Los demás miembros del Colectivo, los que habían llenado la casa de Manolo y tomaron las calles con el puñado de revistas oliendo a acetona, los que se mancharon de tinta como nos manchamos nosotros fueron variando de un número a otro, carne de cañón inapreciable sin la que no habríamos sobrevivido. Algunos aguantaron como leones hasta el final. Otros, la mayoría, colaboraron y desaparecieron fugazmente, un viento ilusionado e inconstante que sólo dejaría la presencia de sus escritos en el papel multicopiado, y a veces ni siquiera eso.

Jomán Ales usaba un seudónimo algo ingenuo, el acróstico de sus iniciales no sé si para despistar o darse lustre. Era vecino nuestro, y quizá debiera haber hablado antes de él (apenas lo he mencionado de pasada en los primeros renglones de esta memoria). Nos habíamos pasado la adolescencia entera peleándonos y reconciliándonos, leyendo novelitas de a duro que después plagiábamos con fortuna más o menos adversa, intercambiándonos tebeos que yo le solía robar con descaro poco disimulado y escuchando discos en su habitación mientras comentábamos las andanzas de Flash Gordon. Jomán Ales fue el primero de nosotros que descubrió a Luis Eduardo Aute, un álbum («Rito») que pidió más o menos por casualidad al Círculo de Lectores cuando al filipino no lo conocía ni su padre, y durante semanas y meses lo escuchamos con espíritu reverencial, atraídos por aquella mezcla de canciones de amor y muerte que no habíamos oído nunca antes, sabiéndonos poseedores de un tesoro único.

Jomán Ales estudiaba en Sevilla aparejadores o algo así, y volvía cada cinco o seis meses, con el flequillo largo y cada vez más miope, cargado de tebeos para prestarme. La carrera le iba fatal y acabó estudiando, también en Sevilla, nada menos que magisterio, algo que yo nunca entendí, porque podía haberlo hecho en Cádiz, que le habría salido más barato (cosas de faldas, seguro). El sarampión político que en Manolo y en mí había pasado casi sin contagiarnos le había dado más fuerte que a los demás, y a pesar de su amor desmedido por los comics de superhéroes americanos militaba sin contradicción en algún partido de extrema izquierda, o estaba a punto de hacerlo ya por entonces. Jomán Ales era algo posesivo y desconfiado, y escribía unos poemas sencillos, amables, que sonaban bien y podían ser intimistas o panfletarios, daba igual. Nos gustaban mucho.

José Ángel González (me molestan las tildes de su nombre compuesto, pero no me atrevo a escribir Joseángel de corrido) venía del teatro y la contracultura, del grupo «Cámara» o uno de aquellas compañías alternativas de provincias que, por cuestión de edad, se nos habían escapado a la mayoría de nosotros. José Ángel tenía un habla lenta y parmoniosa, sincronizada con el humo que revoloteaba en su eterno cigarrillo, y vestía de negro, un chaleco estrechito y una corbatina de lazo. Tenía una barbita recortada, como de macedonio o de escritor de Providence, y flotaba en él un aire misterioso, de poeta maldito, como ni siquiera Téllez podría soñar igualar. Era lo más parecido a un Baudelaire de nuestro entorno que se servía por entonces.

José Ángel era un todoterreno de la cultura marginal, y lo mismo escribía unos poemas bellísimos, a años luz de lo que todos los otros aspirantes a poetas hacían (Téllez incluido), que pequeños apuntes en prosa donde el lirismo se confundía con la soledad y creaba imágenes hermosas que después he intentado copiarle sin mucho éxito, me parece. También dibujaba con bastante soltura, aunque no cómics, sino cómix, historietas underground que después te explicaba con bastante gracia, sin tomarse demasiado en serio su mensaje, si es que lo había.

José Ángel tenía un aire mefistofélico, una mirada de flor del mal bajo las gafas negras. Nos daba algo de miedo.

Pedro Manuel Alba era democristiano y no se avergonzaba de serlo, lo que le hacía destacar entre un puñado de gente que se consideraba de izquierdas (José Ángel, sin embargo, estaba en el anarquismo). Pedro procedía del coro, como Téllez y Manolo Chulián, y estudiaba medicina y hablaba muy rápido, en una especie de idioma propio que nadie era capaz de descifrar, saltándose palabras y uniendo mucho los labios, como si soplara un globo. La letra incomprensible del médico que un día sería la llevaba ya, pero en lenguaje oral. No escribía gran cosa, aunque era un fiera vendiendo ejemplares.

