En Semana Santa, Juanito y Manolo se fueron de camping con un grupo de niñas con las que formaríamos después una pandilla un tanto peculiar. A la vuelta les sorprendieron verdaderos ejércitos de coches, manadas de cuatro ruedas, una algarabía de bocinas y el aleteo de millones de banderas rojas. Parecía que había llegado la revolución, pero no: era sábado de gloria y el gobierno había legalizado el Partido Comunista.

Fue entonces cuando nos creímos que la cosa iba en serio. Yo no sé de dónde habrían salido tanta cantidad de trapos colorados, cuántas banderas podría haber escondidas junto a la sombrilla de playa y el edredón, pero allí estaban, inundando las calles y convirtiendo a España entera en un ruedo inmenso. Era una toma de contacto extraterrestre, la invasión de los ultracuerpos. De la noche al día surgieron carnets apolillados o se plastificaron otros nuevos. Gente conservadora a nuestro alrededor, para nuestro pasmo, se acostaba católica y despertaba con un retrato de Lenin tatuado en las entrañas, los estigmas de una religión que quizá ponía un poquito más de ímpetu a un vocabulario que pedía cotas razonables de un modo muy sencillo o completamente incomprensible (la dialéctica marxista tenía detalles así de pedantes).

Era la hora del vampiro, una plaga irracional y proletaria, una ola que como todas las olas vendría a morir a la orilla, ya sin fuerzas, vencida por la resaca.

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