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Bueno, a ver si me da tiempo a comentar la sesión de ayer, antes de que empiece la de hoy, que este año no hay tregua que valga, en la batalla de las coplas. Una sesión que se preveía, por cierto, bastante pobre y aburrida, como así fue, de hecho, debido a la ausencia casi total de agrupaciones punteras en el cartel, pues tan solo había, a priori, tres grupos interesantes, que en relación a los doce que actuaron, en total, pues no dejaban de ser, más que pocos, poquísimos. Pero en fin, supongo que estos son los sacrificios que el Dios Momo nos exige a los aficionados.
La sesión la abría, precisamente, uno de esos tres grupos esperados de la noche, y que en este caso se trataba del coro de La Viña, que esta vez, y tras su notable mejoría del año pasado, se presenta bajo el nombre de “Lo que yo te diga”, ataviado con un tipo de Nostradamus y encarnando, en definitiva, a un grupo de adivinos más bien chungaletas. Lo esperaba yo con bastantes ganas, a este coro, tras la citada mejoría que experimentó el pasado carnaval, pero lo cierto es que apenas me gustó nada del mismo. El grupo, que se ha visto reforzado, por las caras que pude ver ayer en la tele, con algunos componentes del Coro de los Niños, que este año no sale, como sabrán, continúa sonando muy bien, ciertamente, a años luz de distancia de lo que había venido siendo habitual últimamente (aunque a años luz de distancia, en su sonido, del inconfundible sello que caracteriza al coro lasaliano durante su época de mayor esplendor, también), y la puesta en escena, justo es reconocerlo, resulta bastante bonita, pero ahí se quedan, me temo, los aspectos positivos del coro, al menos para mí. La música del tango, un punto crucial en las agrupaciones de la modalidad, me pareció, sin ir mas lejos, fea, tirando a horrible, con ese final hacia arriba, y con la última silaba sostenida, al más puro estilo Broadway (a ver cuando coño se pasa esta modita y los tangos se vuelven a rematar como Dios manda, o sea, hacia abajo, y en seco, o como cantaban “Los últimos de Filipinas” que lo hacía el Quini, “con señorío, con señorío, y con majestad”), y con unos problemas de vocalización, hacia la mitad, que tampoco ayudaron a mejorar el conjunto, no. Un tanto más atinadas estuvieron las letras, especialmente la primera, quizá, un bonito piropo en el que estos coristas lamentaban no poder descubrir Cádiz cada día como lo descubren, maravillados, y casi por casualidad, tantos y tantos turistas que vienen a la ciudad de pasada, durante sus cruceros, mientras que el segundo versó sobre el asunto de Delphi, que está bien que no se olvide, y no se calle, un año después, y las promesas incumplidas del gobierno al respecto. Con una música tan poco acertada en el tango, no obstante, difícilmente lucirá ninguna letra, por buena que sea, como es debido. Tampoco me convenció demasiado el giro tan radical que le han querido dar al repertorio, más que alegre y desenfadado, ahora, abiertamente cómico, convirtiendo a la agrupación en poco más o menos que una chirigota de 45 componentes, en la línea del coro de Valdés, pero sin el talento en la autoría, y la gracia en los componentes, de este, con lo que al final queda un coro que busca ser gracioso, pero que no acaba de serlo, y que a cambio renuncia a la poesía y a la crítica seria, más acorde, tal vez, con su cuidada puesta en escena (que esa es otra, vaya, puestos a sacar un coro al estilo cachondo del de Valdés tendrían que haberse planteado un tipo y un disfraz en consonancia, mucho más divertido, y haberse olvidado de optar a la aguja de oro, como parece que pretenden, sin embargo). En fin, que es una lástima que tras la mejoría del pasado año el coro haya vuelto a dar un paso atrás, situándose, de nuevo, entre lo más mediocre de la modalidad, ya no por una cuestión de voces, eso sí, sino más bien de repertorio y de planteamiento. Esperemos que de cara a futuros carnavales vuelvan a dar con la tecla, que el año pasado demostraron que se puede, y que el coro de La Viña vuelva a estar, una vez más, donde se merece, por historia y tradición.