Pedro iba siempre muy abrigado, con chaquetas de varias mangas y tres o cuatro camisas a la vez, con jerseys de cuello alto y pantalones de pana que le daban un aire a labriego, a imitador de Blasillo o sosias contemporáneo de Miguel Hernández. Era también miembro de la pandilla en la que acabamos cayendo el núcleo del Colectivo cuando íbamos de paisano y se las ligaba a todas, en especial a las de nombre repetido. No era mérito propio: los demás le dejábamos el campo libre.

Fernando Santiago tenía la cara salpicada de viruela y era guapo y repeinado, un abertzale del andalucismo, mucho más radical de lo que el PSA llegaría a ser nunca, ni siquiera en los tiempos en que la gente creía que la S supermánica significaba algo distinto a señorito. Fernando estudiaba periodismo en Madrid, y tenía un acento castellano algo cargante, que echaba para atrás todas sus demandas nacionalistas en cuanto se le escuchaba dos minutos seguidos. Era la encarnación de la sensatez, o eso pensaba, y en el Colectivo nos prestaba la visión profesional del periodista que iba a ser, las experiencias de batalla de un oficio que sacrificaría por la política años más tarde.

Antonio Gutiérrez estaba entre Sisa y un Freak Brother, la imagen típica del progre de postal, los pelillos rizados contra una calva que se auguraba reluciente en pocos años y las gafas redonditas sobre la nariz de judío converso. No escribía nada, que yo recuerde, pero le iban las historias de movidas culturales y se le veía siempre dispuesto a colaborar en lo que fuera. Tenía una hermana pequeñita, clavada a él, que parecía sin terminar de hacer, algo borrosa. Me prestó un Nueva Dimensión dedicado a Lovecraft que no le he devuelto todavía.

Guillermo Montes también venía escapado del coro, como la mayoría. Era pálido y barrigudo, y tenía una hermana con gafas y sonrisa zarapica que causaba estragos entre sus amigos más cercanos. Guillermo era íntimo a la vez de Juanito y de Téllez, y casi resultaba una síntesis de ambos en el físico. Era lo más parecido a un intelectual que teníamos a bordo, sesudo y formal, y se subía mucho las gafas sobre el puente de la nariz, con algo de senador romano o de diputado alemán en el porte. Sabía de todo, pero en sus escritos no lograba transmitir más que una extraña sensación de retórica desorganizada. Sus poemas sonaban como pistoletazos en un cementerio.

Teníamos también la fiel infantería, gente que trabajaba por amor al arte, patrullando las calles y ayudándonos a grapar y vender, colaboradores sin los cuales nunca nos habríamos comido un pimiento. Casi todos eran miembros de nuestra pandilla, los extras de una superproducción que después no aparecieron nunca en ningún título de crédito, las niñas con las que salíamos y no ligábamos, los amigos que nos admiraban desde la distancia.

No sé si éramos machistas, pero aunque publicábamos cosas escritas por mujeres no había ninguna que formara parte del Colectivo como tal, eso es verdad. Hasta que llegó Ana un poquito más tarde.

Téllez no debió quedar económicamente muy bien y tuvo que olvidarse de sus estudios de historia y buscarse un trabajo. El padre de la linda Dori Barrios, funcionario de correos, le buscó un enchufe en la casa y Juan José se vio así enterrado en cartas y paquetes cada mañana, con la camisita negra y las manos blandas de niño de izquierdas que jamás había clavado un clavo, perdido en un mundo de mensajes ajenos a los que no podía meter el diente. Fue entonces cuando escribió aquello de «trabajo cribando cartas que nunca leeré», donde venía a confesar que la curiosidad le podía más que el tedio. A veces se cargaba el macuto al hombro y hacía también el reparto, y por las tardes lo veíamos llegar sudoroso y derrengado, con la espalda marcada por el peso de la cinta de cuero, como la huella de un látigo.

