En casa de Manolo casi nunca había nadie. De ser el pequeño de la familia, se había visto convertido en hijo único. No sé si la madre atendía embarazos de sus hijas mayores, pero el caso es que teníamos para nosotros solos el salón y dos habitaciones, la cocina y el cuarto de baño (había un respeto y no entrábamos en el otro dormitorio). Juanito y yo nos presentábamos allí todas las tardes, entre las cinco y las seis y cuarto, a charlar con Manolo y contarnos historias, para reírnos mucho y hacer el cafre. Téllez también se apuntó poco después, con la camisa de luto y la tristeza desterrada a la fuerza de la cara, huyendo tal vez del vacío de su propia casa y la realidad que allí encontraba y no quería.

La vida se le había venido encima sin que él lo hubiera querido, y el luto le ataba a unos hechos que quería olvidar a toda costa, escribiendo más y mejor que nunca hasta entonces, riendo, agarrado a la tabla de salvación de una adolescencia que se le escapaba entre los dedos. Los niños americanos tienen casas en los árboles. Nosotros teníamos la casa de Manolo.

Con el luto, Téllez no podía escuchar la radio, ni ver televisión. Los jueves nos sentábamos en el salón de nuestro refugio, para ver en blanco y negro Espacio 1999, una serie de ciencia ficción que no nos gustaba nada, pero como por un lado era lo único fantástico que asomaba a la pantalla, y por otro era también lo único que Téllez tenía oportunidad de ver, allí nos daban las horas, discutiendo los absurdos de la trama y riéndonos a costa de los trajes de goma de los actores que hacían de extraterrestres.

Jugábamos a interpretar happenings desmadrados y divertidos, teatro absurdo o autos sacramentales profanos, no sé, gritos y alaridos políticos, saltos sobre el sofá y la cama, derribando libros del pato Donald y arrojándonos como si estuviéramos locos cerillas encendidas. Era, supongo, una terapia para todos. A veces grabábamos en cinta extraños programas de radio, donde nos entrevistábamos unos a otros, recitando sonetos improvisados, cantando canciones a trío. Acabábamos persiguiéndonos por la casa vacía, lanzándonos pinzas de la ropa que hacían daño. Aunque cada uno iba por su lado, siempre terminábamos aliándonos Téllez y yo contra Manolo, que era más noble y no se enteraba de nuestras artimañas hasta que tenía el cuerpo cosido a puñaladas con las espadas que hacíamos con un viejo mecano de metal que, como los cuentos de Walt Disney, un día apareció en el armario y quedó hecho trizas poco después.

Una tarde nos desmadramos más que de costumbre. Manolo acabó refugiándose en el cuarto de baño, perseguido por Téllez, que le lanzaba cerillos ardiendo con la velocidad de un prestidigitador de feria. Antes de que cerrara la puerta del todo, logré introducir el palo de una fregona en el quicio, para que no escapara. Manolo no quiso enterarse. Manolo apretó. Téllez continuó lanzando cerillos desde lo alto. Manolo se cubrió la cabeza con una toalla, para no quemarse, siguió haciendo presión. Yo no retiré el palo: estaba atrapado en el dintel y ya no podía hacerlo aunque quisiera.

La puerta se resquebrajó con un sonido sordo, como la onomatopeya burlona de uno de los tebeos que devorábamos, saltando de sus goznes y derribándonos a los tres en el justo momento en que sonaba el timbre.

—¡Mi padre!

Corrí pasillo abajo, las piernas temblándome, mientras Téllez y Manolo intentaban levantar la puerta y fingir que todo estaba en su sitio, aunque se notaba que no. Menos mal que no era el padre, sino Juanito Mateos, enfundado en su gabardina encogida, como un detective que llegara a husmear el lugar del crimen en el momento más inoportuno. Pasamos el resto de la tarde colocando tornillos sobre la madera rota.

Estábamos despidiéndonos de la infancia para siempre y lo sabíamos.


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