Debieron llegar al mundo de los tebeos aproximadamente a la hora de la merienda, porque la pantera negra lanzó un rugido, o tal vez fue su estómago que tenía hambre y gruñía pidiendo manduca, y se lanzó hacia ellos como se puede uno tirar del trampolín de una piscina. No, no tapándose la nariz y dando en el agua con la espalda o el trasero, sino con las patas delanteras extendidas, los dientes y colmillos brillando, los ojos encendidos. Para hacer una foto, una pose de premio. Para que te caiga encima, una situación de espanto.

Danki y Lala apenas tuvieron tiempo de ver cómo aquel magnífico animal se zambullía contra ellos dos, y ni les dio tiempo a pensar que se los iba a zampar de dos bocados, tantísimo susto les dio el bicho. Pero entonces, por encima del rugido de hambre de la bestia, se escuchó un alarido impresionante, como cuando papá se pilló una vez el dedo gordo del pie cuando se le cayó encima la lasaña congelada al sacarla del frigo, y una figura que parecía ligeramente borrosa se estampó contra la pantera y las dos rodaron por el suelo.

En ese momento, en vez de una pantera negra en un bosque de colores a puntitos, Danki y Lala vieron formarse ante sus ojos una extraña pelota de polvo, una nube en la que de vez en cuando asomaba una mano humana, una zarpa de leopardo, un pie descalzo, una cola negra, un ojo azul, un ojo verde, cosas así. La bola de tierra giraba y giraba, con estrépito, como esas bolas de matorrales que se ven en las películas del oeste dando vueltas y más vueltas por los poblados fantasma, y de vez en cuando asomaban letras tipo GRRR! o ROUARGH!, o BUNDOLO!, o AURGH!, lo que en el mundo de los tebeos se llaman onomatopeyas.

Danki y Lala fueron retrocediendo, hasta quedarse con la espalda pegada a un árbol. Por fin la pelota dejó de rodar, y la pantera apareció más arrugada que una alfombra y se largó a toda pastilla, con la cola entre las piernas como aquella vez que al pobre Monko le dio un topetazo una moto de reparto de pizzas a domicilio y creyeron que iban a tener que llevarlo al veterinario. La pantera se perdió entre el bosque de papel y en vez de la pelota de tierra vieron que allí lo que quedaba era un hombre.

Era alto, bronceado y musculoso, más que nada porque todos los héroes de tebeo suelen serlo. Tenía una cinta en la frente para sujetarse el pelo negro, y usaba antifaz y guantes, y no llevaba zapatos, posiblemente porque en la jungla no hay ningún zapatero que gane lo suficiente para mantener el negocio, y eso que deben tener un montón de cocodrilos cerca. No vestía el típico taparrabos ese en plan bañador de competición, sino una piel de leopardo algo apolillada que de la cintura le subía hasta un hombro. Era...

--¡El Capitán Jungla! --exclamó Danki, y no se dio cuenta de que en el mundo del tebeo los ojos se le salían un poquito de las órbitas y se quedaba flotando en el aire unos segundos, sin tocar con los pies el suelo.

Ese mismo era, ya lo iba a escribir yo: El Capitán Jungla. Este Danki siempre tan impaciente.

--¿Quién?

Lala no había leído ningún tebeo del Capitán Jungla, cosa que no era de extrañar porque ya hemos visto que su hermano no le prestaba nunca sus cosas. Después del susto de la pantera, tampoco estaba para muchas fiestas, y la idea de ser salvada por un guapo desconocido estaba muy bien para las películas y las novelas (y los tebeos, si viene al caso), pero aquellos dos metros de hombre forrado de leopardo, con antifaz como los ladrones y con guantes de cuero hasta medio codo le parecía de poco fiar. Y además con el antifaz tampoco se veía muy bien si se parecía a Alejandro Sanz o a Gabino Diego.

--¡El Capitán Jungla! ¡El defensor de los débiles y oprimidos! ¡La ley de la selva!

Lala se rascó la cabeza y miró al desconocido.

--¿Ese no era Tarzán?

--No, Lala. El Capitán Jungla. El def...

--Ya te he oído. O te he leído, que pareces tonto con ese globo blanco colgando de la cabeza. Tarzán pobre, ¿no?

