Los tres héroes y sus invitados en esta historia (o sea, Danki, Pis-Pis y Lala) continuaron su viaje recorriendo el río en su barquito de vela. Tuvieron que detenerse cuando vieron que el barco aceleraba que ni con turbo, echar el ancla y comprobar que se aproximaban a una catarata, que siempre están cerca en los tebeos y ni se escucha el ruido que hacen ni nada. No podían despeñarse porque iban corriente arriba, como ya se ha dicho, pero tampoco podían saltársela como si fuera un escalón, hale hop y adelante.

Así que dejaron el barco con el freno de mano puesto y la cadena echada y otra vez se internaron en el bosque. Lala había leído El señor de los anillos y no paraba de buscar detrás de los árboles y entre las piedras a ver si se encontraba con Frodo o con Bilbo (o con Legolas, que tenía que ser guapísimo), pero no hubo suerte. Debían de ser de otra historia, como así era.

Por fin se encontraron con una montaña gris que se alzaba tras los árboles, un antiguo volcán más o menos apagado (en los tebeos esas cosas nunca se saben), en cuya cima, según los estudios del sabio Ambrosinus, existía aquel tesoro que era el trébol curativo.

Danki, Pis-Pis y Lala decidieron acompañar a Gargantúa y Jeromín mientras escalaban el volcán. Sir Espada, debilitado todavía, y pese a sus protestas, tuvo que quedarse abajo.

Eso de escalar no era nada fácil, pero la fuerza hercúlea de Gargantúa facilitaba mucho las cosas. Un tironcito y hale, arriba como si fueran un yo-yo.

Por fin, llegaron a la cima, que tenía un agujero en el centro y todas esas cosas que se estudian en los libros de naturales. Y allí, un poco más abajo, como un magnífico jardín de piedra, se extendía un prado de flores de tres hojas.

Jeromín entonó una cancioncilla que tenía preparada para la ocasión, y los cinco (porque Pis-Pis también colaboró), empezaron a recoger flores del interior del cráter. Con ellas, un hombre tan sabio como Ambrosinus sería capaz de fabricar un antídoto contra la Muerte Negra.

Si conseguían llevar las flores de piedra al castillo de la reina Gwendolyn.

--El color de las flores de piedra... --murmuró Danki--. ¿Has visto, Lala?

--Verde y muy bonito.

--Como el escarabajo del faraón Rama-La-Tut.

--¿Qué quieres decir, Danki?

--Pues que seguimos haciéndole el juego a Masalfasán.

--No ha aparecido en esta historia. Todavía.

--Ni falta que le hace. Si estamos nosotros localizando el tintanium por él, sólo tiene que esperarnos cuando bajemos. O cuando pasemos a otro tebeo.

--Si pasamos. No olvides que no somos inmunes a la Muerte Negra.

--Gu --apuntó Pis-Pis, que todavía estaba pasando el periodo de vacunas y andaba el pobrecito acongojado.

Un sonido a hierro y a cuero, y los cinco amigos se volvieron para ver que un enorme contingente de hombres armados los rodeaba.

--¡Sarracenos! --exclamó Jeromín/Ingrid, echando mano a su puñal--. ¡Atrás, Danki! ¡Atrás, Lala!

--¡Mira tú qué bien! --Gargantúa dio una sonora palmada--. Con las ganas que tenía de desengrasar los músculos.

Y empezaron a darse tortas y puñetazos. Eso sí, sin matarse ni nada. Parecía claro lo que querían los sarracenos: apoderarse también de las flores de piedra.

Y no habían terminado de sacudirse el polvo cuando un puñado de pictos prehistóricos se unió a la refriega.

Y no habían tenido tiempo de recuperar el aliento cuando los piratas berberiscos (berberechos, como decía Lala), pues también quisieron poner su granito de violencia.

Danki, Pis-Pis y Lala se sentaron en un rincón, a ver la pelea. No es que fuera muy agradable, pero no podían hacer nada contra aquel puñado de alfanjes y picas.

--¿No sería más sencillo sentarse a hablar? --dijo Lala--. Ay, todos los hombres sois iguales.

--Oye, oye, que Jeromín es una chica.

--¿Una chica? ¡Qué me dices!

--No, eso era un programa de cotilleo de la tele. Jeromín es una chica que se hace pasar por chico.

--Qué pasada.

--O sea, que lo de ser violento y pegarse tortas antes de hablar no es privativo de los hombres.

Sí, las aventuras estaban muy bien para los tebeos y las películas, pero cuando las cosas se ponían negras (y no podían estar más negras que con la Muerte Ídem), parecía que a nadie le entraba un poco de cordura y decidía que parlamentar era mejor que usar espadas y cachiporras.

¿O sí había alguien?

--¡Envainad vuestras espadas! ¡Detened la pelea!

Era una voz varonil, segura de sí misma, aunque un poco entrecortada por la caminata.

Sir Espada. En su pose característica, apoyado en su arma, como el Oscar.

--Buscáis lo mismo que nosotros, ¿no es así? Un remedio contra la Muerte Negra.

El jefe de los sarracenos, el príncipe Ahmed Ali Ben Boba Fez, asintió.

--Si ese remedio existe, si las flores de piedra nos lo pueden ofrecer, tiene que ser para todos, no para unos pocos.

El capitán de los piratas berberescos, Sidi Alcanatif, asintió también, ruborizado.

--¿O queréis salvar sólo a unos pocos elegidos? ¿Quiénes somos para decidir quién tiene o no tiene derecho a la vida?

El cacique de los pictos prehistóricos, Ngurf McGibson, miró al suelo.

--Todos tenemos amigos, parientes, vecinos que han caído en las garras de la Muerte Negra.

Gargantúa y Jeromín se rascaron la cabeza y se aclararon la garganta, respectivamente.

--Así que no sería humano, ni justo, matarnos por un remedio que podría ser de todos, si nos entretuviéramos en recoger cuantas más flores de piedra podamos, en vez de intentar quitárselas a los demás. No seamos igual que la Muerte Negra.
Todos juntos, podemos crear la Vida Blanca.

--Jo, cómo habla el tío, ni Kevin Costner --murmuró Lala, olvidando que ya se había jurado, teóricamente, que el amor de su vida iba a ser para siempre jamás Roy Rocket, con o sin atontada de Dulce Peregrina.

--Y además que tiene toda la razón. Como funde un partido político, este inventa la democracia en la Edad Media.

--Gu.

Todos depusieron sus armas y se pusieron al tajo, riendo y charlando como si fueran amigos de toda la vida, cosa que serían dentro de un rato. Había flores de piedra para todos, y aunque no las hubiera, seguro que el sabio Ambrosinus, a partir de las que le llevaran, sabría multiplicar su efecto curativo por todo el planeta.

Danki, Pis-Pis y Lala se miraron. Con las flores de piedra en poder de todos aquellos hombres armados, seguro que Masalfasán Malasombra ni se atrevía a asomarse a este tebeo. Este yacimiento de tintanium tendría un uso mejor que el que el mago quería darle: acabar con la Muerte Negra.

Pero de algún modo, los hermanos sabían que la única posibilidad de volver a su mundo era continuar el juego, llevarle la corriente a los planes secretos que Masalfasán había preparado para ellos, fueran cuales fueran.

Y así, entre los tres, cogieron un trébol de tintanium, y cada uno de ellos puso un dedo sobre una hoja.

Y, sí, en efecto.

Desaparecieron del mundo de Sir Espada y sus amigos como por arte de magia.


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