Allí los esperaban Dingo, el hombre-perro salvaje australiano, chiquitito y con muy mala idea. Y Fantasmán, flaco y medio transparente como si fuera un helado a medio hacer. Y D-Sastre, vestido de harapos y con agujeros hasta en los guantes. Y Madame Brújula, guapa y pelirroja y que odiaba a los hombres y a Don Justicia por machista y por encima de todo. Y Komodo, que parecía un dragón y andaba a cuatro patas, sacando la lengua y babeando. Y Bandera Negra, con su calavera de pirata en el pecho y su garfio de abordaje en una mano (los dibujantes se solían equivocar y unas veces tenía el garfio en la derecha y otras en la izquierda). Y Urcus el inefable, feo como él solo, fortachón y con cara de jabalí verrugoso. Y la bruja Samantha Salem, con los pelos blancos y una escoba voladora que si la patentara la NASA ya habríamos colonizado Marte. Y Cromlech, un tipo de piedra que se daba cierto aire a Crunch, a quien ya vimos en las aventuras de Roy Rocket. Debe ser porque todos hombres pétreos se parecen.

Y sobre todo, Maléficus, con su armadura y su capa y sus guantes de metal y la máscara negra que le cubría todo el rostro y sólo dejaba ver su sonrisa blanca y malvada. Una sonrisa muy parecida a la que tienen todos los malos en los tebeos, algo enloquecida, algo salvaje.

Los Guardianes de la Gran Manzana, agotaditos, deshicieron la pelota defensiva que los había llevado hasta lo alto del laboratorio como si Nueva York entero fuera una máquina del millón, y Danki, Pis-Pis y Lala corrieron a esconderse detrás de los inventitos futuristas que, vaya usted a saber por qué, el cerebro privilegiado de Doc Centurión jamás patentaba, con el dinero en royalties que tendría que haber por medio.

Formaron un círculo defensivo y los miembros del Escuadrón Enmascarado se acercaron amenazadores, enseñando dientes, haciendo chasquear látigos, soltando gravilla o babeando.

Iba a ser una batalla épica. Seguro seguro que ocupaba más de un número de la colección de los GGM.

Lo mismo hasta se continuaba en algún especial, o en la colección individual de Charlie Centella. O de Don Justicia.

Vamos, que como la cosa fuera para largo Danki, Pis-Pis y Lala iban a regresar a su mundo original a las tantas.

Si regresaban.

Y entonces los miembros del Escuadrón Enmascarado empezaron a estornudar, a toser, a escupir (Komodo, que era un poco guarro), a rascarse y a sentirse débiles, desamparados, desesperados y muy malitos.

--No lo comprendo --murmuró Danki--. ¿Qué está pasando aquí?

--Parece que se están poniendo todos enfermos.

--Gu.

--¿A la vez? Esto parece...

--¡Danki! ¿Podríamos habernos traído con nosotros del tebeo de Sir Espada la Muerte Negra?

--¡La plaga! --exclamó el niño--. ¡No puede ser! ¿Entonces por qué nosotros no tosemos como ellos?

--Gu.

--Además, que ellos son superhéroes. Y supervillanos. Deben estar inmunizados contra casi todo.

--¿No hay algo que suele afectarlos? ¿No dicen que todos tienen un talón de Arquímedes?

--De Aquiles.

--¿De dónde?

--De Aquiles. Un talón de Aquiles. ¿Pero cómo van a tener todos a la vez el mismo talón?

--Sí, claro. Aquí hay lo menos catorce personajes y todos tienen dos pies.

--Gu.

--No me refiero a eso, carcamala. Que cada uno tenga su pequeña pega, pues es lógico. Uno puede ser ciego, el otro tímido, el otro sordo...

--Ya me parecía a mí que Vendaval hablaba muy fuerte.

--¿Pero todos tosiendo a la vez?

--Tiene que ser un virus. Una gripe superheroica.

--Oye, ¿y estos tipos no tenían defecto curativo?

--No. Ya no --dijo una voz potente, terrible, espantosa a sus espaldas.

Y Danki, Pis-Pis y Lala se volvieron hacia el único superhombre que no tosía, ni estornudaba, ni escupía ni se rascaba.

Maléficus.

--Hola, pequeños. Os estaba esperando.

Y se quitó el casco y les dejó ver la cara.

Era... venga, va, decidlo:

--¡Masalfasán Malasombra!

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