En la portada de nuestro primer número anunciábamos que la revista iba a ser mensual, y desde luego teníamos ilusión y ganas para mantener esa cadencia. Terminada la aventura de la venta en la Facultad, comenzamos en seguida a elaborar el número dos. El modesto anuncio que habíamos intercalado entre las páginas («Jaramago no quiere ser minoría. ¡Búscanos!») surtió efecto inmediato, a pesar de que en ninguna parte había una seña o una dirección con la que pudieran ponerse en contacto: eramos ilegales y no estábamos registrados en ninguna parte, ni andaba el horno para poner la otra mejilla, por si las moscas.

El calor de agosto se confundió con los preparativos de nuestro segundo número. Manolo ya estaba puesto en sobreaviso, y como veía que Téllez iba a llenarle de nuevo la casa de gente, le explicó muy claro y con mucha educación que no iba a ser posible, entre otras cosas porque las previsiones indicaban que no ibamos a caber ni en el salón. Téllez comprendió que una cosa era contar con casa ajena para escuchar canciones o quemar toallas y otra muy distinta convertirla en hormiguero humano, así que congregó a todo el mundo más arriba, en la azotea.

Allí nos reunimos los supervivientes de nuestra primera andanada (todavía casi todos), más los nueve o diez recién llegados que querían colaborar en la aventura. Téllez se erigió, como siempre, en capitán de la empresa, conmigo como segundo al mando, pero puesto que no queríamos cargo alguno y estábamos por el socialismo cultural recibíamos a todo el que llegaba como si fuera un hijo pródigo, no ofreciéndole pan, pues pan no había, pero sí dándole derecho a la palabra, a la decisión y al voto. Eso nos jorobó más de una vez alguna determinación editorial con la que ya contábamos de antemano.

El dinerillo que habíamos conseguido con la venta del primer número lo invertimos (tampoco fue tanto), en comprar nuevos clichés y más papel, y una cajita de caudales azul metálico, con llave, que confiamos a Manolo, quien ascendió en el escalafón y se convirtió en tesorero del Colectivo. Manolo, ya lo he dicho, era el más honrado de todos nosotros y aquella responsabilidad le venía que ni pintada. Adquirimos también una carpeta azul algo gastada donde archivábamos los poemitas y colaboraciones que nos iban llegando, a veces desde las fuentes más imprevisibles: la cárcel, un taxi, el correo o la mili.

El número dos aumentó en cinco o seis páginas, y también en un duro de precio, y como el papel verde se había agotado nos tuvimos que contentar con publicar sobre folios rosa, que nos parecía un horror. Miguel se limitó esta vez a pintarrajear sobre los clichés, dejando la portada en otras manos: Un antiguo conocido de Jomán Ales apareció por la azotea con un puñado de dibujos en el clasificador, ilustraciones rebuscadas y fantásticas, un punto rococó, que hacía con paciencia y a bolígrafo sobre papel de seda. José Manuel Burguillos se comprometió con nosotros y nos cedió dos portadas, las dos atractivas y simétricas, de un onirismo extraterrestre, y después se centró en su propia revista marginal, de la que hablaré más adelante.

La parte del cómic, esta vez, tampoco recayó en Miguel, entre otras cosas porque entusiasmado con las niñas de la pandilla no le había dado tiempo a preparar nada. Fue José Ángel (otra vez esas horribles tildes) quien nos llevó a la azotea a un muchachillo rubio y melenudo, de ojos azules brillantes y barbita descuidada que dibujaba como entonces no habíamos visto dibujar a nadie: Carlos Forné.

Carlos era como un pajarillo indefenso, el artista bohemio y puro que no confía en el mundo ni en sus propias cualidades, apagadito y nervioso, que te explicaba sus dibujos cuando, por calidad propia, los dibujos se explicaban ellos solos. Carlos estaba en la contracultura o la marginalidad, y estudiaba bellas artes, y tenía una risa infantil que sonaba algo descontrolada, algo a la fuerza. No debía ser muy feliz, pero tampoco tuvimos tiempo de intimar más con él. Algunos años después lo vimos cojeando y nos contó, sin perder la sonrisa, que había escapado mal a un par de intentos de suicidio. Una mañana, en el periódico, en la librería Jaime, me topé con su foto, flotando en el mar frente a la alameda, desnudo y libre ya para siempre de fantasmas.

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Comentarios

1
De: antonio anasagasti Fecha: 2007-12-27 22:59

Rafa me has degradado. Tengo la misma graduación de Tejero, teniente coronel, aunque yo prefeririía ser terrateniente.



2
De: RM Fecha: 2007-12-28 00:19

¡Sus ordenes, señor, sí, señor! Inmediatamente envío un comando que actualice el escalafón, ar!



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