No sé qué ancla, qué asidero podía encontrar Manolo en el coro de Santo Domingo, como no fuera cantar loas al cielo y dar rienda suelta a sus buenos sentimientos. El coro, dos habitaciones entrelargas que envolvían un patio bello, blanco y con pozo, me pareció en seguida lo que ya sospechaba: una lata, el mismo aburrimiento de costumbre pero sentado en un sofá rendido y marrón donde dos docenas de adolescentes dejaban pasar los fines de semana varados en sí mismos, a la espera de algo o alguien que los rescatase de su infortunio. Nadie podía sospechar que serían los partidos políticos los que apenas unos meses más tarde vendrían a ponerlo todo patas arriba y a dejar en cuadro una estabilidad conseguida a fuerza de años de estrategia.

En el coro un alma sencilla como la de Manolo Chulián tal vez se encontrase a sus anchas, pero yo no dejé, en las dos o tres ocasiones que accedí a acompañarle, de sentirme incómodo y fuera de lugar. Me sabía ya la lección que iba a encontrarme en ese sitio, y ni me interesaba ni era lo que entonces fingía estar buscando. Un montón de rostros desconocidos, saludos afables la mitad de las veces, mucho tránsito de misales y de guitarras, bufandas de lana y faldas de cuadros, no había más, no supe ver nada más, no me molesté en hacerlo. Las niñas monas que Manolo y Antonio habían ido a buscar, si existieron, habían encontrado la puerta de salida antes de que yo me dejara caer a intentar ver de qué iba aquello, por probar, por gastar en nada la pólvora de un penúltimo cartucho.

El coro me pareció tan vacío como la calle, un microcosmos asfixiado en sí mismo, endogámico y monjil, un mundo soso y sin vida, el espectro de un recuerdo incluso en su momento de mayor gloria.

Pero el coro tenía un órgano de comunicación interna, un panfleto, un boletín oficial, una revista fea hecha a multicopista y con dibujos horrendos. Tenía a Chorus, y eso lo cambiaba casi todo.



Pasamos del Dossier Negro a Cambio16, la revista de moda que ya entonces no entendíamos y que nos parecía un soberano coñazo. Había que leerla, claro, y no enterarse de nada porque todo estaba escrito a media voz, con guiños y referentes que nuestra curiosidad política recién despertada no era capaz de comprender. Había que ser muy inteligente para captar aquello o tener un bagaje a las espaldas que nosotros, por edad, aún no teníamos. En cualquier caso, Dossier Negro nos parecía más divertido, pero había que guardar las apariencias y procurar no perder comba, por si acaso.

Mientras tanto, Alexander Solchenizsn se asomaba en televisión para alertarnos del peligro comunista y llorar a moco tendido porque con diez años se manchó un pantalón de tinta y no pudo comprarse otro por culpa de Stalin, que era muy malo y no permitía el libre mercado ni las rebajas de fin de temporada. Unas semanas más tarde, en el mismo programa impresentable, Uri Geller se nos llevaba a todos de calle doblando cucharas baratas y arreglando por unos minutos el reloj del abuelo, anunciando así que los predicadores contra los pecados ajenos, por muy rusos que fueran, no tenían nada que hacer contra las ganas de resucitar del baúl de los recuerdos trapos descoloridos y cachivaches ocultos durante cuarenta años.

Serrat seguía en México y «Para Piel de Manzana» y sus demás discos estaban prohibidos en la radio (televisión nunca le había perdonado que fuera catalán y cantara raro). Yo me había hecho con ese álbum el primer día que salió a la venta, apenas veinticuatro horas antes de que sus declaraciones contra la pena de muerte lo obligaran a exiliarse, y lo escuchábamos con descaro juvenil, casi contestatario, sin ser conscientes de que nos jugáramos algo (creo que no), igual que cuando nos paseábamos con el doble disco de Jesucristo Superstar por delante de la cajera de Simago, que picaba siempre y sospechaba que lo habíamos robado mientras ella miraba hacia otra parte. Las cubiertas del disco estaban tan ajadas que ya eran ganas de buscarle tres pies al gato, pero en ese clima de desconfianza general vivíamos.

En el cine, James Bond adquiría un nuevo rostro, el de Sean Connery (nuestro primer 007 fue el Roger Moore de Vive y deja morir), a cuya reposición acudíamos puntualmente Miguel y yo cada tres meses en el Cine Nuevo. El inspector Harry Callahan seguía perdiendo compañeros a cada película, siempre un poco más incomprensible en sus diversos grados de exaltación y condena al fascismo policial, y César, el hijo de Cornelius y Zira, conseguía por fin liberar a su pueblo simio oprimido en lo que sin duda era una revolución que pasó por alto a los despistados censores en los últimos balbuceos del régimen.



En el cine, sobre todo, los picardías y sujetadores blancos empezaron a desaparecer, sustituidos por carne hermosa y tentadora, hasta entonces sólo imaginada, que iluminaría y aclararía a partir de esos momentos nuestro onanismo adolescente. En la proyección de El libro del Buen Amor, como en otras veces, me crucé con Pemán, torcido en su silla de ruedas, a punto para la muerte, delgado como el esqueleto que ya casi era. No podía moverse, pero de las películas de aquel destape aún tímido no se perdía una el viejo.

Estábamos cambiando y ya casi se notaba.

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