“Los que pasan por la cara”, era el título de la chirigota que salió al escenario a continuación, procedente de Marbella, y con un tipo de colaos en una boda. Chirigota de fiesta de fin de curso de instituto, creo que la califiqué, cuando la escuché por la radio, primero, y la vi por la tele, después, confirmando mi impresión al ver la malaje de los notas sobre el escenario. No sé quién les habrá dicho que tenían nivel para cantar en el Falla, pero quien haya sido, desde luego, se ha quedado con ellos de mala manera. En el primero de los pasodobles, además, cometieron una de esas faltas de respeto, hacia Cádiz y su concurso, que tanto me sacan de quicio, al cantar una letra de crítica política referida a su ciudad de origen. Un asunto que aquí, como comprenderán, nos importa poco o nada, que ya bastante tenemos nosotros con lo nuestro como para que vengan otros a contarnos, y cantarnos, sus penas. De los cuplés interactivos que cantaron mejor ni hablar, que seguro que en la fiesta de fin de curso del instituto habrían sido un pelotazo (sobre todo si en vez de al jurado, en el estribillo, hubieran increpado a los profes de turno), pero que en el Falla, anoche, quedó de lo mas cateto y pachanguero, la verdad.
Y llegamos a la primera comparsa de la noche, que se presentó, procedente de Punta Umbría, bajo el acascarañado título de “La cárcel de febrero”, con un tipo, cómo no, de fantasía veneciana (aunque con telarañas, ojo), que es de lo que uno se viste cuando no tiene ni puta idea de qué vestirse ¿Conocen ustedes esa expresión, la que dice que “de aquellos barros vienen estos lodos”? Pues eso es poco más o menos lo que ha pasado con esta comparsa; que como el año pasado los lumbreras del jurado decidieron pasarla, incomprensiblemente, a semifinales, este año han concursado como cabezas de serie, haciendo que la sesión de anoche solo tuviera en realidad, como dije, tres agrupaciones verdaderamente interesantes, y no cuatro, como debiera haber tenido, si no hubiera cabezas de serie tan surrealistas como esta comparsa onubense. Ya el año pasado esta agrupación de Huelva me pareció una completa mediocridad, y así me lo ha vuelto a parecer este año. Espero que esta vez el jurado la deje donde corresponde, que es en esta primera fase del concurso, naturalmente. Mención especial merecen, por cierto, los responsables de la percusión, que más ruido no pudieron meter, los hijos de su madre, con la caja y con el bombo. Qué forma de aporrear, madre mía. Espero que no hayan estado tocando tales instrumentos durante los 25 años que dicen lleva saliendo la comparsa allá, en Punta Umbría, porque sería pelín descorazonador que tras tantos años todavía no hubieran aprendido, la verdad.
De Trebujena nos llegó, por su parte, la siguiente chirigota, “Jamás jamé jamón jabibi 5 jotas”, con un tipo, de califas, no demasiado original, y una puesta en escena, hay que reconocerlo, muy cuidada. Mucho más, en cualquier caso, que el repertorio, pues aunque han mejorado, con respecto al año anterior, seguramente gracias, en gran medida, al cable que les ha echado José María Barranco, el conocido chirigotero de la capital, y aunque a nivel de música y de interpretación se defendieron, sus letras, tan importantes en una chirigota, que debe hacer reír, no lo olvidemos, dejaron bastante que desear. No acabo de comprender, por otra parte, a qué vino lo de cantar el segundo de los pasodobles, sobre el sobadísimo tema de la violencia de género, a capella, en su mayor parte, con las manos a la espalda, y todo tiesos, como quien está oyendo el himno de España (quien se ponga todo tieso para escucharlo, al menos, que no es mi caso), ya que no creo que fuera, como interpretaron los de la radio, en señal de respeto, por el tema tratado, pues apañados vamos si cada vez que tocamos en las coplas algún tema grave y delicado nos tenemos que meter un palo en el culo. Mas bien me pareció, qué quieren que les diga, un efectismo barato, con el que no sé muy bien qué pretendieron lograr. Como tampoco entiendo (para que después digan algunos que yo entiendo de esto, y cada vez entiendo menos, por mi madre) por qué tantas agrupaciones insisten en montar auténticos shows entre copla y copla, como fue el caso de estos califas, y de las muchachas que sacaron a bailar la danza del vientre, o así, entre la presentación y los pasodobles, y entre los cuplés y el popurrí. Imagino que buscan ofrecer un espectáculo lo más atractivo posible para el público del teatro, pero al final lo único que consiguen, me parece a mí, es retrasar la buena marcha de la función, y alargar su intervención más de la cuenta.