Por entonces, Juanito, Manolo y yo formamos una pandilla tardía con algunas de las niñas que ellos habían conocido durante el camping. Pedro Alba debió oler a carne fresca y también se nos unió, como Miguel Martínez, dispuesto a abandonar su ascetismo oriental en favor de hembras hispánicas.

Las niñas nunca nos parecieron muy allá físicamente, pero al menos tenían conversación y no se entrometían con nuestra vida paralela de aspirantes a escritores o a bohemios, sino que nos consentían y admiraban desde lejos, en la sombra, y nos ayudaban a vender la revista sin exigirnos nada a cambio. Ya he dicho antes (y no me puedo cansar de repetirlo), que era la carga de aquella infantería ligera lo que nos hacía agotar tan de corrido las existencias.

La pandilla era una extensión civil del ambiente culturaloide y libertario del Colectivo, una válvula de escape que nos permitía olvidar por unas horas el peso de nuestra genialidad bien asumida. No había líderes, como tampoco los había en la dirección de la revista, pero cada uno brillaba con luz propia, si la tenía: Miguel con el esoterismo y la psicología aplicada, Pedro con su habla atropellada, Manolo con su silencio y su hombro siempre presto a soportar lágrimas cristianas, Téllez que sabía ser sublime sin interrupción, o yo mismo, delgado, guapo, bajito y creído, registrando detalles y defectos para contarlos algún día.

De todos, era tal vez Juanito el centro de atención, la seña de identidad de la pandilla, como también lo era o lo iba a ser de la revista. Ya había llegado el verano y Juanito renunció a la gabardina del abuelo hasta el otoño y la sustituyó por una camisa de cuadritos mínimos, rojos y negros, que parecían las ventanas de un edificio en un paisaje nocturno. Entre la camisa de marras y la melena de león ardiendo, y los brazos de Popeye o de forzudo barrigón (Juanito se llevó una alegría cuando descubrió que los tenía igual que Robert Redford), empezaron a llamarle «el coloso en llamas».

Juanito tenía una risa contagiosa, un terremoto pandémico y sonoro capaz de descabalgarte a la primera de cambio. Sólo el hambre canina y el sudor que siempre le resbalaba por la cara podían equipararse a su buen humor de guerrero galo. Juanito era surrealista sin haberse salido más que de una película de Buñuel, y tenía unas ideas disparatadas que contaba con mucho desparpajo pero no sabía llevar a la práctica, para pérdida incalculable de las artes en España y ventaja de Pedro Almodóvar.

Del cuartel donde vivía Juanito se nos trajo, a la pandilla y a casa de Manolo,
otros dos hijos de guardia civil, algo cortados como él por el oficio paterno común (signo de los tiempos), que acudieron atraídos por el ambiente cultural que respirábamos y por la posibilidad de ligar con alguna de las féminas (ilusos).

Diego tenía bigote de cepillo, como un personaje de Max Senett, y una vocecilla tímida y modales sensatos. Trabajaba ya, de electricista o de plomero, y contaba en su haber con un par de experiencias sexuales pagadas a escote por sus jefes, historias de putas a las que se había tirado con frío y calcetines, aventurillas sinceras con las que nos deleitaba a pesar de que había que irle tirando de la lengua, por su recato.

Fernando era alto y delgado, de una belleza delicada y casi femenina que le estropeaban un tanto los barrillos. Se trabucaba al hablar o cuando se ponía nervioso o le podía la risa, para inquietud de los demás, que le apreciábamos y pasábamos un mal rato porque él se angustiaba. Fernando había sido condiscípulo de mi hermano, cosa que me avergonzaba un poquito porque yo tendría que estar ya en grupos de gente algo mayor, y disfrutaba viendo cómo Téllez y yo nos las dábamos de intelectuales y podíamos decir tacos de camioneros con la misma soltura. No exagero si digo que nos admiraba. Se operó de fimosis ese mismo verano y le ibamos a visitar a su casa por las tardes, tras franquear la garita del cuartel, para que nos relatara la experiencia y hacerle sufrir mostrándole revistas porno.

Fernando llegó a la pandilla y ligó a las pocas semanas con una de las niñas, Domingo Savio y María Goretti cogiditos de la mano, los dos monísimos y recatados, inofensivos. Lo que María Goretti no se sabía era que su educado Lancelot se mataba a pajas, como todos, libre ya del estrecho prepucio que le había jodido media adolescencia.


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