--No exactamente, Lala. Un hombre-mono al estilo de Tarzán.

--Pero no es Tarzán.

--No, no lo es. Pero si te sientes más tranquila, como si lo fuera.

--¿Y para qué lleva antifaz?

Danki puso los ojos en blanco. El Capitán Jungla se acercó a ellos.

--¿Estar bien, niños?

--Sí, Capitán, gracias. Me llamo Danki Martínez y ésta es mi hermana Lala.

A Lala seguía sin hacerle mucho chiste aquel desconocido vestido con bañador estrafalario. Tarzán era una cosa. Pero una imitación con antifaz era otra muy distinta. Y le resultaba rarísimo que usara guantes en vez de zapatos. Con todo el calor que hacía en la selva, debía tener las manos pringosas.

--Yo estar encantado de conocerlos, niños. ¿Venir de Zwambiazilia?

--¿Mande? --dijo Lala. Danki le dio un codazo en las costillas.

--De un poco más lejos, señor.

--Selva ser peligrosa para niños sin protección --dijo el Capitán Jungla, olisqueando y haciendo morisquetas como si le picara todo. Dio un brinco y se encaramó a un árbol, y se perdió entre las ramas de la copa. O sea, en lo más alto.

--¿Nos salva y se va? ¿Este tío se cree Spiderman o qué?

--No seas desagradecida, Lala. Es el Capitán Jungla. ¿No has visto cómo olfateaba al viento? Debe de haber advertido un nuevo peligro.

--O se ha olido él mismo los pies, qué asco.

--Es un hombre-mono.

--Pues olía a tigre. ¡Y habla la mar de raro! ¡Como los indios de las pelis viejas!

--¿Cómo hablarías tú si te hubieras criado con una manada de orangutanes?

--No hablaría de ninguna manera, listo. Los orangutanes no hablan. Ni los chimpancés tampoco, por cierto.

--Pues eso mismo. El Capitán habla en infinitivo, como los indios y como Tarzán en las películas.

--O sea, que está medio tarado. Si tuviera que hablar en inglés, pues a lo mejor es normal que se liara con los adjetivos y las eses de la tercera persona de singular, pero...

--Vale, Lala. Habla raro. Dejémoslo ahí.

--Y usa guantes.

--Para no rasparse las manos con las lianas. Además, cuando golpea a los malos, les deja marcadas las letras C y J.

--La marca registrada. Para hacerse publicidad.

Danki resopló. Cuando Lala se ponía criticona no había manera.

--Pues a lo mejor.

--¿Y el antifaz?

--¿Qué tiene de raro el antifaz?

--Pues entre otras cosas que no se le ven los ojos.

--Tampoco a Batman se le ven. Ni a Spiderman. Ni a Linterna Verde.

--¿Y cómo lo hace?

--¡Y yo qué sé! ¡Eres imposible, Lala! El mundo de los tebeos debe tener unas leyes físicas diferentes. Te pones un antifaz y zas, se te borran las pupilas de la cara. También Supermán se pone los calzoncillos por encima del leotardo.

--Es verdad --reflexionó Lala--. Siempre había pensado por qué no le abulta la capa debajo de la chaqueta cuando va vestido de Clark King.

--Kent.

--De Kent King, vale.

--No, de Clark Kent.

--A ver si te aclaras, majo. Además, que más da, Clark Kent, Kent King, King Kong... Oye, no estaremos en una jungla como la de King Kong, ¿no?

Danki no tuvo tiempo a contestar. De los árboles aterrizó el Capitán Jungla, justo entre los dos niños, sin hacerse daño en los pies descalzos y eso que el golpe fue fuerte. Se llevó un dedo a la boca y los hizo callar.

--Silencio, pequeños --dijo, con una voz capaz de ponerle la piel de gallina a cualquiera--. No mover. No hablar. El peligro no haber pasado todavía.


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Comentarios

1
De: Vicent Fecha: 2007-07-04 18:49

Me gusta mucho, la niña debe tener sobre los 11 años, porque es igual de marisabidilla que mi hija...

Seguiremos atentamente los proximos capitulos.



2
De: RM Fecha: 2007-07-05 12:26

Danki tiene 11, Lala tiene 9. Sí, marisabidilla tengo yo una en la familia...



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