Y tras la chirigota, el primer cuarteto de la noche, y del concurso, también. “Ujensia” es como le han puesto al niño estos cuarteteros de la capital, en parte procedentes de “Leña al mono”, cuarteto que el pasado año se quedó, merecidamente, en preliminares, y en parte procedentes de “Los eurekas”, cuarteto que pasó, inmerecidamente, a semifinales. No es que sean gran cosa como antecedentes, la verdad, lo que hacía presagiar, entre ustedes y yo, una actuación cortita con sifón, como así fue finalmente, en efecto. Un humor demasiado grueso, demasiado facilón, demasiado burdo, el de este cuarteto, que apenas tuvo dos o tres golpes, todos ellos relacionados con el mal funcionamiento de la Seguridad Social, dignos de tal nombre (baste con decir, para que se hagan ustedes una idea, que casi la mitad de la parodia se la pasaron haciendo chistes a costa de la cabeza, presuntamente enorme, de uno de los personajes que representaron, en su recreación del servicio de Urgencias del Hospital Puerta del Mar). Hacia el final del tema libre, además, comenzó a notarse el poco repertorio que traían preparado, pues los últimos minutos se los pasaron haciendo el payaso, sin más, sobre el escenario. Si el jurado ha hecho los deberes, dudo que volvamos a verlos, en resumidas cuentas, aunque la gente, al menos, intentó pasar un rato lo más distraído posible con ellos, si bien tuvieron que poner bastante de su parte, ciertamente.
Con la comparsa “Divina locura”, procedente de La Línea de la Concepción, en este caso, se llegó al final de una primera parte de lo más insulsa, aunque esta última agrupación, por suerte, tuvo una intervención algo más lucida que las anteriores, sin ser nada del otro mundo, gracias, sobre todo, a su magnífico conjunto de voces, perfectamente afinado y sin ninguna estridencia, como bien se apreció en todos aquellos pasajes que cantaron suavito, suavito, como tanto agradece el oído que se haga. El tipo, de tarado, de loco, de chalado, de tonto del pueblo sin un pelo de tonto, está ya más visto que el tebeo, eso sí (recuerdo que hace un par de años se juntaron en el concurso varias comparsas que trataron el mismo asunto, como “El patio de los locos”, de Francisco Javier Sevilla Pecci, o “El manicomio”, de su primo Manuel Pecci Pinella y de José Antonio Romero Lobón, sin mencionar, claro, a los extraordinarios Quijotes del Sur de Don Antonio Martín), mientras que el repertorio propiamente dicho tampoco era para tirar cohetes, aunque se agradeció ese segundo pasodoble en el que nuestro principito recibió su primer varapalo a cuenta del lamentable asunto de la portada aquella de “El Jueves” que un pamplina decidió secuestrar este verano, retrotrayéndonos a todos de golpe y porrazo, incluso a los que no los vivimos, por fortuna, a los años más oscuros del franquismo. Lo tienen difícil, por lo tanto, para pasar de fase, pero si lo logran siempre nos quedarán sus desaprovechadas, aunque agradables voces.
