Danki, Pis-Pis y Lala colgaban del portal como gusanitos en el sedal de una caña de pescar. Detrás de ellos, Masalfasán Malasombra se reía como un loco y exclamaba cosas como "¡Lo he conseguido! ¡La cima del mundo! ¡Nadie podrá detenerme ahora!". Estaba tan contento de haber llegado hasta el final de sus objetivos que no se dio cuenta de que el pedrusco gordote que surcaba el espacio tenía un tripulante.

Pero Danki, Pis-Pis y Lala sí que lo vieron. Allí agarrado como podía a las aristas verdes del meteorito, la barba al aire, y su extraño cazamariposas en ristre.

Era...

--¡No, Lala! ¡No lo digas! --susurró Danki.

Y Lala vio que Masalfasán, en efecto, no se había dado cuenta todavía de su presencia.

Era...

--Gu.

--¡Calla, Pis-Pis! --ordenó Lala.

Bueno, vale, pues lo digo yo. Era el profesor Babucha, que por algún extraño misterio había logrado salir de la selva del Capitán Jungla y aquí venía, montado en el meteorito, con su barba y su despiste y su cazamariposas. O sea, que antes les había mentido. O sea, que de algún modo había conseguido fabricar un deslizador nuevo.

¿O era la cosa más complicada de lo que parecía?

Porque ahora que lo pensaban, ¿qué sabían ellos del profesor Babucha? ¿No podía ser un cómplice de Masalfasán? ¿No estarían los dos conchabados para hacerse con el tintanium y dominar todos los mundos?

No, no podía ser. El profesor tenía cara de buena persona. Si te gusta la pizza con nueces, no puedes ser mala gente.

Con mucha dificultad, el profesor Babucha se puso de pie en lo alto del meteorito de tintanium, y usando el cazamariposas para mantener el equilibrio, se dejó ver claramente.

Tan claramente (porque estaba algo gordote), que Masalfasán también lo vio.

--¡Babucha! --exclamó, muy teatral. No sé por qué, los malos de los tebeos se vuelven más y más teatrales a medida que la aventura acaba--. ¡Nos ha seguido!

Y se volvió al ordenador de Doc Centurión y empezó a teclear como loco. Los sistemas de seguridad del Edificio Epsilon asomaron sus cañones al portal del Sector Negativo.

--¡Una andanada de rayos gavitrónicos acabará contigo! ¡Y esta vez de verdad!

En lo alto del pedrusco, el profesor Babucha se rascó la cabeza, perplejo. Era un genio para las matemáticas y la física, inventando deslizadores entre tebeos y rastreando yacimientos de tintanium, perdiéndose en la jungla y manchándose de aceite las camisas. Pero no era un genio militar. No era, para nada, un buen estratega.

Lo que sí iba a ser era un blanco magnífico.

Los cañones gravitrónicos empezaron a disparar. Sin sonido, por cierto, porque en el espacio no se transmite. Y unos cuantos proyectiles de luz corrieron hacia el profe y su asteroide.

--¡No seas idiota, Masalfasán! --gritó Danki--. ¿Cómo vas a desintegrarlo?

--Pues yo creía que era fácil de ver, rico. Un buen impacto de luz sólida y a ver dónde aparece ahora el despistado ese.

--¿Pero no comprendes que viene encima de un bloque de tintanium? --dijo Lala--. Si lo desintegras a él, te cargarás también el meteorito. ¡Que piensas menos que un canario de madera!

Masalfasán se mordió las uñas. Bueno, primero se mordió un guante, le dio repelús, y se lo quitó y entonces se mordió las uñas.

--Es verdad, no había caído.

Y tuvo una idea. No se le encendió tampoco ninguna bombillita. Más que nada porque la luz es amarilla y Masalfasán normalmente tenía ideas negras.

Tecleó rápidamente en el ordenador, hizo un escáner de la oronda silueta del profesor Babucha, y se aseguró de que los disparos de luz de los cañones sólo le alcanzaran a él, dejando intacto el pedrusco. Ventajas de la tecnología y de Doc Centurión, que era un máquina inventando máquinas.

