ANGEL EXTERMINADOR
El espacio, resplandores de estrellas, un planeta que puede ser Júpiter. La nave terrestre va entrando en cámara con morbosa espectacularidad, en plano y contraplano, al ralentí, deslizándose con ademanes nítidos casi propios de una danza sin sonido; es rubia y negra. Un segundo después, mucho más lejana, desde esta perspectiva infinitamente más pequeña, entra en el foco la otra nave. Viene suspendida por un cable inexistente que ni los ojos del padre de los dioses serían capaces de ver; es clara y fría. Los dos monstruos de hierro se van acercando uno hasta el otro lentamente, hundidos en una pasmosidad bestial, soportando con honor aparente la gracia indiscutible de pertenecer al grupo de la civilización, orgullosos de todo este ritual caro y ridículo.

En el interior de la nave terrestre cuatro son los miembros especializados para esta mortífera misión, como cuatro se supone deben ser los elementos del crucero alienígena. Todos parecen por ahora muy seguros, muy tranquilos, poco humanos, enfrascados como andan en la supervisión de su tarea. Vienen tres hombres y una mujer: Inútil desterrar de momento el machismo en el espacio.

—¡Los tengo en el visor! —exclama Halleck, barba azul de poeta mahometano, pantalón corto—. ¡Vaya, esos hijos de perra son puntuales!

—No se observan signos de ninguna otra nave en el radio de una luna —advierte la nariz más linda de todo el extraño grupo, la cintura más esbelta, esa carita dorada con reminiscencias de Cleopatra y complejo de Edipo que responde con gestos hoscos al nombre de Carmen Comaneci, para servirle a Dios y a usted, mujer a pesar de lo que digan, astronauta—. Vienen solos.

Skinner pasa la vista levemente por ese cuello que ama, el cuello que sus manos mil veces se han complacido en poseer, y muy en su papel de capitán de la misión, claroscuros sus ojos a la luz paliducha de esta caverna modernizada, apenas tiene unos segundos para controlar las luces y preguntar con una voz muy personal la fatídica cuestión que a los demás, a él mismo y a la supervivencia de su raza de manera tan molesta les preocupa.

—¿Armas?

—Ninguna. Han respetado la tregua —es Brando quien aclara, Brando quien contesta; rastros de judío converso afloran en su cara. Brando el infeliz, el optimista.

—Se están acercando —avisa nuevamente Carmen Comaneci, el pelo más hermoso de toda esta parte del espacio, James Dean femenino que se muere de ganitas de toser; una cama, un cigarrillo o una ducha son todo cuanto apetece ahora.

En el vacío, en plano general, las dos naves se van acercando más y más, ya casi pueden tocarse. Juega a ser burbuja la nave rubia y evoluciona de arriba a abajo, adelante y para atrás, hasta colocarse en situación previa al acople. La nave ajena abre la boca, redonda y fría, casi animal, en el remedo más burdo que jamás hubiera habido de un acto que es la inversa del acto del amor. Pasan los minutos: Aire viciado y gotitas de sudor. En el interior de su nave, Skinner, pelito corto de astronauta al uso, nariz chata de ex campeón de box, está transmitiendo sus coordenadas por radio. Los demás siguen en su tarea. Todos tienen los rostros tensos.

—Atención, ésta es la misión Bandera Blanca de la Tierra. Hemos venido sin armas, según lo convenido, en gesto de buena voluntad. ¿Me reciben? Cambio.

—Le recibimos. Nosotros también venimos sin armas, pueden comprobarlo. Estamos dispuestos para el acople.

Dirige Halleck un gesto a Brando, que manipula los controles con familiar habilidad. Muy fuera, en pleno espacio, la nave terrestre rota y se va acoplando lentamente a la parodia de órgano sexual de la otra nave. Al fondo cruje el brillo de sal de las estrellas. Dos culturas en guerra, bajo su amparo, se rozan y se funden.

—Los tenemos encima —susurra Halleck, y más le valiera haber hundido la lengüecita en almidón, tan claro queda que la nave va subiendo o quizá es la alienígena que viene para abajo, así de nítidos son los sonidos metálicos del enganche. Chriiink, glank, tzoom, todos miran hacia lo alto, todos se asustan.