Vino luego el oportuno y ansiado descanso (¡un respiro, por favor!, gritábamos ya algunos, para entonces, con las orejas esmorecías por los dichosos cascos, y los oídos rotos, también, por las dichosas agrupaciones, para qué nos vamos a engañar), y después una comparsa más, originaria, esta otra, de Córdoba, nuevamente (ustedes me dirán lo que quieran, oigan, pero lo que se consigue dándole cuartelillo a cosas como “El desembarco de la chirla” sí que es un “efecto llamada”, y no lo de los inmigrantes). “La mar imaginaria”, ha sido como han decidido bautizar a su agrupación, estos cordobeses, ya que con su tipo pretenden recrear, ellos que son de secano, eso mismo, un mar infinito, y de un azul intenso, con todos sus avíos, que como no lo tienen, pues se lo tienen que imaginar (una muestra más, diría yo, de los extraños resultados que produce adoptar costumbres, como esta del Carnaval, de otros pueblos, cuyas culturas y tradiciones poco o nada tienen que ver con las propias, aunque ellos sabrán, claro, que no soy yo quién para decirles lo que deben hacer o dejar de hacer; simplemente me limito a expresar mi extrañeza y perplejidad ante fenómenos como este). El disfraz, para quien no lo haya visto, venía a ser algo así como el del cuñado de Nelson. Pero bueno, dejo las bromas aparte, que parece que me esté ensañando especialmente con estos buenos amigos cordobeses, cuando por ahora ha sido la suya, a mi entender, la mejor de todas las comparsas procedentes de fuera de nuestras fronteras (refiriéndome con esto, ojo, a las agrupaciones que nos han llegado desde fuera de nuestra provincia), gracias a su intachable, y más que intachable estupenda afinación (ya dije que sus paisanos de “El sombrerero loco” también cantaban muy bien, y es que parece que eso sí que se lo han aprendido bien los cordobeses), y a su repertorio, algo más interesante y elaborado que el de otras similares, sin que les vaya a hacer merecedores de ningún premio, claro. Si el jurado tiene que pasar a la siguiente fase a alguna agrupación de fuera, para que los de Canal Sur puedan captar audiencia de otras provincias (que es la única razón que se me ocurre para que según qué grupos se clasifiquen, sinceramente), yo voto porque sea, de entre las escuchadas por el momento, esta Mar Imaginaria, sin lugar a dudas.
Y tras el agradable sabor de boca que dejó la comparsa de Córdoba, otra de las pocas agrupaciones que anoche esperaba el público con verdaderas ganas, la chirigota de Manolín Gálvez, titulada en esta ocasión, tras el éxito cosechado el pasado año con “Los gladiadores de la Caleta”, “El código da Viñi”, un tipo con el que vienen a ofrecer una versión viñera, y chirigotera a tope, de la Última Cena (no, la de Nochevieja otra vez no, la otra, la del cuadrito), lo cual implica tener por escenario, para la reunión de estos peculiares apóstoles gaditanos, los bares de la concurrida calle de La Palma, cualquier noche de verano, a la vez que desvelan, como en el best-seller de Dan Brown, los más ocultos misterios del barrio. Una idea que así explicada puede parecer rebuscada, y que de hecho lo es, hasta cierto punto, pero que ellos explican y desarrollan a la perfección, y con claridad meridiana, a lo largo del repertorio, lo cual ya dice bastante a favor de su calidad, supongo. Temía yo que la chirigota pegara el bajón, tras su triunfo del pasado carnaval, a causa de la marcha de dos de sus autores, el músico, Mario Rodríguez Parra, y uno de los letristas, Francisco Abeijón Ramos, el popular “Carapalo”, y a causa, también, de las altas expectativas que con su citado éxito habían levantado, pero debo reconocer que los nuevos autores, Francisco Sánchez Payán, “Pacoli”, responsable ahora de la música, y Rafael Valero Castellón, letrista de la agrupación, junto con el incombustible Antonio Rivas, me sorprendieron muy gratamente, al mantener el mismo buen nivel que ya demostró la chirigota, como digo, durante la pasada edición del concurso. Un éxito que se basó principalmente, al igual que el que volvieron a cosechar anoche en el Gran Teatro Falla estos chirigoteros, en eso tan difícil que es lograr una chirigota, no ya solo graciosa y divertida, que lo es, y mucho, sino también bonita y con encanto, por sus jechuras cien por cien chirigoteras, su exquisita musicalidad, su gracia genuinamente gaditana, y el gaditanismo que rebosa una vez más, en