror a estornudar delante de un cartel de «Silencio».

Dios santo, aquella magnífica mujer estaba realmente loca. Con una imaginación así podría ganar verdaderas fortunas escribiendo seriales para la televisión o el cine. Acabar con los «seguris» de una vez y para siempre. Acabar con el maldito Haydn y su dictadura de medio siglo. Desconectar a Madre. La idea era tentadora, pero muy poco probable de ser llevada a buen término. No mientras los «seguris» estuvieran sueltos y programados para no fallar un tiro.

—Mirad, todo eso está muy bien, de veras, pero no habéis contado con la cantidad de sistemas de alarma que tiene que haber allí dentro. Además, los «seguris» os detectarán nada más poner los pies en el edificio.

Ellos volvieron a sonreír. Parecían muy seguros de sí mismos y me hicieron sentirme como un pobre patán que no tiene idea de lo que está pasando.

—Mientras un grupo se dedica al Palacio de Cristal, otro asaltará la Central Eléctrica.

Esto atraerá hacia allí aun buen montón de «seguris» y creará un apagón en la zona este de la ciudad que durará, exactamente, treinta y cinco segundos. Antes de que los sistemas de emergencia programados por Madre entren en servicio, habremos colado a nuestros cuatro hombres dentro, listos para capturar a Haydn.

—Y confiados en su buena estrella, por supuesto. Veréis, lo que quiero decir es que el Palacio de Cristal debe ser un auténtico dédalo de pasillos llenos de «seguris» que no tendrán otro pensamiento que hacer bang a todo aquel que no esté debidamente autorizado a circular allí dentro.

Ella sonrió.

—¿Cómo podrían los «seguris» detectarnos desde un pasillo colindante o desde un nivel inferior?

Vaya una pregunta más estúpida. La pelirroja se estaba burlando de mí o estaba jugando una carta oculta. Sonreí mostrando los dientes, Jaque, muchacha, puedes empezar a quitarte la camisa.

—Por el calor. Por las radiaciones caloríficas que emiten los cuerpos que están todavía vivos.

Ella se arremangó el brazo izquierdo y mostró algo infinitamente parecido a un reloj, pero que no lo era en absoluto. Dios santo, lo tenían todo previsto.

—Esto anula el detector de los «seguris». Podríamos decir que absorbe la energía calorífica, que la camufla. Con esto en la muñeca, los «seguris» se tendrán que fiar de sus sentidos físicos, lo que quiere decir que estaremos igualados. Éste es el factor sorpresa del que hablábamos antes. Bonito, ¿no?

Y tanto. Con aquella diminuta joya uno casi podía sentirse a salvo. No parecía importar demasiado que los «seguris» tengan un oído tres veces más desarrollado que el de un hombre, o que disparen con una rapidez y una precisión que no admite margen de error, o que se sientan como en su propia casa en el Palacio de Cristal, que ninguno de nosotros había visto. Muy ingenioso, sí, pero tampoco era la solución final. Si con aquella baratija ellos se sentían como Superman, yo no.

—Tenemos algunos otros elementos sorpresa en reserva, por supuesto. Incluyendo un plano del Palacio de Cristal y las habitaciones personales de Haydn, pero no podemos revelártelos ahora. Compréndelo, no estamos seguros de que te decidas a venir con nosotros.

Conté hasta tres, tomé aire, miré a la mujer, a la pistola y a la lámpara, y entonces escupí la pregunta.

—¿Por qué yo?

La mujer no contestó, lo hizo Jhon mientras se ponía en pie y volvía a agarrar la pistola. Tuve un leve escalofrío en la espina dorsal, como un presentimiento. Si decidía no embarcarme con ellos no les quedaría otro remedio que dispararme allí mismo. Como en las viejas películas, mascarían un «sabías demasiado» y me mandarían al otro barrio con un billete de ida. Pude ver que la pistola era también una Luger, o sea que podrían representar la comedia del suicidio perfecto. Demonios, primero los «seguris» y ahora ellos. Dos veces seguidas en el mismo día resultan agotadoras. Iba a tener que terminar acostumbrándome a la idea de que no soy inmortal. Sonreí, aunque reconozco que no era el momento propicio para bromas. Algo palpitaba en mis sienes. El miedo, supongo.

—Sabemos que no eres mal chico, Steel, que eres todo lo honrado que se puede ser en un mundo como éste. Que no te gustan los «seguris», que te han jugado un par de malas pasadas en otros tiempos.

—La última de ellas esta misma tarde. Sigue.

Jhon ladeó la cabeza y continuó.

—Hemos estudiado los informes balísticos de tus entrenamientos semanales. Disparas muy bien. Un ochenta y nueve por ciento, buena nota. Casi te iguala a un «seguri».

No sé si era un halago o una broma, pero no me hizo ninguna gracia. Estaba empezando a sentir frío en la nuca y el vello de los brazos se me estaba erizando nerviosamente. Ahora menos que nunca podía moverme, porque cualquier movimiento podrían interpretarlo como un ademán de huida. Que era, precisamente, lo que yo estaba deseando hacer.

—Eres necesario para la operación, Steel. Sabemos que eres capaz de aferrarte a unaidea por muy loca que parezca. ¿Cómo se dice? Terco como una mula, eso es. Bien, estaidea es lo suficientemente loca como para atraerte. Y por supuesto, te traería beneficios. Ser considerado un héroe nacional y todo eso. ¿O es que no te gustaría ver el final de los «seguris»?

—Claro que sí. Pero ésa no era mi pregunta. Quise decir que por qué me habéis elegido precisamente a mí. Estoy en la guía, Ebenezer Steel, es fácil encontrarme. Pero quisiera saber por qué tengo que ser yo. Yo y no otro, ¿comprendes?

Jhon sonrió de una manera que me recordó al teniente «seguri» de la tarde anterior. Jugueteó con la pistola y luego dijo:

—Fácil. Nuestra computadora te eligió.

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