No sé ustedes, pero uno es egoísta y desagradecido por naturaleza, y en este día de San Silvestre (felicidades, amigo, cómete de una vez al canario latoso), cuando parece que el calendario nos obliga a hacer balance de los 365 días pasados (un día más que regalamos a nuestras empresas este año, por aquello de lo bisiesto), recuerda más lo que no consiguió: los libros que no me publicaron, los premios que no gané, los besos que se me quedaron a flor de boca, los viajes que no disfruté y hasta los kilos que recuperé, por aquello de que, en el fondo, uno es un enamorado acérrimo de la cerveza.

Pero sería injusto, al echar esa vista atrás que me niego a hacer, sonreír con satisfacción por aquellos textos que conseguí escribir, por aquella columna que por fin tuve en mis manos, por los besos que si dí, y los viajes donde no me quedé en tierra, y los descubrimientos que hice, y los favores que pedí y me concedieron. Con la que está cayendo en otros sitios (al horror de Asia viene a unirse, hoy, el de esa discoteca bonaerense) es casi obsceno dedicarse a la vida propia de uno y de los suyos y no reflexionar sobre cuánta otra gente no podrá hoy, ni mañana, ni nunca, hacer ese balance de su vida, porque ya no les quedará vida y, si les queda, lo mismo ya no les quedan sueños.

Me perdonan ustedes si recuerdo con tristeza y con rabia y con horror a todas esas personas que se quedaron camino de Atocha, gente como usted y como yo, que podrían haber sido nuestros amigos y que quizás lo fueron. Y me perdonarán todavía más si recuerdo con alegría las tres o cuatro cositas que, en lo personal, me han alegrado este año que imagino que, en el futuro, todos tildarán de horribilis: la novela que terminé y la otra que pude redactar para que, de momento, se aburra en el disco duro de este ordenador; la Hispacón que ayudé a organizar y que tantas satisfacciones me dio; los amigos nuevos que ya son amigos de toda la vida y para toda la vida (¿verdad que sí, Victor, Guillermo?); el abrazo a esos otros compañeros de trabajo (y amigos, claro) a los que ya no voy a ver cada día, sino de vez en cuando, porque ahora les espera una vida, dicen, llena de júbilo.

Los sueños que no conseguimos, los de ustedes y los míos, ojalá que sigan ardiendo por dentro, hasta que se cumplan algún día, en este año de rima jartible al que nos vamos a enfrentar todos de aquí a unas horas.

Y lo dicho, Silvestre, felicidades en el día de tu santo, que no te recuerda nunca nadie, y hasta en el ranking de perdedores eres, después del Coyote, el eterno segundo.


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