Vivimos tiempos desquiciados. Perra suerte,
haber nacido yo para enmendarlos.

W.S. Hamlet, más o menos.



La sacudida hizo que la nariz volviera a sangrarme por tercera vez en menos de una hora. Mientras trataba de retener la hemorragia y echaba mano al pañuelo, alcé la mirada al cielo. No ví nada, por supuesto. Es la desventaja de librar una guerra con metralla invisible. Las prestaciones del máser no incluyen un amplio espectro de colorines para que te distraigas con ellos mientras te mueres. Supongo que en el fondo debe ser como recibir una puñalada si eres ciego. Pero los estertores eran cada vez más violentos, y todos en Dulce Ofelia sabíamos que la colonia no sería capaz de aguantar el ataque otras cuarenta y nueve horas más, apenas un día estándar. A mi alrededor el mundo se había vuelto completamente loco. Y yo tenía que resolver un último caso antes de que la humanidad se fuera de este mundo derechita al infierno.

No lo hacía por altruismo, eso es seguro. Necesitaba dinero, y de inmediato. Un detective como yo apenas vive con lo puesto, y para mi desgracia siempre he tenido vicios caros. El ataque de los invasores no había sido una sorpresa. Lo que nos llenó a todos de indignación fue que el ejército decidiera batirse en retirada y renunciar al territorio. Demonios, ni siquiera tuvieron el detalle de preguntar nuestra opinión primero. Cuando se hizo evidente que Dulce Ofelia iba a caer en manos de los revolucionarios, todo el mundo se echó a la calle en busca de un medio de largarse con la música a otra parte. Todo el mundo menos yo. Sabía que sin billetes por delante lo único que iba a conseguir era perder el tiempo.

Por eso, cuando aquel tipo desesperado apareció en el cuchitril que siempre hago pasar por oficina me hice a la idea de que se me había abierto el cielo. Y no me refiero a la cúpula cada vez más agrietada por las andanadas de los rayos máser.

Si tengo que ser sincero, ni siquiera recuerdo cómo entró en materia, ni si se le veía apurado, nervioso, abotargado o si tenía aspecto de verdadero gilipollas. Yo estaba tan deslumbrado ante la posibilidad de echarle el guante a un par de pavos que pasé por alto todos los gemidos, los lloriqueos y la ceniza que me estaba poniendo perdida la mesa del despacho. Odio el tabaco, ¿saben? Llevo nueve años sin probarlo y aborrezco todo cuanto tiene relación con el humo. Manías de converso.

Me pareció un pobre patán. Desde luego, el caso que me presentó era patético, vulgar como una uña sucia: Su mujer le había abandonado hacía semanas. Al parecer, las descargas del máser le habían hecho circular un poco la sangre entre los cuernos y justo ahora el amigo quería recuperarla, perdonarla, hacerla regresar a casa y empezar en otro sitio una segunda parte con banda sonora incorporada y final feliz. Supongo que la mujer le hacía falta para que le echara una mano en la mudanza: Los hombres solemos ser unos manazas a la hora de preparar el equipaje.

El amor es ciego, ¿no? Si el pobre diablo creía que ahora que Dulce Ofelia se hundía en mierda su mujer volvería al redil, tanto mejor para él. Se lo dije muy claro: Tal vez hubiera encontrado pasaje en alguna de las miles de naves que escapaban del planeta con el rabo entre las piernas. Tal vez ni ante la perspectiva de tener que servir de alivio rápido a dos docenas de sementales revolucionarios quisiera regresar con el hombrecito de su casa, ese que le manchaba las camisas y le rechazaba los platos de sopa y se quejaba de la falta de sal en los almuerzos. Tal vez no me diera tiempo de encontrar a su Dulcinea en medio del manicomio en que se había convertido la colonia. Sinceramente, no me apetecía nada que los invasores me cortaran las pelotas mientras yo iba dando tumbos con el holograma de una desconocida en el bolsillo.

Cuando conseguí que triplicara mi tarifa habitual (podíamos considerar que estaba haciendo horas extra a pesar de que el tiempo nos corría a la contra, ¿no?), lo dejé con la nariz sangrando y me puse a patear las aceras. No es que le descargara un puñetazo al pobre infeliz, no. Los efectos del máser, ¿recuerdan? Entre la ceniza y la sangre, había acabado por ponerme perdida la alfombra. Dada la situación, consideré un feo por mi parte cobrarle el precio de la tintorería en la factura. Todos podemos tener una mala tarde.

