Cuando Manolo Chulián se marchó ya para siempre de nuestras vidas, y como Miguel Martínez vivía muy lejos y Téllez tenía la compañía de Ana, Juanito y yo reforzamos día tras día los lazos de amistad que nos unían desde poco después de mi cumpleaños.

Por su aspecto desinhibido y noblote, de niño ochomesino criado con mucha pringue y mucho frite, Juanito se hacía querer, se dejaba ver, y encarnó muy pronto, ya lo he dicho, al símbolo por el que era conocido todo el Colectivo. Buscaba mi consejo cuando no le quedaba más remedio, algo que hizo con prontitud milimétrica durante otros diez o doce años, casi siempre para escuchar con la cabeza gacha mis reproches y hacer luego, lo natural, cuanto le venía en gana. Juanito Mateos iba a ser mi Peter Pan, sí, pero sin quererlo, hasta en mi contra, yo me ví adjudicado al papel de encarnar su Pepito Grillo, su conciencia.

Era la época de las confesiones, de reparar con palabras no haber compartido una infancia en la que, sin duda, nos habríamos peleado a puñetazos por cualquier tontería insignificante. Fue así como supe que uno de sus abuelos, el que todavía vivía en el pueblo, emigró siendo muy joven a Cuba (Juanito lo imitaría muchos, muchos años más tarde, cuando dio portazo a sus amigos y cerró su risa a cal y canto), y que volvió cantando habaneras sobre una guitarra sin cuerdas, cosas como «Mi Cirujeda querida» o algo así, que le habían hecho ganar allá en Cáceres el sobrenombre cirujedano para toda la familia. El otro abuelo, el que nos invitaba a cervecita en Los Lunares y sonreía arrugando mucho los ojos, como un niño grande, casi un personaje de Spider-Man, el Remendón o el Buitre, se ufanaba de no haber visto jamás desnuda a su mujer, era viudo y conservaba la castidad desde hacía la tira de años, había servido en los dos bandos durante la guerra civil, igual que tanta otra gente, y sobre su conciencia pesaba haber fusilado a un pobre infeliz con un trabuco. Yo consolaba a Juanito intentando hacerle ver que podría haber sido aún peor, a puñaladas (el abuelo me caía muy bien y el sentimiento era mutuo).

Juanito tenía un hermano pequeño y no tan rubio como él, algo desangelado, aunque con el tiempo acabaría pareciendo su doble clónico, y una hermana alocada y protestona, una grunge adelantada de su fecha (o una hippie retrasada de la suya), que tenía unas cuantas amigas que no desmerecían en nada a las francesitas que ya se iban convirtiendo en un espejismo en nuestra biografía: Carmen Mari, una especie de James Dean femenino, una naricita despellejada con la que nunca intenté nada porque era un poquito más alta que yo, y además le gustaba otro tipo de música; o María del Mar y Charo, hermanas y casi gemelas, dos verdaderas jacas al trote, carne morbosa y prieta con un no sé qué de años cuarenta en las faldas que siempre les quedaban tensas por las caderas, las actrices que inconscientemente imaginaba como protagonistas de la versión cinematográfica de «Las Ninfas». Juanito tenía también una madre algo bruja a la que se le apareció un ángel en el Puerto, cuando buscaba una cura a la lejía que se había bebido la montuna de su hija.

Como yo andaba enamorado, Juanito se convirtió en el confidente al que, sin rubor ni medias palabras, contaba de pe a pa cada día cuanto me pasaba, para que me ayudase a adivinar si los sís eran nos o los nos eran sís (tampoco tenía ni puñetera idea), y se nos perdían las horas sentados en un banco verde y raído del que hubo que huir cuando alguien nos avisó que tenía pulgas. Juanito me escuchaba con atención, sorbiendo todo lo que le contaba con la boca abierta, mis proyectos de historias, mis novelas de terror y de fantasía, mis sueños eróticos; fue sin duda mi primer fan (más que eso, seguro, mi primer amigo verdadero, sin demandas). Yo le regalaba los Penthouse cuando me cansaba de arrugarlos o no me cabían en los escondites de mi casa, y le relataba cada tarde, muertos de frío los dos, los progresos de «Insólito Esplendor», de un recién descubierto Stephen King, matándole el intríngulis para cuando él lo leyera después, pero sabiendo que, en mi narración oral, noche tras noche, había un singular capacidad que he heredado de mi madre, la habilidad de referir un clímax que a lo mejor, no sé, después no he sabido transmitir de la misma manera en mis novelas.