—La unidad secundaria no responde bien. Hal, maniobra los amortiguadores delanteros.
Halleck obedece sin discutir la orden de su esbelto y muy nervioso mandamás. Erguidas de su contacto, las lucecitas parpadean inocentemente. Hay alguien en concreto que piensa que el acople está saliendo de puta madre.

—¿Presión? —inquiere Brando, nadie responde—.¿Presión?

—Bien, bien. La presión anda bien. Es la unidad secundaria la que no responde.

—Atención —se desenrosca con ritmo átono la voz extraterrestre. Bien servida, muy cortés, parece que hubiera aprendido el idioma a través de las diarias emisiones de la BBC—. Atención. Detengan los motores de su nave. Repito, detengan todos los motores de su nave.

Ejecuta Halleck un signo obsceno con el dedo, pero al fin y al cabo obedece. Acerca la boquita al comunicador y comenta con ojos de vaca muerta lo que todos conocen acaba de hacer, inútil corregir la redundancia en este hombre.

—Motores fuera. Ahora estamos a merced de su campo tractor.

—Quiera Dios que respeten la tregua.

—La unidad secundaria sigue sin funcionar. Halleck, Brando, el generador va a la mitad.

—Mierda de nave.

—Dejad de protestar y haced algo —amonesta Carmen Comaneci sin levantar los ojos del visor; quizá piensa que es su turno de tomar el mando en esta misión—. Hal, baja tú y echa un vistazo, por el amor de Dios.

—¿Yo? —contesta el príncipe musulmán, señalando indolentemente la forma en que va vestido—. Lo siento, guapa, pero tengo que ponerme presentable para la ceremonia.

—Ve tú, Bill, y basta de discusiones. No hay nada que vaya a comerte ahí abajo.

No muy seguro del todo de la veracidad de la afirmación, Brando obedece, halagado porque este pimpollo con galones lo haya llamado por su hermoso nombre de pila. Murmurando algo con que pretende disimular, se quita los cascos y desaparece. En escena quedan Carmen, siempre sin despegar los ojos del visor, Skinner y Halleck.

—Skin, diles que ya pueden empezar a nivelar la presión. Todo dispuesto para la fusión de oxígenos.

Obedece Skinner su mandato interpretándolo como un ruego; haría cualquier cosa por esta mujer. Carmen teclea un momento y luego vuelve la mirada a Halleck; es recia y dura.

—¿Y bien? ¿Vas o no vas a ponerte presentable?

—¿Ahora?

—Hal, por todos los diablos, sólo tenemos quince minutos hasta el momento de la ceremonia. ¿Quieres hacer el favor de ir a vestirte?

Se levanta Halleck y obedece. Arrastrando los pies, como humillado, sale de escena. La cámara lo va espiando a medida que se adentra en el pasillo; todo se pierde en un montón de tonos oscuros. Vuelta atrás, en la cabina, Skinner y Comaneci se han quedado solos. Es tiempo de poner la música. Tal vez John Williams.

—Ah, ya se nota el cambio en el índice de presión.

—Y ese olor del oxígeno, ¿te das cuenta? Mmm, sabe bien.

Carmen se quita los cascos, en un tímido strip-tease, y suspira ruidosamente, encogiendo los hombros. Asiente. Skinner, a su lado, vuelve a tomar el micro.

—Atención. Todo el acople ha sido perfecto. Mi enhorabuena. Corto comunicación hasta el momento de vernos.

—De acuerdo, Tierra. Hasta entonces. Buena suerte.

—Parecen amables —comenta Carmen, Skinner desconecta—. Yo diría que les gusta tan poco esta maldita guerra como a nosotros. ¿Tú crees que todo saldrá bien?

Se sitúa Skinner detrás de ella y empieza a acariciarle un mechón de pelo que le cae junto a la cara. Mientras la conversación tiene lugar, gradualmente, su mano va torneando la suavidad de celofán de las mejillas.

—Ojalá. Ya es tiempo de terminar esta matanza. ¿No te parece increíble? Después de treinta años vamos a encontrar por fin la paz.

—Si nuestra misión tiene éxito.

