Cuando

Cuando aquella pequeña editorial se lanzó a degüello produciendo superhéroes, allá en el lejano 1961, no podía imaginar, ni en sus más descabellados sueños, que forjaría una industria que iba a durar cuarenta años al menos, ahogando por desgracia y de paso cualquier otra posibilidad de ensanche de los comic-books como medio de expresión contemporáneo. Timely-Atlas-Marvel se salvó a sí misma de la quiebra, a remolque del éxito de DC con títulos como Flash y Green Lantern, y a partir de entonces hizo historia, pero toda victoria tiene un precio, y el precio indiscutible a pagar, cada vez más en retirada los cómics de prensa sindicada, fue imponer una moda y un estilo que todavía perduran, no importa que la propia evolución imparable y los inevitables frenos a esa evolución hayan creado un producto que hoy por hoy ya es añejo, sombra de lo que fue, una inercia que aguanta quizá no tanto por lo que vende (y las cifras de ventas de comic-books en Estados Unidos, diga lo que diga Shaymalan en Unbreakable, son aún más ridículas que en nuestro país: cincuenta mil ejemplares es la línea de flotación que necesita un título para no irse al garete... en un país de trescientos millones de habitantes), sino por la posibilidad que tiene en cuanto a merchandising y en su trasvase a videojuegos, series de televisión o películas.

Marvel lleva más de quince años en la cuerda floja, o directamente contra las cuerdas. Sus hijos predilectos la han abandonado (o han sido cruelmente abandonados por la propia Marvel, recuérdense casos flagrantes como Steve Ditko, Jack Kirby, Roy Thomas, Gerry Conway, Jim Shooter, Chris Claremont... o, desde hace unos meses, el mismísimo Stan Lee), advertidos de dónde está el orégano en el monte, y conscientes de que sin ellos tirando de la producción, y con las meteduras de narices de editores y capitalistas, es mejor no tener perrito que les ladre a la hora de avanzar en sus carreras y en sus cuentas corrientes. La gran deserción de Jim Lee, Todd McFarlane o Rob Liefeld a principios de los noventa no lleva implícita el deseo de contar buenas historias más allá de lo permitido por la estrechez de miras y el conservadurismo de la empresa (como pudiera ser el caso de Frank Miller o Alan Moore un poco antes), sino el de plantar batalla en el mismo terreno, vendiendo la misma bazofia fruto del mínimo esfuerzo y dando forraje al lector bajo el estandarte de los cuádriceps y el mega-armamento y los colores infográficos. Dicho de otra forma: antes de Image y su rebelión (que no revolución) los autores podían presumir de independientes y/o alternativos, ofreciendo productos que escapaban de la sempiterna y maniquea visión del mundo que presentan los superhéroes, agotados en sí mismos. Los jóvenes cachorros que auparon a la industria a sus cotas de venta más altas y luego hicieron mutis por el foro a toda velocidad (¿qué queda hoy de todo aquello, más por fortuna que por desgracia?) no intentaron explorar el medio, sino explotarlo, hasta dejarlo aún más vacío de ideas. Sigue siendo un misterio inexplicable cómo toda esa generación de autores (?) es incapaz de contar una historia mínimamente coherente, cómo parecen no tener vivencias propias (ni lecturas, ni referentes) que trasvasar a un campo tan virgen y todavía tan inexplorado como es la historieta.

Una de las características que separan quizá a Marvel de DC Comics es que sus personajes, aun siendo populares, no han alcanzado la categoría de iconos norteamericanos que puedan tener Supermán, Batman o Wonder Woman. Cierto, Hulk, Spider-Man o la Patrulla-X son conocidos, pero no llegan a ser identificados por todo el mundo aún, siguen siendo personajes de papel que muy tardíamente (y bastante mal) se trasvasan a otros medios y centuplican su popularidad en ambientes que desconocen o desprecian su origen como héroes o heroínas de tebeo. Súmese a eso la tendencia contemporánea a no querer admitir que el mundo, la historia, y la historieta no empezaron ayer mismo, sino que todo es fruto de una evolución o al menos una trayectoria que empieza hace más de cien años y que puede que no se extienda más allá de un par de décadas.