Lo que un detective como yo tiene son sus contactos para cortar camino, sus fulanas para desahogarse un rato y dárselas de buen samaritano, sus polis latosos con los que hacerse mutuamente la vida imposible y sus hampones para partirse la cara de vez en cuando. No es que me la hayan roto demasiadas veces, pero en alguna que otra ocasión he recibido más que dado. Los hampones estaban haciendo su agosto vendiendo a puñados pasajes en naves que no eran más que montones de latas vacías y papel maché con una capa de purpurina. Los polis latosos hacía ya días que habían desistido de intentar reducir los disturbios callejeros y se habían quitado de en medio usando todo aquello capaz de volar y llevarlos a la estación orbital más segura. Las fulanas tenían la boca llena, ofreciendo su consuelo de última hora a los desgraciados conscientes de que jamás iban a poder escapar de este condenado planeta. Son los curas de nuestro tiempo, pero en especias. Si no encontraba a mi bella desaparecida, dentro de menos de un día yo también tendría que buscar un agujerito donde esconder la parte más vergonzosa de mi persona.

Sin hampones, sin polis, sin fulanas, no me quedaba más remedio que recurrir a mis contactos. Quién hubiera dicho que para la miseria que les pago iban a poder largarse de Dulce Ofelia antes que yo, ¿eh? Pero así de feas estaban las cosas. Ninguno de mis colaboradores habituales podía tener más pasta que yo, era imposible. O habían asaltado la banca de alguno de los casinos o el máser tenía alguna otra propiedad aparte de hincharme las narices. El caso es que no vi a ninguno por ninguna parte.

Afortunadamente, cuando ya desesperaba de encontrar a nadie, me topé de bruces con Weirdo Willie. Su olor es inconfundible, y para mí fue una suerte que sufra una de esas enfermedades de laboratorio, creo que es lepra V o sida XXIII, que hacen que se desparrame en una atmósfera artificial y contagie a todo el mundo en menos de lo que se tarda en decir vade retro. Con semejante pedigrí, Weirdo Willie no había encontrado pasaje en ninguna nave, ni siquiera en las de chatarra con las que timaban a los incautos mis viejos conocidos. Tampoco parecía molestarle demasiado. Weirdo Willie está un poco tarado, y sabía que sus habilidades serían útiles al ejército revolucionario cuando por fin cayera la barrera que nos mantenía a todos histéricos y de momento a salvo. Cosa que sucedería dentro de, exactamente, cuarenta y una horas y catorce minutos (sé que es una tontería contar también los segundos).

Las habilidades de Willie son muchas, pero la que me interesaba era una sola. ¿Saben ustedes lo que es memoria fotográfica? Entonces pueden formarse una vaga idea de lo que es capaz de hacer mi amigo. Le enseñé el holograma, él puso los ojos en blanco, arrugó un poquito los labios, como si fuera a decir «uh», y me contó dónde había visto por última vez a la bella de mis sueños. Aparte de que Dulce Ofelia no es una colonia excesivamente grande (cincuenta mil almas, la mía excluída), Weirdo Willie se pasa la vida deambulando por las calles, archivando rostros. Viene a ser más o menos una versión cuántica de la típica portera chismosa. ¿Quién puede reprochárselo? Weirdo Willie no tiene otra cosa que hacer en todo el día, excepto desintegrarse a trozos una vez cada seis meses. Ninguna medicina ha podido detener su deterioro, aunque el hijo de mala madre aguanta más que el almirante Nelson, ese que se murió en Trafalgar porque ya no le quedaban más partes del cuerpo por perder. Siempre imagino a ese hombre como una especie de monstruo de Frankenstein de la marina real. No me hagan demasiado caso.

Un soplo de Weirdo Willie, babas aparte, es siempre un soplo de calidad. Fui a la dirección donde había visto a la costilla de mi cliente por última vez. No estaba allí. Me dijeron que la habían visto trabajando en un night club cuatro calles más abajo. Le deseé un buen día al informante (un funcionario japonés que estaba muy atareado preparándolo todo para hacerse el hara kiri), y volví a ponerme en marcha.

Tuve que romper un par de narices para conseguir entrar en el night club. Pertenecían a dos tipos enormes y con aspecto antipático (supuse que tampoco tendrían posibilidad de comprar pasaje a ningún precio), que se negaban en redondo a dejarme pasar sin pagar la entrada por más que yo les aseguraba que no tenía ninguna intención de hacerme donante de su banco privado de semen, pero con la ayuda de las descargas del máser hacerles un poquito más de sangre en la cara fue pan comido.

Estaba quitándome trozos de nariz ajena de los dedos, sofocado por el humo de medio millar de substancias diferentes y molesto porque no veía a más de un palmo, cuando localicé a mi bella. También le sangraba un poquito la nariz, como a todo el mundo, aunque no pondría yo la mano en el fuego por la intervención del máser en todo aquello. Tenía ese tono vidrioso en los ojos que suele anunciar una dependencia no muy aconsejable del terminatol, pero como había poca luz no quise dármelas de moralista y esperé a que terminara su trabajo.

