Con dinero de su propio bolsillo, porque el Colectivo jamás volvería a tener un duro, Leo le pagó a Téllez la edición de un libro de poesía, Historias del Desarrollo, que se imprimió, no había otro remedio, en el mismo sitio tenebroso que nuestro número cuatro, pues no habíamos terminado de pagar las deudas con la imprenta de verdad, ni lo haríamos nunca.

Téllez me pidió que le escribiera el prólogo, y lo hice con ilusión, contando como ya he contado aquí (espero que con menos habilidad) la historia del perrito caliente sin mostaza y la chaqueta azul marino del día en que nos tropezamos, y añadiendo por encima algún comentario sobre su poesía con la que tanto me identificaba. Hubo gente que dio en decir que el prólogo era lo mejor del libro, como también dijeron que el fragmento de poema propio que complementaba al ahorcado de Jaramago-5 era el mejor poema de todo el número, para mi sonrojo, con lo que hicieron un flaco favor al trabajo de mi amigo.

El librito como tal no era ni fu ni fa: la sempiterna portada de Miguel Martínez, con la caricatura de Franco sobre un montaje fotográfico de flechas y pelayos, y el acoso o el saludo de un buen puñado de personajes de tebeo de nuestra infancia (porque de eso trataba el libro, de la infancia, del pasado). Para ser un libro de poesía, la verdad, Historias del Desarrollo resultaba poco ortodoxo, pues tenía ilustraciones, reproducciones de discursos inmovilistas de Carrero, retazos de noticias periodísticas más bien curiosas y erratas, sobre todo muchas erratas, más las inevitables huellas de dedos de los tipos de la imprenta.

Los poemas de Téllez se caracterizaban entonces por ser muy anchos, poco estilizados en su forma gráfica, por lo que a veces el verso ni siquiera cabía en el renglón. Los de la copistería lo solventaron a golpe de tachón o de tijeras, reduciendo el tamaño de lo reproducido o cambiando de tipo de letra entre un poema y el paralelo. No me extraña que en años posteriores Juan José haya borrado aquel espanto de su bibliografía.

El libro se anunciaba como una producción del Colectivo, aunque no era verdad, porque el Colectivo no andaba para producir nada, y pese al atentado a la estética y el sentido común que suponía se vendió bastante bien, para alborozo de Leo, que ya soñaba con editarse cosas propias. Algún poeta consagrado y admirado escribió a Téllez poco después comentándole que le había gustado el libro, pero que lo veía demasiado marcado por una represión política que, cuestión de edad, Juan José no podía haber vivido más que de oídas; yo mismo venía a decir lo mismo en mi prólogo. Desde entonces, Téllez ha ido evolucionando en su producción, sin dejar de hacer poesía social (si es que eso hacía), pero moviéndose muy por delante a la etiqueta, con unos indudables valores morales y estéticos que tendrían que haber hecho de él ya mismo un grande de las letras si este país no fuera lo ha sido siempre.

Hicimos la presentación de rigor en un palacete rococó con muchos focos y un montón de altavoces por todas partes. Téllez se quedó con el personal recitando un poema («Gora, Gora») en un idioma propio que hizo pasar por vasco, y Juanito Mateos empezó a reírse con esa risa suya tan característica y yo le acerqué el micro a la boca y las carcajadas de reprodujeron en cuadrafónico, contagiando paredes y espejos venecianos como un huracán incontrolable. Nadie pudo aguantar la risa ni el pipí durante un buen puñado de minutos. Luego, en la calle, terminado el acto, Juanito se molestó conmigo por mi hazaña.

El verano se nos fue entre protestas por la presencia del Esmeralda en la bahía y tertulias literarias más bien sosas, donde los poetas viejos, los de renombre y aburrimiento, copaban las conversaciones con su amor desaforado por el pesado de Juan Ramón y no nos dejaban a los demás meter palabra ni contar un chiste. Todavía recuerdo con sonrojo cómo a aquel joven autor de La Isla, con sonrisita de desdén, le obligaron a explicar un poema recargado y bellísimo, lleno de imágenes que ellos no quisieron entender, ni les dio la gana, para que dejara en claro ante sus ojillos miopes de consagrados a la nada que un «golfo estrellado» no tenía que ser precisamente una bonita postal mediteránea sino un sinvergüenza con galones. La poesía de combate estaba perdida. Salidos de su madriguera o de sus cátedras, los poetas de derechas se sumaban a un panorama cultural que ya se apagaba por momentos, tal vez debido a su presencia.