Dicho de otro modo: los jóvenes cada vez leen menos tebeos, y cuando se acercan a los tebeos quieren que éstos se fabriquen ex-profeso para ellos. Cuarenta años de tradición (y si además esa tradición está ya viciada por pura lógica de desgaste evolutivo) no cuentan. Los lectores quieren que se empiece con ellos y ahora. Y la empresa (Marvel en este caso, pero quizá fuera DC quien empezó la moda, aunque con más inteligencia, renumerando sus series cada dos por tres y hasta auto-inmolando su multiverso con aquellas Crisis en Tierras Infinitas) no escatima en sacrificar al lector veterano, a la fiel infantería seguidora de las andanzas de sus héroes de pijamas estrambóticos, por los recién llegados que posiblemente no aguanten en el título un par de meses. De ahí la pesada reiteración de presentar a los personajes en todos los números: Marvel sigue esperando que los lectores se enganchen al carro de sus cómics, no importa que para ello impida el desarrollo de tramas más rompedoras o lastre la narración por mor de intentar que el advenedizo del mes entienda quiénes son sus pintorescos héroes y villanos. La continuidad marveliana, conseguida duramente mes a mes durante cuatro décadas, se halla en un punto de inflexión, un equilibrio inestable que, en la política de Joe Quesada, actual mandamás-pero-menos de la editorial, puede saltar por la borda cualquier día. Quesada parece ser consciente de que hay que dar un giro a los tebeos que dirige... pero no parece importarle qué logros y qué fracasos haya que dejar en el camino.

Marvel siempre ha intentado repetir sus propios éxitos: Hulk repite la popularidad de La Cosa, Los Vengadores asumen en su título las individualidades de los héroes del momento que ni siquiera tenían cabecera propia (Iron Man, Thor, Ant-Man y la Avispa, Capitán América), Nova intenta con poca gracia repetir las claves de Spider-Man diez años más tarde, y no merece la pena mencionar las vueltas de noria que se vienen dando a los títulos mutantes desde hace veinte años, reiterando una y otra vez los mismos esquemas... pero publicitando ampliamente que se trata de números uno siempre.

Quizá

Quizá Spider-Man empezó a morir, como tebeo interesante, no el día en que los encargados de finanzas de la editorial, hace casi treinta años, descubrieron que un tebeo donde apareciera el trepamuros vendía más, lo que llevó a la creación de Marvel Team-Up, unas historias de relleno, sin pies ni cabeza la mayoría de las veces, pero que así y todo daban sopitas con onda a gran parte de lo que se hace ahora, sino cuando, forzando la continuidad y la lógica de la vida personal del enmascarado arácnido, se sacaron de la manga un segundo título, Peter Parker, The Spectacular Spider-Man, y ya en los ochenta hasta un tercero, Web of Spider-Man... y hasta un cuarto, Spider-Man (por no mencionar las miniseries o las tiras diarias y dominicales para los periódicos). Con mutantes o sin mutantes, el trepamuros fue y quizás todavía es la gallina de los huevos de oro de la editorial, lo más parecido a un icono que puede soñar Marvel.

Quizá Spider-Man empezó a morir el día en que lo hicieron pasar por la vicaría con Mary-Jane Watson... y descubrieron al mes siguiente que no sabían qué hacer con un héroe casado con una supuesta top model que hasta entonces, y durante veinticinco años, había tenido pajaritos en la cabeza. O cuando lo hicieron padre de una niña... y la secuestraron y la dieron por desaparecida porque seguían sin saber qué hacer con el enredo. Seamos piadosos y obviemos aquí la aberrante saga del clon, el ejemplo más penoso de que llevan dando palos de ciego desde hace casi diez años.

Que el personaje estaba agotado, por la evolución lógica que impone, no su porvenir inmediato como superhéroe sino la edad que Peter Parker ha ido alcanzando en la ficción, se notó ya con un título tan prescindible y tan tonto como Amazing Fantasy, la miniserie (pintada) de tres números donde se pretendía empalmar los acontecimientos del origen de Spider-Man (como se sabe, aparecido originalmente en el número 15 y último de ese título, al que se había despojado de la palabra "Adult" en 1963), y el primero de su serie «oficial», Amazing Spider-Man. Tres números que apenas sirven para contar por enésima vez las tribulaciones de Peter Parker en los días inmediatamente posteriores a la obtención de sus poderes arácnidos, una especie de «Spider-Man año uno» al estilo de lo que venía haciendo DC tanto con Batman como con Supermán.