definitiva, por los cuatro costados de la mesa de la calle de La Palma a la que se sientan estos apóstoles viñeros para desgranar su magnifico repertorio. Un repertorio que dio comienzo con una presentación (y perdonen que las mismas palabras salgan una y otra vez, pero es lo que hay) cien por cien chirigotera, de esas moviditas, y con buenos golpes, que espabilan, encienden y animan automáticamente al personal, y con la que se lo meten en el bolsillo del tirón, explicando perfectamente, además, y de entrada, el tipo que pretenden representar (que es para lo que esta la presentación, como su propio nombre indica, aunque algunos no se enteren ni por esas), y que continuó con dos pasodobles tremendos, en música, sí, pero sobre todo en letra, aunque no vamos a descubrir ahora, claro está, al pedazo de letrista que es el señor Rivas, que es quien se encarga de estos menesteres, en la chirigota. Dos pasodobles con los que pusieron de manifiesto la cara y la cruz de La Viña, que es como decir la cara y la cruz de Cádiz, ya que el primero estuvo dedicado a relatar, de manera muy ajustada al tipo, el milagro de los panes y los peces que se produce aquí, en verano, cada año, con la llegada de la caballa, y del turismo, que logra multiplicar, pues eso, milagrosamente, el pan de nuestra casas, mientras que el segundo, un pasodoble grande, enorme, inmenso, como un castillo, de San Sebastián o Santa Catalina, lo mismo da, mientras sea viñero, estuvo dedicado a narrar las penurias que atraviesa el barrio, y por extensión la ciudad, insisto, después, durante el invierno, una vez se ha marchado la caballa, y se ha quedado Cádiz, como La Viña, sola con su soledad, teniendo que implorar a todos los santos de sus calles, de sus castillos, de sus iglesias, a los que van nombrando uno por uno, en un auténtico rosario, relacionándolos con los diversos problemas que aquí sufrimos, para que les echen un cable y el barrio siga viviendo, para que se enteren la alcaldesa y la Junta, como bien dicen ellos en el remate, de milagro. Maravilloso pasodoble, este último, insisto. No bajó el nivel tampoco, ni mucho menos, durante los cuplés, tan simpáticos como cabía esperar, y culminados por un estribillo cortito, pegadizo y al tipo, como está mandado, ni durante el popurrí, en el que se dedican a sacarle punta, con bastante arte, a lo que puede dar de sí una cenita en La Viña, ya digo, cualquier noche de verano, del mismo modo que el pasado año nos relataron lo que puede dar de sí, por su parte, cualquier día de playa en la Caleta, con lo que queda demostrado que no hace falta salir de la ciudad, ni tan siquiera del propio barrio, para elaborar un buen repertorio. Y lo de Juan Carlos Aragón, en efecto, estuvo sembrao, sobre todo, y más que el remate de la cuarteta, lo de que le dijeran que habían sido ellos, los culpables de todo el jaleo del pasodoble filtrado, “solo pa escucharlo”. Dudo que nadie vaya a tocar mejor el tema, la verdad, porque tuvieron muchísima gracia, la verdad. Gran chirigota a la que posiblemente veamos hasta tres veces más, sobre las tablas del Gran Teatro Falla, si es que no se desinflan, en los sucesivos pases, que espero que no.
De la comparsa que actuó a continuación, antes del otro plato fuerte de la noche, la chirigota del Selu, poco cabe comentar, salvo que pasaron con más pena que gloria, estos comparsistas de Puerto Real, que bajo el título de “El coleccionista” encarnaban, pues eso, a un coleccionista de todo lo relacionado con la fiesta, y más concretamente con las agrupaciones (que al fin y al cabo es lo que interesa de todo esto, qué demonios), quizá sin saber que ya en 1998, hace ahora diez años (cómo pasa el tiempo, me cago en la puta), Paco Villegas y su padre, Don Enrique Villegas, sacaron “El guardacoplas”, que venía a contar más o menos lo mismo, solo que mejor. Se agradece el esfuerzo realizado por la comparsa, en el popurrí, por llevar a cabo un recorrido guiado a través de la historia de nuestras coplas, aunque finalmente se quedara en un batiburrillo de datos soltados sin demasiado orden ni concierto (y nunca mejor dicho, por cierto, esto último del concierto). No creo que los volvamos a ver por el teatro, vaya. No durante este carnaval, al menos.
Y aquí lo dejo, de momento, que en menos de media hora comienza una nueva sesión.
Un saludo.
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