Con un hilillo rojo en las fosas nasales y otro blancuzco entre los labios, mi bella abrió todavía más los ojos cuando vio que me saltaba la cola de desesperados y pacientes parroquianos, pero mi pistola habló por si sola, sin que fuera necesario conectar su voz artificial, pues últimamente, no sé por qué, me toca bastante los nervios.

--¿Bridget Vásquez? --le dije, mientras mantenía a raya a la tropa mostrando amablemente mis dientes falsos--. El nombre es Grendel. Me envía su marido.

Uno aprende a catalogar gentes y situaciones con una velocidad pasmosa. La mujer me miró con asombro y con un poco de asco (hacía varios días que no me afeitaba, tal vez fuera por eso), y antes de que abriera la boca supe que iba a ponerme verde. Calibré la situación en dos segundos. Ya se lo había dicho yo (sin demasiado énfasis, por supuesto), al atontado de su marido. La buena mujer no iba a estar dispuesta a volver a casa: Ni siquiera era Navidad. Y en aquel burdel de mala muerte parecía haber encontrado su perdida vocación de artista.

Uno aprende también que hay prioridades en esta vida. La mía, concretamente, es una de ellas. Se me acababa el tiempo, tarde o temprano también se acabarían los pasajes para escapar de este lugar (a la velocidad con que se movía la gente, nadie iba a esperar al último minuto), y enzarzarme en una discusión con la bella ofendida acabaría además con mi paciencia. Puestos a acabar por acabar, era mejor hacerlo pronto y por la tremenda.

No tengo un buen gancho de izquierda (doy mejor los uppercuts de derecha), pero tenía la mano de firmar ocupada con la pistola, y de todas formas la barbilla de Bridget Vásquez no era de adamantio ni nada por el estilo. La pobre puso los ojos en blanco, escupió un borbotón de saliva mezclada con esperma que me puso perdida la chaqueta y se desplomó en mis brazos como una muñeca hinchable a la que acaban de dispararle un dardo.

Los parroquianos protestaron porque les había dejado sin desahogo en lo que tal vez fueran (y sin tal vez, demonios: si tuvieran esperanza de largarse de aquí no estarían en ese sitio arriesgándose a contagiarse de media docena de variantes de gonorrea), sus últimos minutos de vida. El más vocinglero demostró tener una hermosa voz de barítono. Lástima que desafinara un poco, pero ya quisiera yo haber visto a Carusso cantando Rigoletto con un tiro en la rodilla. Me cargué a la buena de Bridget al hombro y salí tal como había entrado por la puerta. Los dos matones debían de estar todavía buscando sus narices, porque no me molestaron.

Cogí un taxi. Es una suerte que existiera un servicio automático, porque el conductor humano debía estar a estas alturas camino de Factor Equis, o tal vez guardando cola en cualquiera de los muchos prostíbulos de esta zona. Le dí la dirección del marido de mi bella a la máquina, y esta arrancó sin protestar ni hacer ningún comentario sobre el tiempo, las vibraciones periódicas que me habían convertido la nariz en una hamburguesa machacada o las barbaridades que harían los rebeldes cuando entraran en la ciudad y nos pasaran a todos a cuchillo. Las máquinas, claro, no tienen ningún problema político: Pase lo que pase, siempre les espera su puesto de trabajo.

A mí me esperaba Brandon Vásquez. Como suponía, con las maletas preparadas y el dinero listo. Me di cuenta de que estaba impaciente por largarse del planeta. No pude reprochárselo, pues a mí me pasaba lo mismo, aunque todavía no tenía la pasta para el pasaje, ni idea de dónde encontrarlo con la seguridad de que no fueran a timarme.

Tendí a la mujer en un diván, y él me mostró su agradecimiento estrechándome la mano. Yo habría preferido el fajo de billetes por el que me había manchado la chaqueta, pero él se demoraba. Miré el reloj. Treinta y nueve horas veinte minutos.

Una nueva sacudida imperceptible. Nuestras narices sangraron. Me encogí de hombros. Uno acaba por acostumbrarse a todo. Bridget se agitó en su sueño, tosió para no atragantarse con su propia sangre y abrió los ojos. Vio a su marido y empezó a proferir una sarta de insultos que me habrían puesto colorado si no los hubiera estado esperando (soy un tipo realmente previsor). Me pregunté si los habría aprendido en su nueva profesión o si aquella era la charla común en un matrimonio tan bien avenido como aquel.