Peter Parker como fotógrafo a tiempo completo no tiene chicha. El verdadero atractivo del personaje está en su adolescencia, en su época de estudiante de instituto o de universidad, en su tránsito de niño-a-hombre-a-héroe, no cuando es un adulto hecho y derecho, porque la identificación del adolescente lector queda lejos. Así lo comprendió Kurt Busiek (más fan enciclopedista que genio, digámoslo claro) en el título Untold Tales of Spider-Man, o cómo ser fiel con la tradición y lo ya narrado anteriormente (a pesar de algún fallo de ambientación por el deseo de poner al día los «decorados» de la historia), respetando lo ya hecho por Lee y Ditko e intercalando un sentido de la narración que, debiéndolo todo a lo ya contado en su momento, era capaz de parecer al menos novedoso, divertido y respetuoso. Quizá la elección del dibujante Pat Ollife fuera lo más dudoso de la aventura, pero los tiros iban por ahí, y el experimento de Busiek, anulado no se sabe muy bien por qué, se repetiría casi inmediatamente con el título Spider-Man: Chapter One, donde John Byrne intentaría repetir la revampirización que una década antes había emprendido con Supermán para DC.

No fue el único personaje Marvel enviado a la casilla de salida: el publicitado bluff que fue el lanzamiento de Heroes Reborn ofreció al público lo que el público esperaba: tebeos que empezaban desde el número uno, por los dibujantes y guionistas que querían (los desertores de Image), y una puesta al día más cool de los personajes clásicos (el Capitán América, recordemos, era de rubor). Tal vez los lectores bisoños y los jerifaltes de Marvel no sabían en qué iba a quedar aquello, aunque estaba cantado: en desastre. Pero Marvel no es tonta, y al menos consiguió llamar la atención durante un par de meses... y renumerar luego sus series con un volumen tres, como intentando engañar a los recién llegados para que se subieran al carro, que ya se sabe que un número uno (dicen) tiene más valor como objeto de coleccionista.

John Byrne llevaba años en horas mustias: lo tuvo todo, lo fue todo, y de todo salió más o menos rebotado. Su puesta al día de Supermán fue, cuanto menos, controvertida; su regreso a Marvel se saldó con su salida de un título como Hulk (por segunda vez), la salida de Uncanny X-Men (también por segunda vez, tras la fuga de Jim Lee), el juguete de una serie sobre mutantes (X-Men, the Hidden Years) que intentaba enlazar el título de la Patrulla-X original con su reconversión en la nueva Patrulla-X que todos conocemos (y gozamos en su día)... y su versión particular de Spider-Man.

Fue un año uno sin nada del otro jueves, bien es cierto. Como dibujante, John Byrne se había resistido a la moda de viñetas grandes y anécdotas mínimas en el relato, pero el dólar es el dólar y hay que seguir al pelotón o te quedas descolgado. En doce números, Byrne hizo un remake soso de las primeras historias de Spider-Man que ya crearan, mejor, Stan Lee y Steve Ditko. Pero la fuerza de esas mismas historias, el carisma de los personajes, la pura emoción del concepto seguían inalterables. Byrne no estuvo a la altura del título que había decidido reconvertir a los tiempos que corren, quizás porque el título había llegado mucho más lejos entonces, por planteamientos y por sinceridad expositiva, de lo que podía intentarse hoy día.

A Byrne le cayeron palos de todas partes, y la posibilidad de continuar aquel remake imposible quedó inconclusa. ¿O no? Marvel ha ido pasando de mano en mano en los últimos años, de suerte que quienes controlan su destino ya no son empresarios del mundo de la edición, sino otros grupos de poder económico que quieren beneficios a corto plazo, explotar el filón, reflotar la empresa (recuérdese que Marvel presentó suspensión de pagos hace un par de años, y su situación económica sigue sin ser boyante)... y venderla.

