La relación cortada con el coro acabaría cobrándonos factura, lo mismo que el hecho de editar nuestros folios de colores en la sede de las juventudes socialistas. Nosotros, que tan orgullosos nos sentíamos de nuestra independencia política y económica, tuvimos que salir al paso cuando las malas lenguas empezaron a decir que no éramos más que el órgano camuflado de aquella congregación, o que estábamos a sueldo de quien nos prestaba la multicopista. El editorial de nuestro tercer número, ya en octubre, se encargaría de poner los puntos sobre las íes y en aclarar para siempre ese tema (caímos un poco en el panfleto, pero como éramos tan educados y tan finos, no se notaba).

Mientras tanto, consumido el verano, remontada la ola de las elecciones generales, mientras los carteles se iban cayendo a pedazos de las paredes y los nuevos padres de la patria comenzaban las negociaciones de lo que luego sería la Constitución, un peligro mucho más inmediato que la falta de recursos económicos empezaría a cebarse sobre Jaramago: terminadas las vacaciones, a punto de comenzar el curso, la mitad de los miembros del Colectivo y los colaboradores regresaba a Sevilla o a Madrid, para continuar sus estudios. Era la primera vez que nos quedábamos en cuadro.

El tercer número, escaldados por los comentarios sobre el papel rosa anterior, decidimos publicarlo todo en blanco, porque la otra opción, el amarillo, nos daba cierta mala espina. La selección del material fue más aparatosa que nunca, pues estábamos inundados de los trabajos que nos iba llegando, poemas muy malos en su mayoría, aunque no peores de los que ya habíamos publicado o incluso escrito. Otros dos problemas se nos plantearon cuando el contenido quedó ya decidido, esta vez no en la azotea, sino en la casapuerta de Manolo, entre los cinco o seis que quedábamos en activo (ya le habíamos advertido a Téllez que no todo el mundo que cruzara aquellos escalones hacia la salida podría tener derecho al voto). El primer problema, más acuciante, era la falta de una multicopista.

No queríamos abusar de la paciencia de quienes nos habían permitido sacar dos números, y además últimamente los clichés no se veían bien. El tambor de la máquina, tras tantas vueltas, dejaba zonas en blanco que a veces llenábamos a mano, un suplicio para la edición y la lectura. Además, como nuestra independencia había quedado en entredicho, prefirimos la honra sin vietnamitas. Sacaríamos nuestro Jaramago tercero en otro sitio.

El segundo problema fue el cómic. Téllez había conseguido camelar a Miguel Martínez para que se dejara de espías alemanes y episodios de ciencia ficción y lo convenció para que le ilustrara un guión propio, una especie de largo poema gráfico que nadie entendía (ni entendió luego, una vez impreso). Miguel, queriendo demostrar que era tan lanzado políticamente como el que más, y a pesar de que tampoco comprendía de qué iba la historia, según confesión propia, no se cortó un pelo a la hora de dibujar al malvado empresario de la historia, y se basó en los rasgos físicos de quien entonces era alcalde de Cádiz, que ni pinchaba ni cortaba en lo que contaba el tebeo, pero hacía bonito y resultaba un blanco reconocible. También Carter, Pinochet, Suárez e Idi Amin salían en la última página, con realismo casi fotográfico (no sé qué tenían que ver todos ellos con la muerte accidental de un obrero, pues de eso parecía tratar la historia).

Lo peor, la larga cita de León Felipe con que Téllez abría cada plancha, aquello que después se ha visto tanto de «Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola». Ya he comentado antes que la parte gráfica de la revista se hacía en cliché electrónico, que ofrecía un mínimo de visibilidad a los dibujos, muy poquita cosa. Los clichés electrónicos se tiraban, previo pago, en un único lugar en todo Cádiz, la sede del Movimiento en la Plaza de España, lo que para recochineo, y antes de ser reconvertido en mausoleo del ministerio de cultura, conocíamos por el Meneíto.

Al Meneíto fuimos Miguel, Juanito y yo, con la portada extraterrestre de José Manuel Burguillos y dos de las páginas del comic de autor (la segunda, donde se reconocía claramente la gran grúa de Astilleros, la mandamos a hacer a otro sitio, creo que a Sevilla, pero se nos desmandaba el prespuesto). Los dos funcionarios del ministerio que nos atendieron, con sus guardapolvos azul marino y su pelo entrecano, parecían más dos dependientes de un economato que dos fachas, como si hubieran escapado de un poema de Bertold Brecht o una obra de Dario Fo. Nos daban un poco de pánico. Eran casi las tres de la tarde y nadie sabía que estábamos allí, en la boca del león, tres jovencitos inconscientes y dos ex-combatientes con dientes de oro y gafas oscuras.

Los funcionarios tiraron la portada poniendo cara un poco rara ante los dibujos extraños de José Manuel Burguillos. El cómic les llamó un poco más la atención, sobre todo cuando descubrieron las viñetas con el emperador Carter y a Suárez con pajarita. Cuando vieron el dibujo de Pinochet alzaron la cabeza, tomando prestadas del papel las gafas negras. Nos miraron sin hacer ningún comentario y conectaron la página a la máquina.

El cliché electrónico, mientras se hacía, empezó a emitir un leve olor a quemado. El tambor giraba, grabando raya a raya los trazos del original. Colocaron la segunda página en la máquina, la primera de la historieta, sin mirarla. El tambor empezó a dar vueltas, y en la superficie de plástico se fue marcando el poema, boca abajo, a una velocidad de mil demonios.

—¿Franco? ¿Ahí pone Franco?

No detuvieron la rotativa, pero casi. Estudiaron la página terminada, nos miraron de hito en hito, dos viejos cadáveres que habían perdido el tren de la historia. Nos cobraron lo estipulado y nos fuimos de aquel enorme edificio kafkiano, suspirando de alivio y dejando allá a aquellos dos hombres escarabajo con pinta de jubilados de entreguerra.

Creo que nos salvó el hecho de que tampoco ellos entendieron el mensaje del tebeo, si es que lo había.

Téllez recurrió una vez más a sus contactos y a su pinta de curita bueno (seguía vistiendo la camisa negra), y no le costó mucho trabajo buscarnos otra multicopista entre las cuatro o cinco que sabíamos disponibles en toda la ciudad. Esta vez recurrió de nuevo a la iglesia, a la congregación de San Agustín donde alguna que otra vez nos habíamos reunido. Compramos el papel, la tinta, le dijimos a los pobres curas que no tenían que preocuparse de nada, porque sabíamos cómo funcionaba aquel armatoste (era verdad), y que si tenían que cantar misa no se preocuparan por nosotros.

Algo se nos debió torcer, a algún botón debimos tocar, porque la máquina se volvió loca entre vuelta y vuelta, escupiendo papeles y tinta, mucha tinta, ríos enteros negros, con una insistencia lorquiana, que no quiero verla. La máquina lo impregnaba todo, la ropa, las manos, el tabaco, el pelo, el suelo. Menos el papel.

Mal que bien terminamos la confección de nuestro tercer número. Los bordes de cada página salieron a puntitos, como la cuatricromía daltónica de un tebeo. Y el cómic de Miguel y Téllez con el que nos habíamos jugado la vida salió todo borroso, ilegible, imposible de entender ahora por partida doble.

Nos largamos de allí dando muy educadamente las gracias a los curas, prometiendo que algún día volveríamos y sin decirles que a la multicopista habían empezado a saltársele tornillos.

Allí mismo juramos que el número cuatro de Jaramago, cuando lo hubiera, lo editaríamos con otro procedimiento técnico.


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