No sé si la fugaz irrupción de Claudine en nuestras vidas (Valèrie no nos gustaba tanto) nos trastocó los planes a más de uno, pero lo cierto es que Miguel, que ya se las daba de psiquiatra en ciernes, nos emplazó a todos en casa de una de las niñas de la panda para hacer una terapia de grupo.

Nos encerramos en la habitación de Mariángeles, sentados a corro en el suelo, mirándonos sin saber qué hacer ni de qué se iba a hablar allí, con la música de los Beatles de fondo, que a mí me parecía pasada y chabacana, una pérdida de talento para unas letras tan poco trascendentes. Estábamos los de siempre: Téllez, Juanito Mateos, Manolo Chulián, Pedro Alba, tal vez Fernando, y las niñas con las que manteníamos aquella relación de amistad asexuada, una camaradería algo misógina en su misma superación de nuestros roles: las dos Mariángeles, Pili y Mercedes, Loli, Mari Carmen, quizá alguna otra.

Sigo sin saber el propósito de todo aquello. Me parecía una argucia de Miguel para impresionar a la chavala que le gustaba y que le iba a dar calabazas o se las había dado ya de un momento a otro, vista su torpe estrategia. Lo que me interesó nada más llegar fue un montón de tebeos antiguos que conservaba como plata en paño el hermano mayor de Mariángeles, la colección completa de BRAVO que yo también tuve un día y que perdí de la noche a la mañana (al menos no recuerdo haberme deshecho de ella conscientemente). Allí estaban todos los viejos compañeros de mi niñez, Blueberry y Michel Tanguy, Harry Palmer, Chico Monza, Aquiles Talón, los Comandos de África, nada menos que Galax el Cosmonauta. Le di el recado a Mariángeles, dispuesto a comprarle a su hermano aquel tesoro al precio que pidiera, pero no hubo suerte. Ignoro si seguirán criando polvo en aquel armario empotrado, sobre el cine España donde conocimos los spaghetti-westerns y las películas de terror de Christopher Lee y Peter Cushing, que en paz descanse.

Mis amigos fueron hablando uno por uno, aceptando la antorcha de la culpabilidad y flagelándose con tonterías, muy freudianos en su localización del mal, recurriendo a todos los tópicos habidos y por haber, padres posesivos, homosexualidades esquivadas, lesbianismos encubiertos o complejos de inferioridad. Darle una palmada a un amigo tras un gol ya significaba que podrías haber sido maricón; intercambiar la barra de labios con una compañera de pandilla era poco menos el estigma de que te gustaría comerle la boca. En el fondo, lo que a todos nos interesaba saber era si nuestras amigas se masturbaban como nosotros, nada más (ninguna de ellas soltó prenda). Podría haber sido risible de no haber resultado doloroso.

La situación se puso fea cuando una de las niñas se lo tomó demasiado en serio y se echó a llorar, acusándose de tener mal aliento y de tomar a diestro y siniestro pastillas juanolas para evitarlo, cuando precisamente debía ser esa la causa de su halitosis, el origen de toda su soledad y el vergonzoso motivo de que, con quince, años, no tuviera novio todavía, una tragedia que la había hecho pensar si no era torti. En vez de mandar a hacer puñetas la sesión, apagamos la luz para no ver sus lágrimas, y seguimos pinchando, médicos sin fronteras y sin alma, como vampiros psíquicos que necesitaran sufrimiento ajeno para alimentarse.

Cuando me tocó el turno me agobié mucho pensando que no tenía ningún trauma que contar. Casi me traumaticé allí mismo, vamos. Dije cuatro tonterías para salir del paso y regresé a mis tebeos. A lo mejor, no sé, con aquel acto inconsciente estaba deseando volver a mi infancia.



El verano se acababa día tras día. Téllez empezó a prepararse unas oposiciones a funcionario, retrasando ya casi para siempre su carrera universitaria, y yo me decidí a regañadientes por magisterio, sabiendo ya que nunca iba a poder ser periodista, aunque ahora que parecía que iba para escritor tampoco me importaba en gran medida. Nuestro amigo Fernando, que estudiaba todavía bup, se mostró encandilado ante la idea de que, a partir de unas semanas o unos pocos meses, yo fuera a disfrutar de una educación mixta (de esas ilusiones tontas ibamos sobreviviendo). Me encogí de hombros, intentando hacerle comprender, falso de mí, que aquello no era gran cosa, aunque lo fuese, y pontifiqué diciendo que había que tener cuidado, no fuera uno a cometer la torpeza de enamorarse de alguna que viniera de un pueblo (no tenía yo gran porvernir como futurólogo, no).

Una noche escuchaba Hora 25 tendido en la cama, con un libro de Isaac Asimov entre las manos. Fue un destello informativo, una de esas noticias aceleradas que transmitían poniendo mucha emoción, capaces de hacer que el corazón te diera un vuelco, y pensé con palabras textuales, sorprendido: Dios mío, ha muerto Elvis.

Una semana más tarde se nos moría también Groucho. No sé si la música o el humor han sido diferentes desde entonces.




¿Qué puedo decir de Ana Sánchez sino que era Mafalda encarnada, Mafalda en carne y risas, Mafalda con veinte años? Pues eso.

Téllez y ella se habían llevado tonteando algunos meses, una de esas amistades perfectas y platónicas, uno de esos equívocos raros donde un hombre tiene como mejor amigo o confidente a una mujer. Ana venía también del coro (¿cuánta gente había allí dentro?), y su buen humor era casi tan contagioso como el de Juanito Mateos. Cuando nos dieron la noticia de que habían empezado a salir (una tontería por su parte, porque los habíamos visto venir cogiditos de la mano, abarcando toda la acera con su volumen saltarín y desenfadado), todos suspiramos de contento.

Ana era políticamente más avanzada (es decir, era más progre) y estaba muy lejos de las otras niñas de la pandilla. Me puso un mote que me gustaba mucho, Rafaelisto, y vivía cerquita de mi casa, aunque yo nunca la había visto antes. No escribía que yo sepa, pero de inmediato pasó a formar parte del Colectivo Jaramago, compañera ideal del guerrero que era Téllez, musa tal vez, muchacha independiente capaz de respetar nuestra independencia. Fue ella quien tuvo la idea, quien recordó allá en octubre que hacía cincuenta años de la generación del 27.

Sin la memoria de Ana, ese detalle crucial, importantísimo, se nos habría pasado por alto.

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