Los superhéroes y los supervillanos se fueron debilitando, debilitando, hasta quedar para el arrastre en el suelo. Al instante, las máquinas robóticas inventadas por Doc Centurión los recogieron, los sentaron en unas sillas que parecían tronas de bebé y los rodearon con cintas metálicas que los obligaron a estar inmóviles. Ninguno dijo ni pío, afectados como estaban por aquel extraño virus (bueno, Don Justicia dijo algo así como "no contábamos con su astucia", pero no viene al caso).

--Bueno, pues ya estamos los cuatro aquí --dijo Masalfasán, quitándose el disfraz de Maléficus. Aunque le gustaba mucho y era muy bonito, resultaba un poco incómodo: siempre se pisaba la capa.

--Sí, ya estamos aquí --contestó Danki, dándoselas de valiente. La verdad es que estaba aterrado, porque no había ningún héroe de tebeo a la vista que pudiera sacarles las castañas del fuego--. ¿Y ahora qué?

--Pues creo que hay algo que tenéis que darme.

--Gu.

--¡No! ¡Jamás te entregaremos a Pis-Pis! --chilló Lala.

--¿Pis-Pis? --Masalfasán arqueó mefistofélicamente una ceja--. ¿Quién quiere a ese bebé repelente? Bastante lata me dio en la selva. ¡Y cómo traga! Tuve que prepararle catorce biberones, al niño. Y me quedé sin existencias de pañales. No, gracias. Podéis quedaros con vuestro hermanito.

--Gu.

--¿Entonces qué es lo que quieres? --preguntó Lala.

--El escarabajo de Rama-La-Tut --adivinó Danki.

--¡Premio para el caballero! Y algo más.

--Y la flor de piedra.

--Exacto.

--Porque están hechas de tintanium.

--Huy, qué listo.

--Y el tintanium...

--Afecta a todos estos superhombres, quitándoles los poderes. ¿O creíais que la kriptonita y Supermán eran únicos? Sabía que tendría que quitármelos a todos de en medio si quería abrir el portal del Sector Negativo.

--O sea, que eran el escarabajo y la flor de piedra la causa...

--La causa misma. Por cierto, habéis tardado mucho en llegar.

--Pues no puede decirse que nos hayamos entretenido por el camino.

--¿Y para qué quiere abrir el Sector Negativo, si se puede saber? --preguntó Danki, que sabía que en sus momentos de triunfo los malos de los tebeos tenían cierta tendencia a hablar y a hablar por los codos y a dar explicaciones que a veces se volvían en su contra.

--Para conseguir más tintanium. El Sector Negativo está repleto de ese material encantado. Cura y enferma, según se maneje. Y sobre todo...

--Le da la posibilidad de viajar de un tebeo a otro.

--Eso es. Eres muy listo, amiguito. Con el tintanium en mi poder, seré invencible.

--Pues cualquiera diría que ya lo es.

--Hay una pega nada más --dijo Masalfasán, chasqueando los dedos como un niño malcriado. Esa podía ser la tercera M de su nombre: Masalfasán Malcriado Malasombra. ¿O sería la M de Maléficus?

--¿Una pega?

--El tintanium me resbala. Escapa de mí. Por eso necesitaba que alguien del Otro Lado me capturara una pequeña muestra.

--Nosotros. Pis-Pis ha sido el anzuelo para llegar a nosotros.

--Eso es. Oye, niña, ¿sabes que empiezas a resultarme tan cargante como tu hermano?

--Gu.

--Tú eres peor que los otros dos, renacuajo. En el Sector Negativo, según mis cálculos, abunda el tintanium, que tan difícil de encontrar es en todos los tebeos. Con vuestra inestimable ayuda, podré conseguirlo en cantidades industriales. ¡Y nadie podrá detenerme!

Acercó a los tres niños al brillante portal del Sector Negativo, que parecía una pantalla de televisión pero grandísima. Al otro lado brillaban estrellas y soles, galaxias pequeñitas, asteroides de colores que se perdían en el infinito. Todo brillaba con tonos imposibles.

Masalfasán ordenó a un brazo robótico que atrapara a los tres niños, y cuando los tuvo cogidos e inmovilizados, los asomó al portal. Al instante, el escarabajo de Rama-La-Tut que tenía Danki y la flor de piedra que tenía Lala empezaron a resplandecer, a latir dentro de sus bolsillos, como si enviaran una señal al tintanium perdido en otros mundos.

Un enorme meteorito apareció en el fondo del Sector Negativo, allá donde se confundía el universo en el séptimo o el octavo pino, y se fue acercando hacia donde ellos estaban.

Era un pedrusco enorme, verde y brillante, la mar de bonito.

Sentado encima, venía una figura regordeta, con barba blanca.

Y un cazamariposas.

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