Aquellas tertulias las impulsaba un espejismo que nos tenía a todos enganchados desde hacía unos pocos meses, algo llamado «Congreso de Cultura Andaluza» que creíamos iba a poner al país patas abajo y que quedaría, poco después, perdido en el laberinto de sí mismo, sin conclusiones ni más hazañas, diluido como un terrón de azúcar en un vaso de agua turbia. Una de las actividades paralelas patrocinadas por aquel congreso fantasma era también un programa radiofónico aburrido y nacionalista andaluz que presentaba y dirigía Manolo González Piñero con más ilusión que audiencia. Manolo nos llamó un jueves a Radio Juventud para hacernos una entrevista al Colectivo Jaramago y le debió de gustar mi voz, pues me propuso que le ayudara en la creación del programa de la semana siguiente, dedicado a Almería.

Manolo tenía una casa antigua justo en San Juan de Dios, sobre la parada de taxis y la reventa de entradas para el Trofeo Carranza, y durante dos o tres semanas Juanito Mateos y yo acudimos a las cinco de la tarde todos los miércoles, un día antes de la emisión, para escribir el guión y reírnos con sus salidas y soportar a su hija, un torbellino de dos años que no había quien pudiera quitarse de encima. Uno de los detalles que me extrañó de la casa de Manolo fue ver que en su estudio, junto a la bandera andaluza que tanto creíamos amar, había también una banderita roja y gualda.

Por entonces teníamos todos cierto afán republicano que en la mayoría de nosotros no desaparecería, me parece, hasta la noche célebre de transistores y tanquetas, y le señalé a Manolo lo que me parecía una contradicción. Manolo, que era algo folklórico, muy senequista, charlatán y burlesco casi siempre, se puso de pronto muy serio y me dijo, marcando las palabras, pontificando como si fuera Antonio Gala:

—No te olvides de que yo he jurado esa bandera.

Fue una lección que me ha acompañado desde entonces.

Manolo militaba en el PSA, me parece, a punto ya para pasar a la primera división de partidos mayores, y trabajaba en Astilleros como delineante u oficinista. Tenía a sus espaldas un pasado de niño seminarista o algo así, y me entregó el programa para mí solito porque bailaba también en el grupo que dirigía su mujer y no tenía tiempo para simultanear ambas cosas (Manolo, metido en política, sería durante varios años Concejal de Cultura del ayuntamiento gaditano; yo siempre he creído que tenía además carisma para ser un buen alcalde).

Me vi de pronto, ese verano, con la responsabilidad de escribir y presentar cada semana, en directo, tras el rosario de las siete, un programa sobre andalucismo, que yo sentía pero del que no tenía más idea. Menos mal que el libro «Andalucía tercer mundo» me echaba una mano (jamás hemos pagado a Antonio Burgos el haberle pirateado cada semana sus palabras por las ondas). El acompañamiento musical de cada monográfico, entre Jarcha y Aquaviva, lo remataba con Serrat, que había regresado ya a España tras su aventura mexicana, haciendo que el doble que le salió por aquí en su ausencia se perdiera por una cloaca y se olvidase para siempre (¿se llamaba Paco Martín?). Serrat era catalán y no andaluz, lo que podría chocar un poco con el contenido del programa, pero yo me las apañaba para que cada frase antes de la música tuviera alguna relación con la canción que iba a sonar a continuación. Además, a ese programa (se llamaba Portavoz), a aquella intempestiva hora de verano no lo escuchaban ni las viejas beatas, que apagaban el receptor tras el rosario (detalle comprobado).

En octubre, a punto de empezar un nuevo curso universitario, dejé con pena el programa en manos de Juanito Mateos, después de haber escrito el último guión. En Radio Juventud, que eran algo de derechas y nos miraban con mala cara cada jueves cuando llegábamos para adueñarnos de los micrófonos, aprovecharon en seguida el cambio de presentador y, sin dar más explicaciones, sabiendo que el afamado congreso no era más que una cortina de humo, cancelaron el programa. No se perdió gran cosa.

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Comentarios

1
De: Pepe Contreras Fecha: 2007-12-22 17:31

Hola, hace tiempo que tengo en mis enlaces y no sé cuantos entrarán en tu blog por eso, pero yo soy uno de ellos. Enhorabuena, y que sepas que el disco-forum de protesta más multitudinario que se hizo en Cádiz en protesta por la presencia del buque Esmeralda, lo hice yo en la Casa de la Juventud, en Jerez. Lo recuerdo con orgullo y cariño...



2
De: Gina Fecha: 2008-02-01 13:48

Después de todos estos años sigo siendo un torbellino... Siento haber descubierto tu blog tan tarde, pero desde ahora seré una de tus incondicionales. Un besote.



3
De: RM Fecha: 2008-02-01 15:22

Un besote, Regina.



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