—Lo tendrá, lo tendrá. Ahora que las dos partes hemos accedido a este encuentro ya todo será más sencillo. Cuando salgamos de aquí, los jefazos tendrán concordada su cita y podrán firmar el final de esta... —(Frente por frente, con hermético frenesí, se enciende una luz roja; Skinner titubea)— horrible... —(La luz, Skinner, la luz)— guerra.

Irrumpe bruscamente el primer plano de un hombre. Muy cercano, muy cerrado, únicamente deja ver una boca que gesticula palabras, un cuidado bigote negro, gafas oscuras.

Guerra. No podemos permitirnos el final de esta guerra. No, mi buen amigo, no podemos acabar con nuestro negocio.

—Guerra... fin... no.

Usted será elegido como miembro de la delegación diplomática. Usted será uno de los cuatro. Pero su misión no será la paz- Usted es nuestro enviado. Usted se ocupará de perpetuar la guerra.

La cámara se aleja de la cara del hombre y muestra a Skinner atado a una silla, cabeza abajo, en una habitación relumbrantemente blanca. Hay electrodos y cables confluyendo hacia sus ojos, tranquilidad glacial. El hombre de las gafas se está moviendo a su alrededor con morosidad, dictando la lección como un maestro ordena a un niño pequeño.

Destrucción. Usted sembrará la destrucción. Su misión será perpetuar la guerra. Cuando llegue su momento, usted SABRÁ. Destrucción. Usted debe exterminar a esos horribles invasores. Son NUESTROS enemigos. Usted, cuando llegue el momento, sabrá. Usted sabrá.

Vuelta al presente, al ahora. Skinner, todavía acariciando las mejillas de Comaneci, va rodeando su cuello morbosamente. Ella no sabe nada, no advierte nada. Él está rígido, suda, no puede apartar los ojos de esa luz roja que supone su condenación. La voz que lleva alojada dentro insiste una y otra vez, reverberando para siempre por las paredes grises y blancas de su cerebro.

Usted debe exterminar. Para perpetuar la guerra. Usted ama esta guerra.

—N-no... Yo... odio..., la guerra.

USTED AMA LA GUERRA. La guerra es la vida. La destrucción es el amor. Usted debe exterminar. Cuando llegue su momento, usted sabrá. Destrucción. Un reinado de destrucción. Para que siga la guerra.

Otra vez en la cabina. Las manos de Skinner son un tallo nervioso que acarician con temblor poseso el frágil cuello de Carmen. Ella tiene los ojos cerrados, está relajada, posiblemente incluso canta.

Usted destruirá. Cuando se hayan acoplado con LOS OTROS, una luz ROJA será la señal. Usted matará. Matará. Primero aquellos que puedan interponerse en el logro de sumisión. Primero quienes ama. Quienes ama. Quienes ama.

Tuerce Skinner el cuello de Carmen bruscamente, con un chasquido. Ella ni siquiera protesta, ni siquiera chilla, ni siquiera gesticula. Cuando las manos la sueltan, simplemente resbala poco a poco hacia adelante, muriendo como dicen que mueren los cisnes, todo el pasillo blanco de su garganta púrpura por los dedos que le han robado la existencia. Comaneci se desliza del asiento, belleza fría, carne sin vida, y queda muerta y linda sobre el panel de mandos, ofreciendo en su cara la expresión de una muñeca. Es la marioneta humana llamada Skinner quien reacciona, quien contempla aturdida y espantada y deja escapar un sollozo que devuelve a sus oídos la semblanza de la sombra que modula su dicción.

Usted destruirá. Primero a quienes puedan interponerse en el logro de su misión. Uno a uno. Uno a uno. Para que la guerra continúe. Sin ruido. Sin armas. ELLOS no deben sospechar. Sin ruido. Silenciosamente. Uno por uno. La muerte.

—Uno por uno. La muerte —repite Skinner con el alma hecha migajas y todo el cuerpo contrito de sudor. Se aleja de la sala y comienza a caminar por el pasillo como un borracho, como un zombi, como un muerto.

Halleck termina de vestirse en otra cámara para el encuentro. Tararea una canción de amor mientras se abrocha los zapatos, orgulloso de haber sido elegido para esta misión; toda la vida se ha creído un gentleman. Por el rabillo del ojo advierte que Skinner, convertido en una sombra que se aplasta contra la pared, acaba de aparecer a su lado.