El personaje emblema es Spider-Man, y de Spider-Man se preparaba una película. ¿Qué mejor manera de estar al día que ofrecer por enésima vez el origen, las andanzas, las vicisitudes del juvenil Peter Parker y sus amigos de instituto? Y, ya puestos, si el universo Marvel es demasiado difícil para los lectores de hoy, que se resisten a forzar un poco las neuronas para entender el pasado de los personajes (por no hablar de que los propios editores, capitalistas y hasta autores no conocen a los personajes y su trayectoria), también puede intentarse con otros títulos. Nace así la línea «Ultimate», o cómo vender otra vez la vieja historia de siempre, adaptándola a los tiempos que corren, deformándola en lo que venga en gana y sea preciso. Si la continuidad (en palabras de Quesada) es un problema, se puede solucionar de dos maneras: obviándola, o volviendo atrás.

Los títulos

Los títulos Ultimate son ni más ni menos que el reconocimiento de un fracaso. Marvel ha estirado el chicle hasta más allá de lo posible, hasta dar con las limitaciones de un muro que no se atreve a romper, so pena de acabar con todo lo que fue un imperio en el que basa su historia y su prestigio. Los autores de hoy (por las circunstancias que sean, incapacidad o restricciones editoriales, que de todo hay) no están a la altura del talento de los hombres y mujeres que levantaron la empresa hace cuarenta años. Los personajes han perdido frescura. Los lectores ya no se identifican con sus andanzas, porque les parecen viejos carrozones que pueden despertar añoranza en sus padres, pero no en ellos.

La solución es dar marcha atrás. Pero no, como quizá con valentía hizo DC con aquellas Crisis, borrando y empezando de nuevo. Marvel es eminentemente conservadora: se vuelve atrás pero los títulos normales y comerciales continúan en el presente. Se inventa para la ocasión una especie de mundo alternativo, una Tierra-2-Marvel, si acaso. Y lo que se cuenta es ni más ni menos que la misma historia que ya se había contado antes, cambiada en los detalles mínimos, sustituyendo las ropas, coches, peinados y referentes popculturales de ayer por las ropas, coches, peinados y referentes popculturales de antes-de-ahora... todo coyuntural, en efecto, porque dentro de tres, cinco o siete años esos mismos detalles habrán quedado obsoletos también: el tiempo es imparable.


Steve Ditko y Stan Lee crearon la primera historia de Spider-Man como quien tira un último cartucho, una bala al aire. En apenas once páginas de narración se contaba a la perfección quién era Peter Parker, cómo era su entorno, su vida de triste empollón alienado y sometido. El bello lema de la serie («Un gran poder exige una gran responsabilidad») ya estaba ahí. La síntesis del cómic en su estado puro. En aquellas once páginas no faltaba ni sobraba nada.

Han pasado casi cuarenta años y la historia de Peter Parker sigue siendo la misma... o casi. El primer arco narrativo de este nuevo Ultimate Spider-Man se compone de seis números (siete en la recopilación en tapa blanda, Power and Responsibility). Más de cien páginas para contar otra vez lo mismo. Se ha exprimido el mismo fruto y con él se han llenado seis o siete vasos de zumo.

Es la historia de siempre, condimentada a fuego lento, hecha con lo que había a mano en la cocina de los gustos: un dibujante que fue interesante y ahora está en horas bajas (Mark Bagley ayudado por las tintas de Art Thibert y Dan Panosian) pero que es capaz de ofrecer una puesta al día relativamente fresca, visto el desbarajuste de las series mensuales del trepamuros desde hace años; y un guión que poquísimo aporta a una historia que se ha contado ya demasiadas veces y que, con todo, no se logra estropear demasiado. Los responsables de la «historia» son Bill Jemas y Brian Michael Bendis, el guionista de moda contra el que ha arremetido hace poco y quizás con buenas razones John Byrne, en tanto que su labor es meramente la de escribidor de un palimpsesto que otras manos más dotadas escribieron antes que él (incluido el propio Byrne). Jemas, no sé si hace falta decirlo, era en esos momentos el capitoste máximo de Marvel que parecía querer jugar a creativo (su postfacio al tomo recopilatorio es impagable). El reconocimiento en los créditos a la labor ya existente e ineludible de Stan Lee y Steve Ditko casi se soslaya, como si su obra no hubiera existido nunca.

