A Torre el más allá lo traía al pairo, que no creía ni dejaba de creer, y si hacía tiempo que había decidido por su cuenta y riesgo pasar olímpicamente del rollazo de los curas, y de los no menos terribles testigos de Jehová que ya ni daban la murga llamando tan atentos por las casas, menos le interesaba la charlatanería de aquellos tíos que lo que le echaban era un cuento y una cara al asunto que era para felicitarlos y todo, anda que no habían dado la lata en la tele hacía una semana con lo del eclipse que iba a acabar con el mundo, y menudo patazo que habían metido todos a una, desde el modisto aquel que había dicho que un cohete se iba a caer en lo alto de la torre Eiffel, el pacorrabán ese que estaba más mono aunque más viejo cuando hacía películas, hasta los cuatro o cinco mondriguetas que salían en todos los programas de la tarde, sustituyendo a las maris que acusaban de que su Indalecio les pegaba y lo único que conseguían era que cuando llegaban a casa a Indalecio se le terminaran de cruzar los cables y les pegara en el coco con la mano del mortero o les prendiera fuego junto con la colección de fotos de la boda. Era un descaro ver a todos aquellos papafritas diciendo que te leían el futuro en el aliño de las ensaladas, en las tartas de crema catalana o en los lunares del cuerpo, y hasta uno con una jeta impresionante, de hormigón armado la tenía el chavea, salió al día siguiente de que el mundo no se fuera al guano diciendo que lo que a él le privaba, su especialidad diremos, era leer los pechos y los culos, y otro al lado con cara de pardillo decía que bueno, pero que él adivinaba el futuro escrutando el sexo, o sea, metiéndote la mano en el toto y oliendo luego, o acariciándote arriba y abajo el badajo de la campana. Los había tontos en el mundo, desde luego. Y después quería la gente que los políticos presentaran la dimisión cuando no cumplían sus promesas electorales, si caían a pies juntillas en la labia de aquella jungla de vividores que tendrían que estar haciendo zanjas, si el mundo no se había acabado como habían dicho todos toditos y era para darles un patadón en el culo y ponerlos en órbita con el cohete, a ver si entonces lo caían.

Lo extraño era que a Pepito Fiestas también aquellas cosas lo habían dejado siempre frío, y hasta se cachondeó de Torre cuando éste le contó que de vez en cuando le parecía ver a un fantasma en la esquina del despachito, limpiando los parabrisas de los coches sin que nadie le echara cuenta. Cierto era que Pepito había ido cambiando con los años, suponía Torre que como todo el mundo, pero de los curas y de las monjas siempre se había burlado cuando no había tenido una actitud manifiestamente hostil, a correrlos a gorrazos a todos, a fundir los cálices y a darles de comer al tercer mundo, y las monjas feas a la clausura, vale, pero con cadena perpetua, y las jóvenes a un puticlub de carretera, para que aprendieran, y los curas que se quedaran el alzacuellos, pero que cogieran un pico y una espiocha, y a desdoblar carreteras, que ya hacía falta. El desdén que Pepito Fiestas sentía hacia la religión, o hacia las religiones en general, de eso Torre no estaba ya seguro, se hizo patente cuando un año lo convenció para que saliera con él vestido de romano, en la procesión del Ecce Homo. Torre creyó al principio que se estaba quedando con él, que estaba de guasa, pero Pepito le insistió, venga joé, si es por una promesa, y allí que se presentaron los dos el martes santo, vestidos de Caius Chulescus y de Tiberius Gaditanus, con los calcetincitos ejecutivos rojos a media pierna, las sandalias de la playa y un pestazo a alcanfor encima por culpa de la capita roja y el casco, que brillaba mucho, vale, pero les quedaba estrecho y además atufaba a netol. Torre intentó guardar la compostura, y durante los veinte o treinta primeros minutos puso cara de romano, o sea, de bruto, que no se le daba muy mal, con la nariz aplastada y la mirada perdida, superando el corte de ir con las cachas al aire, pero las procesiones ya no eran lo que eran antes y resulta que todos los demás romanos de la cuadrilla, porque aquello no era una centuria ni nada, lo que iban en la procesión era por armarla, de cachondeo total, piripis perdidos, y se escapaban y volvían a la cola con dos cervezas en la mano y otras tres en la barriga, y fumaban en las paradas, y les quitaban las pipas y los gusanitos a los niños en la calle San Francisco, y había momentos en que el Cristo se quedaba más solo que el toro de Osborne en las carreteras, porque toda la escolta mora, romana que diga, se había quitado de enmedio para cambiarle el agua al canario, tomarse dos valdepeñitas, fumarse cuatro porros o darse un magreo con alguna novia que aparecía en la oscuridad de una casapuerta con el bocadillo de mortadela, y pasando un quintal de las reprimendas del hermano manigueta. Torre y Pepito Fiestas, cierto era, no fueron la excepción, y cuando regresaron a sus casas respectivas llevaban una encima que ni en carnaval, que por lo visto eso era lo que Pepito pretendía, pasar un rato de cachondeo supremo porque algún amigo le había ido con el cante del cacao maravillao de los romanos desde hacía unos cuantos años. No era extraño que los hubieran terminado por quitar de la procesión, porque llegaba un momento en el trayecto en que más que vergüenza daban lástima.

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Comentarios

1
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-03-17 17:37

¡La leche, qué recuerdos! No por los romanos, que yo ni siquiera los recuerdo, sino por esta historia que leí (u otra muy parecida) hace 7 u 8 años lo menos.



2
De: Carlos Fecha: 2008-03-17 17:39

Estimado Rafael: Me estoy enganchando a tus Historias de Torre y al final te pediré que me las pases para publicártelas en mi editorial. Que pases una feliz Semana Santa.



3
De: el amigo de Josele Fecha: 2008-03-17 21:59

Me lo pasé muy bien con la ilegal de Torre. Pero con esta historia de los romanos me he descojonado. Qué buen personaje, Rafa. Y cómo lo echaba de menos.

Un día se te va a aparecer a decirte una verdad de las de Obi-Wan, como le pasó a Alan Moore con John Constantine. Al tiempo. Los buenos personajes trascienden a su autor.



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