Pegando el oído aquí y allá, porque con tanta gente y tanto jaleo nadie se entretuvo en explicarles cómo estaba la situación, Danki y Lala se enteraron de que el malvado Emperador Nok acababa de lanzar una ofensiva demoledora contra el Grupo de Luchadores por la Libertad y la Instauración etcétera. O sea, contra los rebeldes. Y les había dado una buena somanta aprovechando que Roy Rocket había caído en manos de la reina bruja Camelia de las Cuevas y se había pasado a las filas del enemigo.

Fugazmente, eso sí. Hasta que los esfuerzos de la Princesa Arena y una buena descarga eléctrica por parte de Watson 1-2-3 le habían hecho recuperar la memoria.

Inmediatamente, sin tiempo siquiera para hacerse un chequeo médico por si le quedaban algunas secuelas (se había pasado media aventura anterior respirando nitrógeno líquido en un tanque de privación sensorial allá en las mazmorras de la reina bruja), Roy Rocket se puso al mando de las fuerzas rebeldes y, a base de echarle valor y coraje, habían conseguido repeler el ataque de los mecanoides del Emperador Nok.

Había un problema, claro. Si no, las aventuras de Roy Rocket en el planeta Zarg se habrían acabado. Y Danki sabía que se venían estirando y estirando desde hacía un montón de años.

El problema era Dulce Peregrina. No es que fuera tonta exactamente. Es que era poco decidida. Rubita, muy mona, timidita, tenía la manía de dejarse secuestrar cada tres historietas, rasgarse los vestidos cada dos, llorar a moco tendido cada cuatro, ponerse verde de celos cada siete, perder la memoria (sí, ella también) cada diez. Por lo visto, Danki y Lala habían caído en aventura impar, y la buenaza de Dulce había sido secuestrada por algún sicario de segunda división del Emperador Nok, un gobernador, o un virrey, o un coronel con mando en tropa.

Y allá estaba el pobre Roy Rocket, descompuestito después de haberse pasado horas extras luchando en los dos bandos de la guerra, dispuesto a hacer cuanto estuviera en la punta de su secador del pelo por liberar a su novia.

--Tenemos que encontrarla sea como sea --dijo Roy Rocket, sin alzar una ceja. Lala pensó que lo mismo podría estar hablando de una moneda perdida o de un cachorrito de gata. No era muy expresivo, no.

Un pitidito metálico, con ecos a encuentros en cuarta o quinta fase, escapó de entre las ranuras de Watson 1-2-3.

--Watson dice que la nave insignia de la flota de mecanoides puede tener información sobre su paradero --tradujo el héroe del espacio al puñado de luchadores por la libertad, que no entendían el pitiditos-español, ni siquiera el pitiditos-zargiano--. ¡Todo el mundo a sus naves y que la suerte nos acompañe!

Aunque a Danki y Lala les sonó que no había dicho la frase bien, echaron a correr y se metieron como pudieron en el cohete en forma de lápiz de colores. El resto del ejército rebelde, con algunos de sus pintorescos capitanes, lo hicieron en otras naves que parecían saldos. Lala no entendía mucho de aeronáutica (en realidad no entendía nada de nada), pero desde luego si le hubieran dicho que aquellas chatarras podrían volar, se habría partido por la mitad de risa.

Despegaron del campo de batalla, llenando de humo y tierra azul las carcasas de los mecanoides que se habían quedado allí, vencidos y sin órdenes que cumplir, más estropeados que un televisor en blanco y negro.

Haciendo cabriolas para no tragarse la nave del Príncipe Ala Negra, esquivando por los pelos el bocadillo de tortilla que parecía el cohete de Crunch el hombre de piedra, y pasando por entre la nave burbuja de los hombres submarinos y la lámpara de rayos uva de los hombres leopardo, el cohete de Roy Rocket saltó al espacio y zas, en un periquete todo se llenó de estrellas cuando saltaron a la velocidad hiperfásica y atajaron por el hiperespacio.

A Danki y Lala, amarrados en la cabina del piloto, no se les removió nada en el estómago porque, recordemos, no habían llegado a tomarse los bocatas que el Capitán Jungla les iba a dar, que si no a ver cómo habría podido llevar la nave Roy Rocket con los dos niños dando el numerito y aquejados del mal del espacio.

--¡Tengo la escuadra mecanoide en el visor, Roy! --anunció la Princesa Arena, echándose atrás un mechón de pelo azul. Cuando ponía cara apurada, estaba monísima.

--Pasa a velocidad sub-luz.

--A la orden.