Dicen


Dicen, y no hay motivos para dudarlo, que el tebeo se está vendiendo como rosquillas, apoyado por una muy buena campaña de marketing y con su inclusión en las páginas de internet (la primera página de los tebeos y hasta el correo imitan las pantallas de los ordenadores, incluyendo los iconos para pulsar con el ratón). Si Byrne quiso unir el origen de Spider-Man con el del Doctor Octopus, este nuevo Spider-Man apócrifo, haciendo caso a las aventuras de los últimos años, lo une al del Duende Verde, responsable último del experimento que envenena a la araña y contagia de superheroicidad a Peter Parker (aquí se evita al menos el tedioso postoperatorio que incluyó Byrne en su versión). En la parte positiva, la aparición del tío Ben como hombre comprensivo, liberal y hasta de izquierdas, un ex-hippy maduro y con coleta pero no decididamente anciano, y una tía May que parece no ser tan insoportablemente quejica como la original (a nadie se le ha ocurrido aún, parece, contar la historia de un Spider-Man no necesariamente huérfano de padre y madre, un convencionalismo de los cómics que aún no se ha superado); en la parte negativa, parece un poco ocioso alterar a capricho el físico de los personajes secundarios, desde Flash Thomson a Harry Osborn o J.J. Jameson y el propio Duende Verde, más parecido a una gárgola gigantesca. La muerte del tío Ben no tiene la fuerza ni el dramatismo que tuvo la original, aunque ahora sea un personaje conocido y no un simple rostro (bondadoso) en la sombra, quizá porque el acto de inacción de Peter carece de garra dramática, como tuvo entonces. En el momento en que se popularicen los crossovers de un título Ultimate a otro la bola de nieve de la continuidad echará a rodar de nuevo... y será vuelta a empezar.

Quizás no sea un mal tebeo. Cuarenta años de trayectoria anterior hacen imposible juzgar este giro pretendidamente nuevo. Pero es un tebeo que no avanza más allá de los mismos planteamientos iniciales de Ditko y Lee. Es un remake, como pueda hacerse de cualquier película de éxito, y la comparación siempre resultará odiosa. Quienes no conozcan el original, quienes no hayan gozado y sufrido con aquel ingenuo escolar convertido en héroe a su pesar, quizá tengan ahora la posibilidad de gozar y sufrir también con este niñato de largo flequillo y ropa a la moda. Están en su derecho y en el fondo hasta se les envidia.

Pero podría hacerse algo más. La supuesta libertad creativa de la que presume esta línea Ultimate (¿real o puro marketing también?) podría y debería aplicarse también a los títulos mensuales de la casa. Podría hacerse algo más. Podrían explorarse otros caminos, iniciar otras veredas, potenciar otras rupturas.

Que eso, y no otra cosa, fue lo que Stan Lee y Jack Kirby y Steve Ditko y tantos otros hicieron hace cuarenta años.

Todo lo demás, como esta versión «definitiva» de los personajes, es pura anécdota.


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Comentarios

1
De: Ferroniquel Fecha: 2005-04-10 19:11

Siempre es interesante leer criticas negativas de algo q a uno le gusta, sobre todo cuando no puede negarse q no le falta ni un poquito de razon, solo puedo decir q yo no he leido los comics originales en los q surgio Spiderman y esta nueva version me parece entretenida y interesante, aunque intuyas q va a pasar, el encajar tus suposiciones en la historia resulta muy divertido.

Por cierto, me encanta su blog.



2
De: Ojo de Halcón Fecha: 2005-07-28 00:40

Todo es dar vueltas a lo mismo. Para mi Spidey acabó hace mucho tiempo... pero qué gran personaje es :)



3
De: el soldadito de plomo del siglo XXI Fecha: 2005-10-01 02:27

bueno soy de la nueva generacion y a las justas llege a leer 4 revistas pero estas me gustaron tanto que en la actualidad no se como podria hacer para leerlas todas, ya que los comics estan siendo dibujados en poca escala y reemplazadas por la caja boba y el internet.



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