Deduje (soy muy observador) que la mujer había abandonado al calzonazos de Vásquez después de la enésima pelea. Deduje que Vásquez se moría de ganas de recuperarla ahora que todavía tenía tiempo: Dentro de treinta y nueve horas dieciocho minutos sería ya imposible. Parafraseando a alguien, mañana no sería otro día. Deduje que él había perdonado y que ella, arrastrada en la marea de la vida, no lo había hecho. Deduje muchas cosas, pero también meto la pata de vez en cuando.

Me equivoqué, querido Watson. Brandon Vásquez dejó que su mujercita del alma dijera un par de tonterías más. Entonces sacó una pistola y le metió un tiro entre las mismas piernas. La mujer se desplomó, las rodillas dobladas hacia adentro, como un caballo con demasiado peso. Se miró la mancha roja que le cubría todo el vientre y entonces un nuevo impacto en el pecho izquierdo le arrancó la mitad del torso. Otro disparo, esta vez en el pecho derecho, le voló el resto de la blusa y el pezón. Ya estaba muerta cuando la cuarta bala le abrió un tercer ojo en mitad de la frente.

Yo me había quedado de piedra. Por entre el reguero de humo asomó la nariz ensangrentada de Vásquez. Desenfundé la pistola y le apunté, por si acaso. El sonrió. Se guardó la pistola en el bolsillo y sacó un fajo enorme de billetes. Me los lanzó y los cogí al vuelo con la mano izquierda. Su sonrisa de tigre me daba miedo, y ni por un momento dejé de buscarle el quinto espacio intercostal con la boca de mi arma.

--Mi nave parte dentro de quince minutos, Grendel. No quisiera llegar tarde.

Cogió la maleta, el sombrero y una gabardina gastada y se marchó tranquilamente por la puerta. Sabía, mejor que yo, que no iba a mover un solo dedo por detenerle. Supongo que era el signo de los nuevos tiempos. Aquel hombre no era un mafioso, ni un traficante, ni siquiera un político. Era un tipo de lo más normal, jodido como cualquiera, anodino y zafio como el mecánico del taller de enfrente. Pero la ocasión la pintaban calva. La semilla del crimen no da en modo alguno frutos amargos y puede que la venganza sea un plato que se come frío, pero ya hace siglos que inventaron el microondas.

Era un crimen perfecto y yo su único testigo. Miré el cadáver de Bridget Vásquez, el reloj en mi muñeca, la pistola en la otra mano. Treinta y nueve horas doce minutos. Ni uno más. Ni uno menos. Justo el tiempo que me quedaba para buscar un pasaje que me sacara de aquel sitio. Yo era el único testigo. Pero no era juez, ni jurado.

Los billetes crujieron en mi mano. Los guardé. Me pagan para que meta la nariz en otros asuntos, no para que los huela. Tenía que encontrar una nave, y de inmediato. A Dulce Ofelia, mañana mismo, se la habría llevado el viento.

Salí a la calle enloquecida. El reloj, mientras tanto, siguió corriendo. También él tenía prisa, pero no iba a llegar a ningúna parte.


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Comentarios

1
De: Juaki Fecha: 2008-01-09 20:47

De tu producción, este ha sido siempre mi cuento preferido, incluso por encima de "Nunca digas buenas noches a un extraño", que viene a ser el segundo :))

Y que no me canso de releerlo, oshes :))



2
De: V. Fecha: 2008-01-09 23:33

Mira, a mí también me gusta mucho éste, aunque no sea mi preferido.



3
De: Luis Fecha: 2008-01-10 16:05

Sí, me suena haberlo leído ya, sí.

¡¡Detectives, invasores, drogas, situaciones sexuales desagradables, adamantio, máquinas, violencia!! ¡¡Lo que se dice Cyberpunk!!

Eso sí, me gustaría preguntarte cuanto tiempo hace que lo escribiste.

Por cierto, el dibujo escogido para ilustrarlo me indica que roleas o has roleado de vez en cuando... Ocios frikis...



4
De: RM Fecha: 2008-01-10 17:02

No, no he roleado en mi vida. El buscador de imágenes de Google es lo que tiene.



5
De: Juaki Fecha: 2008-01-10 20:35

Y lo escribió, he de añadir, antes de que la mayoría de nosotros supiera siquiera lo que era el cyberpunk. Incluso escribió "Nunca digas buenas noches a un extraño" antes de que Gibson vomitara "Neuromante"...



6
De: RM Fecha: 2008-01-10 20:46

"Nunca digas" (si lo encuentro lo cuelgo por aquí) es del 78. Este cuento debe ser del noventa y poco.



7
De: RM Fecha: 2008-01-10 20:52

Del 91, probablemente: la frase de Hamlet es tal como la dice Mel Gibson en la peli, y escribí el cuento poco después de verla.



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