Nuestros amigos los poetas publicaron entonces un par de libros de verdad, no como el panfletito de Téllez, y lo presentaron una tarde en un Instituto Columela completamente vacío que indicaba, por si aún no lo habíamos advertido, que el vuelco de los intereses generales iba por otros derroteros menos dados a poesías y laureles. Nosotros, que habíamos llenado por dos veces aquel local enorme, con el mismo éxito de taquilla y público que Dagoll Dagom y su «No hablar en clase», presenciábamos ahora que el castillo de naipes se había derrumbado hasta sus cimientos.

Para colmo de males, el Colectivo decidió gastarles una broma y, mientras ellos recitaban sus poemas ante el público casi inexistente, nosotros hacíamos saltar al aire, de una mano a otra, los tomates que Leo había traído de su puesto de frutas. La intención era esperar a que terminara el recital, tirar los tomates y luego aplaudir, solamente, pero por lo que se ve tener a cinco o seis chavales en segunda fila con una sonrisita en los labios y un tomate de buenas proporciones con deseos de convertirse en pelota de primera base no era una perspectiva muy alentadora. José Ramón Ripoll no supo estarse callado y metió la pata.

—Oye, no se os ocurra tirar esos tomates.

El que le lanzó Juanito estuvo a punto de estamparse en su coronilla. Los demás no hicimos blanco por muy poquito (mi proyectil rozó a Jesús Fernández Palacios). Esa fue nuestra última actuación en público. Los poetas se enfadaron con nosotros y pasó algún tiempo antes de que pudieran perdonarnos, si lo han hecho.

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