—¿Vienes a cambiarte tú también? Date prisa, Skin, faltan nueve minutos para que estemos a punto de ver sus caras verdes. ¿Has ensayado todo ese largo parlamento que tienes que decir?

A sus espaldas, Skinner desenrolla un cable de acero muy fino. Hay una expresión terrible esculpida en su rostro, pero sus ojos están tristes. Da dos pasos en la oscuridad, sus manos se acercan.



—Ellos no comprenderán —recita, murmura, repite—. Ellos son inútiles. Deben ser suprimidos. Para que siga la guerra.

En la penumbra, el acero rodea a Halleck y le rompe la vida.

Sala de máquinas, muy abajo, oscuro casi total. Brando, manchado de grasa, con su gorra puesta y una herramienta en la mano, llama por el comunicador. Todavía no está nervioso. Juego de luces y soles. La habitación parece excelente para vomitar un monstruo capaz de devorarlo en un instante.

—¿Comaneci? Esto está listo. Ese maldito amortiguador ya no nos molestará más. ¿Comaneci? Comaneci, ¿quieres responderme? ¿Carmen?

En blanco y negro, en cámara fija, la imagen de Carmen, muerta sobre el cuadro de mandos, aparece entre las ondas de interferencia que nublan la pantalla interior. Brando se asusta, le tiemblan de súbito las piernas, comprende que este percance no estaba previsto en el plan general; no en el suyo, por lo menos.

—¡Carmen! ¡Dios mío, Carmen!

Corre hacia arriba, temeroso de veras por la repentina aparición. Al llegar al pasillo se detiene, reafirma su voluntad de seguir adelante y empuña la herramienta que es su única arma con todas sus fuerzas.

—¿Hal? ¿Halleck? ¿Skin? Carmen está muerta. Algo la mató. Tal vez los nors han estado insuflando algún tipo de virus. Quizá ya estén dentro de la nave. ¿Halleck?

Brando, en el suelo, encuentra el cuerpo tendido del príncipe moro. Reprime un chillido de espanto cuando se da cuenta que está pisando la mano muerta de su compañero, extendida con una petición piadosa que parece requerir todavía algo.

Más firme que nunca en su deseo de desaparecer de allí, el superviviente camina hacia el puente de mando. Una ojeada a Carmen le hace averiguar de qué manera brutal ha muerto ella. Una mirada a la compuerta entre las naves le hace saber que el asesino no puede haber sido ningún ñor, porque el camino está sellado y no entra dentro de sus posibilidades la teletransportación. Frenético, sabiendo lo que debe hacer, Brando descuelga el micrófono y habla. Es seguro que la envoltura de la muerte no va a tardar en aparecer y él quiere disponer de tiempo.

—Atención. Atención Tierra. Atención nave extranjera. A quien pueda oírme. Comaneci y Halleck están muertos. Repito, muertos. Alguien los mató. Tuvo que ser Skinner. Atención, atención, desacoplen las naves. Repito, es urgente, desacoplen las naves. Ha habido sabotaje. Toda la misión está a punto de fracasar. Repito, desacoplen.

Algo borroso empieza a vislumbrarse junto a él, algo delgado que se balancea como una campana de incienso. Brando se vuelve y encuentra a Skinner, a ese rostro distinto que en nada recuerda al rostro original de quien fue su compañero, al asesino que muestra en su puño cerrado un buen puñado de cables.

—No te oirán, mierda. No te oirá nadie. Debes permanecer en silencio, ¿vale? Debes permanecer callado hasta que yo te mate, ¿eh? Debes quedarte quieto. La guerra tiene que seguir. Por mucho tiempo. Para siempre. Son mis órdenes.

—Dios mío, ¿qué te han hecho Skin? —susurra Brando, nervioso y enano ante sus cambios de expresión, alzando con gesto defensivo la pesada herramienta de acero—.No te acerques. No des un solo paso o juro que te mataré.

—Matar. Ay, Matar. Soy yo quien tiene que matar. Soy yo el ángel caído. La destrucción. Ellos no quieren la paz. Necesitan un epílogo, un poco más de tiempo para su guerra. ¿Lo comprendes, mierda? ¿Verdad que no lo comprendes? No conocen el perdón. Ellos sólo desean la muerte.

