Manolo Chulián no se marchaba a estudiar a ninguna parte, pero a finales de verano decidió que ya era hora de abandonarnos. No es que se hartara de que Téllez le llenara la casa de gente (las reuniones habían dejado de ser multitudinarias), sino que un buen día se enamoró según parece y eso era mucho más importante para él, que no escribía ni pintaba nada, que un puñado de chalados con complejo de genios. En realidad Manolo había pasado por Jaramago sin romperlo ni mancharlo, como un testigo de excepción algo despistado en aquella explosión de júbilo creativo. Manolo siempre había tenido complejo de buen samaritano, y en su haber se contaban romances algo extraños con cieguecitas o paralíticas donde el sentimiento amoroso se confundía con eso que alguien ha llamado compromiso cristiano. Manolo iba a remolque de los otros, arrastrado por las aguas de cauces ajenos a las que no se resistía, hasta que abrió los ojos y decidió que ya estaba bien de hacer el perla. No sé si lo consiguió.

Manolo me confió una tarde, frente al Instituto Columela, sentados los dos en un frío banco de mármol, su particular teoría del amor y de la vida. La bolita tenía que entrar en el hoyo, me insistía una y otra vez, dándome a entender con aquella metáfora simple que creía por fin que su bolita había entrado en el blanco. Yo se lo podía haber explicado con más claridad, con otro tópico más sencillo: había encontrado su media naranja, pero por una vez fui discreto y no le dije nada.

Juanito pasó a encargarse fugazmente de la tesorería del Colectivo. Esa misma noche, tras una reunión urgente en una de las aulas vacías del instituto, Vicente me confesó camino de Los Lunares, tímido hasta la violencia: ¿Sabes una cosa? Yo también quiero formar parte de Jaramago.


A las litronas, entonces, todavía no las llamábamos butanos, pero de vez en cuando la pandilla hacía fondo común y comprábamos una o dos botellas para compartir entre los doce. Aquello nos supo a poco y en seguida nos dio por acompañar a la cerveza de patatas, mortadela y raciones de pescao frito, lo que demuestra que tal vez fuimos precursores de una moda, pero yendo mucho más allá, trascendiéndola ya en sus comienzos.

Nuestro Café Gijón, de cualquier forma, existía desde hacía meses. Libres de la calle, encontramos refugio en un bar pequeño y suculento, de dueño gallego y agarrado, Los Lunares. No buscábamos allí veleidades literarias, ni tertulias, ni mujeres. Los Lunares era parada obligatoria antes de volver a casa cada noche (menos los miércoles, que cerraba), un lugar acogedor, algo chillón, donde nos poníamos pujos de ensaladilla, flamenquines y tapitas de arroz los domingos a mediodía. Fue el principio del fin de mi cinturita de avispa, ¿pero quién se resistía, qué más daba?

El abuelo de Juanito, que regentaba un despacho de vinos justo enfrente, nos invitaba de vez en cuando, si le llegaba el sueldo, y quizá por eso pasábamos por delante con más frecuencia de la necesaria, a ver si caía algo, en metálico o en medias raciones. No siempre había suerte, pero pronto ideamos un sistema para remediar nuestro apetito ya voraz. Descubrimos que, en el ajetreo de clientes y platos volando de un extremo a otro de la barra, los camareros se volvían locos y no siempre apuntaban todo lo que comíamos, que era una barbaridad (recuérdese que allí acudían Juanito y Téllez, dos pesos pesados de aquellas lides), en parte porque con maldad sibilina hacíamos el pedido a uno y otro, intermitentemente, hasta que acabábamos por confundirlos y ellos ya no sabían cuál de los dos nos estaba atendiendo, ni quién nos cobraba. La estrategia nos dio resultado durante mucho tiempo, pero en nuestro desquite he de añadir que el bar no se arruinó ni echó tapas en falta.

Cuando había menos clientes, o cuando nuestra hambre adquiría ya proporciones homéricas, no nos resultaba difícil convencer a Juanito, tesorero en activo, para recurrir a los fondos de la revista e invertirlos en sabrosa ensaladilla y no en clichés rancios. Juanito se dejaba sobornar con una sonrisa y pedía otra ronda de tapitas.

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