Dentro todavía del Sector Negativo, pero acercándose rápidamente, el profesor Babucha vio cómo los tres o cuatro primeros puntitos de luz corrían a su encuentro. Cogió el cazamariposas con las dos manos, como si fuera un palo de combate, y zas zas zas logró esquivar los impactos.

--¡Increíble! --murmuró Masalfasán--. ¡El gordito está en mejor forma de lo que parecía!

--Debe de haberse puesto cachas siguiendo al Capitán Jungla por la ídem --dijo Danki.

--Pues a ver si a máxima potencia le da tiempo de esquivar más rayos de luz --murmuró Masalfasán, y volvió a darse la vuelta y a enfrascarse en las teclas de su ordenata.

--¡Dankiii! --gritó el profesor desde el quinto pino--. ¡Lalaaa! ¡La flor de piedra! ¡El escarabajo!

--¿Qué dice? --preguntó Lala, que mucho meterse con que si Vendaval estaba sorderas pero ella tampoco escuchaba nada de nada.

--¿La flor de piedra?

--¡Sí!

Y el profesor hizo un gesto apremiante con las dos manos. Masalfasán seguía tecleando datos en el ordenador, para ver si conseguía meter gol, digo desintegrar al profesor Babucha sin afectar al bloque de tintanium.

Y entonces Danki y Lala comprendieron al unísono. El profesor quería la flor de piedra.

--¡Tenemos que enviársela!

Lala tenía guardada la flor en el bolsillo, y como estaba maniatada, no podía cogerla.

--¿No le vale igual el escarabajo del faraón?

--¡Me da lo mismo! --gritó el profesor Babucha desde el cuarto pino--. ¡Rápido!

Danki tenía guardado el escarabajo en el bolsillo de la camisa, pero también estaba maniatado, jolines.

--¡Pis-Pis! --susurró Danki--. Tú tienes las manos libres. Busca a ver si...

Y Pis-Pis se quedó muy extrañado, porque siempre le decían que no tocara las cosas.

--¿Gu?

--¡Dame el escarabajo! ¡O la flor de piedra! ¡Lo primero que puedas!

Desde el tercer pino, el profesor Babucha logró desviar con su cazamariposas otros tres impactos de luz. Parecía que estuviera jugando al hockey. Y de pronto Danki y Lala pensaron que quizá no fuera un cazamariposas, sino un palo de hockey, a fin de cuentas.

Por fin Pis-Pis consiguió sacar del bolsillo de Lala la flor de piedra. La mostró muy contento.

--Gu.

--¡Estamos maniatados! --dijo Lala--. ¿Cómo vamos a enviársela al profesor Babucha, aunque esté ya en el segundo pino?

--¡Juguemos al fútbol, Pis-Pis! --gritó Danki, que estaba colgando de la máquina pero tenía los pies libres--. ¡Combina!

Pis-Pis le lanzó la flor de piedra a los pies. Danki le dio una soberana patada y, aprovechando que la gravedad era menor dentro del Sector Negativo, la lanzó directamente hacia el profesor Babucha. Por un segundo, Danki pensó muy seriamente en dedicarse al fútbol y olvidar el baloncesto. De todas formas, tampoco era muy alto...

Los niños no tenían ni idea de lo que quería hacer el profe con el escarabajo o con la flor de piedra.

Y entonces vieron que, con su sano despiste, o quizás por reflejo, el profesor Babucha cogía el palo de hockey, o el cazamariposas, o lo que demontres fuera, y se disponía a esquivar la flor como había esquivado las andanadas de luz sólida.

--¡No! --gritó Danki.

--¡No! --gritó Lala.

--Gu --gritó Pis-Pis.

Pero el profesor Babucha parecía no sacudirse el despiste. La flor de piedra se le acercó velozmente y ni corto ni perezoso, smack, le dio un golpe con la punta del cazamariposas.

Danki, Pis-Pis y Lala suspiraron abatidos.

Tantos esfuerzos... ¿para nada?

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