Juanito tenía la virtud, o el handicap, de que todo el mundo que se acercaba a su vida lo hiciera para intentar quedarse, apalancándose para siempre al calor de su risa contagiosa y su melena de sol desmadejado, pero sólo unos pocos conseguían no pasar de largo y perderse entre las sombras de los rostros reconocidos o esquivados en una multitud carnavalesca. Yo le contaba mis cosas, claro, y Téllez las suyas. Juanito presumía de ser un gran besador, cualidad que había aprendido de una gitanilla descarada y algo puta. Téllez parecía un curita moderno; en cuestión de secretos de confesión, Juanito Mateos lo era. Incluso el impenetrable José Ángel, el de las tildes odiadas, le confió algún pecado de su pasado inmediato, bajas pasiones reconocidas entre la estela del hashish que no sólo no lo hacían más asequible y más humano a nuestros ojos de adolescentes ingenuos, sino que lo elevaban a la categoría de mito, de misterio con perilla.

Juanito escribía a escondidas, cosas que no se atrevía a enseñar a nadie, quizá porque se equivocaba y creía, como nosotros, que lo que los demás hacíamos tenía calidad. No llegó a publicar nunca en Jaramago, ni recitó un poema, ni dibujó una línea. Cuando contactamos con la intelectualidad de provincias, con los poetas consagrados en la poltrona de la sombra vacía que eran y seguirían siendo, se sabía al instante que Téllez era poeta, que yo era prosista (no podía decir novelista todavía, aunque lo sintiera), pero a la pregunta de ¿Y el rubio qué hace? no podíamos responder, ni siquiera con evasivas. El rubio no hacía nada. No lo necesitaba, ¿para qué? El rubio era.

Políticamente, quizás para compensar al padre guardia civil, Juanito era más radical que yo, más visceral que Téllez, más en una onda exagerada y libertaria que después olvidaría, como tanta gente (yo me había definido a José Ángel, entre bromas y veras, como anarcoburgués, pero él no quiso creerme y declaró que aquello no existía). Juanito no tenía una base racional a sus creencias, ni falta que le hacía. Estaba rozando la marginalidad por decisión propia, pero sabiendo que tampoco había que tomar las barbaridades que decía demasiado en serio.

—El mundo está superpoblado. ¿Cuál es la solución? Matar a los viejos.

—¿Y cuando nosotros seamos viejos?

—Matamos a los jóvenes.

Juanito acudió una tarde a una especie de fiesta salvaje en la sede de la Liga Comunista Revolucionaria, un happening desmadrado donde el alcohol corrió a raudales (yo he visto a Juanito emborracharse con un vaso de agua), y las ideas de compromiso y revolución se olvidaron cuando empezaron a sobrar sujetadores y bragas. Juanito asistía a aquella orgía controlada con los ojos más desorbitados que de costumbre, comprobando para su sorpresa que tras los foulards y las faldas anchas, bajo las camisas negras de tantos pliegues había cuerpecitos blancos que pedían caña (fue una de las muchas desventajas de la horrible moda de la época: jamás supimos si las mujeres que nos rodeaban estaban buenas). La sangre no llegó al río, por desgracia. En medio del festival, los comunistas revolucionarios terminaron por hacer una parodia de la Semana Santa, con un Juanito semidesnudo encarnando a un Cristo en negativo, todo carnes, todo risas, contra quien se frotaban con lascivia inocente las más bellas jovencitas, como Salomés de pasado proletario y narices con pecas.

Vencida la borrachera, recuperado el sentido, Juanito se pasó toda la noche sin pegar ojo en casa, acongojado, rezando alternativamente padrenuestros de perdón y masturbándose.

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Comentarios

1
De: RM Fecha: 2007-12-20 06:40

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2
De: Ojo de Halcón Fecha: 2007-12-20 10:05

Rafa, ¿no se puede hacer algo para ver esas fotos vuestras disfrazados de Star Wars?

No veas si me pica la curiosidad :D



3
De: RM Fecha: 2007-12-20 12:30

A ver si consigo colgarla luego.



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