Brando retrocede paso a paso, poco a poco. Lanza su brazo armado contra la cabeza de Skinner y éste lo frena sin alterar su expresión, lo agarra por el brazo. Los dos hombres forcejean pero es seguro que el demonio llamado Skinner es el más fuerte.

—Sin ruido, sin ruido. Debo matarte en silencio. Y cuando acabe contigo empezaré a matarlos a ellos. Volaré su nave. Volaré ésta también, y escaparé en una lancha de salvamento. ¿No es muy fácil? Escaparé y en la Tierra todos me creerán. Ellos nos atacaron, eso diré, y nadie lo pondrá en duda porque incluso yo creeré que es verdad. Ellos violaron la tregua. ¿Lo comprendes? Aunque me maten ahora no habrá paz. Soy un elemento prescindible. Sí, ellos tal vez me matarán, pero la guerra seguirá adelante. Para siempre. La guerra.

Skinner arrincona a su compañero contra la consola de mandos, allá donde cayó muerta su bello amor; un segundo antes ha logrado arrancarle el arma. Tranquilamente, lleno de temblor interno, levanta la herramienta y la hunde en la cabeza que estalla justo a tiempo. El otro no puede hacer sino recibir el golpe y morir en silencio, aplastado bajo la grandilocuencia de los argumentos de su rival, y se desliza en un río de sesos hacia el olvido.

Terminada la primera fase de su misión, Skinner trastabillea. Deja caer el arma manchada de sangre y da unos pasos titubeantes, como de embriagado. Expulsando la vida por los poros de la piel, suda un líquido oscuro y cárdeno, casi granate. Un nuevo flashback del hombre de las gafas, su domador, viene y lo asalta.

La muerte. Uno a uno. Y cuando se quede solo, cuando ya en la nave no quede nadie más, entonces recordará el láser. Entonces recordará el láser. Entonces recordará el arma.

Skinner sale al pasillo, lo recorre con aspecto moribundo, desconcertado, dolorido; vomita bilis y sangre. En un lugar escogido de antemano, a salvo entre sus neuronas amaestradas, está la localización del arma oculta. No cuesta mucho trabajo retirar la placa: apenas una uña rota y un dedo cortado. Retira por fin del cofre una escopeta láser, la empuña con la solemnidad propia del momento y se aposta en un lado del pasillo. No se da cuenta de lo que está haciendo pero se tiene lástima, está seguro de que juega a algo que no es imprescindible para él, llora en silencio. Al frente, sumergida en blanco metal, la puerta que comunica con la nave extraña empieza a descorrerse. Ha llegado el instante de la ceremonia. Se ha cumplido el tiempo del encuentro.

Usted encontrará el arma y luego los matará. Usted esperará y en el momento del contacto acabará con esos insectos. Usted disparará. Acabará con ellos. Sin compasión. Será un buen héroe y los liquidará a todos.

Suda Skinner tanto que no es extraño que venga a morir de deshidratación, espera que la puerta ya medio entornada termine de abrirse. Por fin, en ésta, agazapado y encogido, aparece el astronauta extraño. Va también armado, deshonrando la tregua. Está lleno de sangre y tan roto como él. Los dos hombres distintos se miran de hito en hito, con gesto de estupor, como si estuvieran delante de un espejo; comprenden que han seguido al pie de la letra las mismas órdenes, que cada uno de ellos ha reaccionado a su mismo papel de kamikaze. En primer plano sobre el rostro de Skinner, la cámara se vuelve quieta y queda muda.

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Comentarios

1
De: Lukar Fecha: 2005-11-30 22:14

Estupendo, Sr Marin... como siempre....



2
De: Joaquín Fecha: 2005-12-01 00:12

Y encima le van a editar otra vez "La leyenda del navegante". Y en Minotauro. Y los tres libros juntitos. Qué bien.

Enhorabuena, monstruo.



3
De: gisela Fecha: 2007-04-21 18:51

hola como estas esparo q bien bueno chauuu......(.)



4
De: david Fecha: 2007-06-15 03:33

la cf de los españoles tan chocante y genial como siempre



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