--Lanza un torpedo de aviso.

--Lanzado.

--Rastrea la nave insignia.

--Es la que va en cabeza.

--Esquiva los torpedos de fotones.

--Esquivados.

--Emplaza los escudos de proa.

--Emplazados.

--Maniobra 3 14 15 92 periódico.

--Realizada.

--Nube de gas de camuflaje.

--Expulsada.

--Garfios de amarre en posición.

--Dispuestos.

--Fuego a discrección contra las toberas.

--A llamaradas.

Lala fue a abrir la boca para protestar. Jolines, el tal Roy Rocket no se movía del sillón de capitán. Mucho mandar y mucho mandar, y era la pobre de la Princesa Arena la que lo hacía todo. Miró al héroe del espacio y suspiró. Estaba guapísimo. Ay, si le mandara hacer algo a ella.

--Lala, sujeta bien tu cinturón de seguridad --dijo Roy Rocket, como si le hubiera leído el pensamiento--. Danki, ese botón de la izquierda os surtirá de cascos de oxígeno, por si falla la descompresión.

--Tenemos un problema, Roy --anunció la Princesa Arena--. La nave insignia de los mecanoides está equipada con un escudo antifotónico. Todo aquello que sea superior a un torpedo bifásico rebota en su coraza.

--¿Tenemos torpedos bifásicos a bordo?

--Gastamos el último en la maniobra 45.

--¿Lluvia de impulsión cuántica?

--Ni gota.

--¿Amperímetros dobles?

--No funcionan.

Roy Rocket hizo "Mmm" y frunció el ceño.

--¿Cuánto miden los torpedos bifásicos, Arena?

--Entre tres y cuatro klangs. Metro noventa, según tus cálculos.

--Bien --dijo Roy Rocket, y se soltó el cinturón de seguridad y flotó como un ángel rubio sobre las cabezas de la Princesa y los dos niños--. Pégate cuanto puedas a esa nave insignia.

--¿Qué vas a hacer?

--Lo que un hombre tiene que hacer.

El héroe del espacio se acercó a la escotilla, la abrió, mientras su capita corta revoloteaba. Se la quitó para no entorpecer sus movimientos y salió del cohete.

Danki y Lala lo vieron caminar por el ala, hasta asomarse.

Entonces dio un salto y se arrojó al vacío.

Por la pantalla del visor, los dos niños y la princesa de pelo azul vieron cómo caía en bloque contra la nave enemiga, se sujetaba al ala de babor, luchaba con todas sus fuerzas por no caerse y después, muy despacito, avanzaba hasta la compuerta.

--¡Qué tío! ¡Esto solo pasa en los tebeos! --exclamó Lala, admiradísima.

--Bueno --despreció Danki, algo mosca porque le habría gustado que Roy Rocket contara con él para algo. A fin de cuentas, también él medía menos de cuatro klangs--. Se lo vi hacer a John Wayne en una película antigua.

--Sí, pero en una diligencia, listo.

--¿Y qué más da? ¿Tú crees que si se queda planchado contra el planeta va a ser distinto que si lo atropellan seis caballos a la carrera?

Roy Rocket llamó muy educadamente a la compuerta. Un mecanoide de servicio la abrió, y el puñetazo que le dio el héroe del espacio se pudo oír hasta en Alfa Centauri. Después, se coló dentro de la nave insignia y Danki y Lala ya sólo pudieron ver que ésta se movía como una coctelera, un poquito a la derecha, ahora hacia arriba, otro poquito más hacia abajo, luego a la izquierda. Como si en vez de Roy Rocket se hubiera colado dentro un terremoto.

--Atención, Princesa Arena. Aquí Roy Rocket, ¿captas? --sonó la voz del héroe del espacio por el intercomunicador de a bordo.

--Te recibimos fuerte y claro, Roy.

--He capturado un disco de información enemiga.

--Magnífico.

--No puedo leerlo. Los mecanoides han saboteado sus sistemas de reproducción.

--Lástima.

--También han saboteado los sistemas de dirección de la nave. No puedo hacerme con el control.

--¿Has intentado con el piloto automático?

--Recibió una patada en los circuitos. No responde.

--¿Y la telemetría subóptica?

--Esta nave carece de ella. Es un diseño avanzado, igual que los mecanoides que hemos combatido estos últimos días.

La Princesa Arena se mordió los labios.

--¡La nave empieza a caer hacia la superficie! Roy, ¿cómo vas a salir de ahí?

El héroe del espacio lo pensó un momento antes de carraspear:

--No tengo ni idea.


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